Capítulo 4.- El encuentro ardiente (Continuación)

1188 Words
—Mariana, en este momento solo existes tú para mí. No puedo resistirme a cada movimiento tuyo, a tus encantos vibrantes. Quiero sumergirme en cada rincón de tu cuerpo y perdernos juntos, como un mar interminable de placer y necesidad. —No hay nada que desee más que sentir tus manos rozando mi piel, despertando cada centímetro con la dulzura, la fuerza y cada caricia apasionada. Quiero entregarme completamente a ti, disolverme en ti, y fundirnos en un solo ser indestructible y ardiente. (Alexander se acerca aún más, murmurando al oído de Mariana con voz cargada de deseo) —Eres increíblemente hermosa, y provocas en mí un ansia incontrolable que me consume sin piedad. Déjame saciar esta pasión desenfrenada que arde entre nosotros como fuego imparable. (Mariana, entre gemidos susurrados, con voz quebrada) —Te deseo hasta que duela, Alexander. Hazme tuya sin límites, llévame hasta el borde y libera toda esta pasión que arde y no puedo ya sostener. No tengo más inhibiciones, solo quiero fundirme contigo y sentirte entero. (Alexander, tomando su rostro con ternura, acercándose más) —No temas nada, amor mío. Haré todo lo necesario para que disfrutes este viaje sin retorno. Cada beso, cada caricia, cada mordisco será una promesa de placer puro y amor candente. Vamos a hacer el amor como si el mundo acabara mañana, sin dejar nada atrás. (Mariana, susurrando entre jadeos intensos) —No puedo esperar más, Alexander… Estoy lista para sumergirme en este torbellino de sensaciones contigo. Que nuestros cuerpos se unan en una danza que nos lleve al éxtasis absoluto y salvaje. (Alexander, con una mirada ardiente, llena de deseo) —Estoy completamente entregado a ti, Mariana. Prometo hacerte sentir única, especial, la única mujer que podría alcanzar el paraíso conmigo esta noche. Permíteme demostrarte cómo te llevaré a un éxtasis que trascenderá cualquier límite. (Mariana, suspirando con placer y anticipación) —Alexander, siento que estoy a punto de explotar de deseo. Hazlo ahora, no puedo esperar más. Quiero que nuestras almas se fundan en cada movimiento, en cada gemido, en cada latido intenso que compartimos. (Alexander, con voz suave y segura) —Entonces déjame llevarte al clímax, Mariana. Quiero mostrarte lo profundo e infinito que es mi deseo por ti. Estoy ansioso por sentir cada parte de ti y fundirnos en un placer sin límites ni final. —¡Hazlo, Alexander! —exclamó ella con pasión—. Hazme vibrar, haz que este momento sea inolvidable. Somos uno solo, y juntos sentiremos la máxima dicha que nadie jamás podrá arrebatar. La noche se convirtió en una sucesión interminable de momentos eróticos y salvajes. Mariana y Alexander exploraron sus secretos más profundos, desafiándose mutuamente a descubrir nuevas formas de placer, llevándose al límite y más allá una y otra vez. Cada orgasmo que compartían los unía aún más, creando un vínculo tan fuerte e inquebrantable que parecía capaz de desafiar cualquier adversidad. Pero cuando pensaban que nada los podría separar, un susurro abrupto y desconocido interrumpió su burbuja. —¿Creían que estaban solos? —una voz fría y cercana estremeció la habitación—. Nada es tan sencillo como parece, Mariana... Alexander... Sus cuerpos se congelaron y las miradas se cruzaron, llenas de miedo e incertidumbre. El inesperado visitante traía secretos enterrados que amenazaban con quebrantar su pasión y poner a prueba la fortaleza real de su entrega. La pasión ardía, pero la verdadera batalla apenas comenzaba. Después de horas perdidos el uno en el otro, la habitación quedó en un silencio cómplice, pesado con la fragancia de la pasión consumada. Agotados, pero con la piel aún vibrando, Mariana y Alexander se acurrucaron juntos, sus cuerpos desnudos fundidos en la calidez que solo ellos compartían. En ese abrazo tembloroso, ambos sentían que algo más que deseo se había encendido, un hilo invisible que ataba su alma con fuerza indestructible. Habían cruzado una frontera, dejando una marca imborrable no solo en su piel, sino también en sus corazones. Mariana, con la voz apenas un susurro, rompió la quietud: —Eso fue increíble, Alexander… jamás había sentido nada así, nada tan profundo ni real. Alexander sonrió, con esa luz en la mirada que sólo se ve cuando te sabe dueño y compañero a la vez. —Compartir esto contigo hizo que todo el mundo desapareciera. Fuimos capaces de explorar límites que ni sabía que existían en mí —confesó, acariciando suavemente el cabello de Mariana. Ella bajó la mirada, vulnerable pero sincera. —Siento como si me hubiera abierto completamente frente a ti… siento que te conozco más que nunca, pero también que muestro una parte frágil que no había dejado ver. Alexander tomó su mano con firmeza, mirando sus ojos con ternura inquebrantable. —No hay nada de qué temer, Mariana. Lo que tenemos es especial. Lo que pasó anoche no fue solo sexo, fue un pacto, un vínculo. Nuestra pasión nos unió de una forma que no podremos desatar. Mariana suspiró, una mezcla de alivio y confianza llenando su pecho. —Nunca había sentido algo tan intenso, ni siquiera en mis fantasías más atrevidas. Nuestros orgasmos fueron mucho más que cuerpo, como si nuestra energía se hubiera fusionado. Alexander rozó su rostro, su caricia tan suave como su voz. —Me alegra haber llegado a ese lugar contigo. Pero nunca olvides que más allá del deseo está el amor que construimos con cuidado y cariño. Nuestra conexión emocional es la base de todo eso que vivimos. Ella sonrió, emocionada. —Es cierto, durante esos momentos feroces y libres, sentí tu amor tan palpable como el aire que respiramos. Me sentí amada, protegida, deseada en cada instante. Alexander besó su frente, sellando esa realidad con un gesto de eterno compromiso. —Siempre te amaré, Mariana. Eres mi todo. Esta noche dejará una huella indeleble en mi alma. Y no puedo esperar a seguir creando este camino contigo. Mariana entrelazó sus dedos con los suyos, apretándolos con fervor. —También te amo. Gracias por mostrarme otras dimensiones del placer y por encender nuestra pasión de una manera inolvidable. Ambos se miraron a los ojos, sabiendo con certeza que estaban ante algo único y sagrado. Compartieron un beso tierno antes de rendirse al sueño, conscientes de que su vínculo había alcanzado un nuevo nivel, uno difícil de romper o reemplazar. Pero en el silencio de esa habitación, cuando todo parecía perfecto, un saco de cartas fue dejado con cuidado en la mesa. Alexander lo vio justo antes de que la oscuridad lo engullera. Con las manos temblorosas, lo abrió. Una carta que había evitado. Una verdad oculta que amenazaba con arrasar todo lo que habían construido. Mientras la noche se retiraba para dar paso al amanecer, Mariana y Alexander sabían que su historia apenas comenzaba, pero que las próximas páginas no serían tan fáciles de escribir. El fuego de su encuentro había encendido una conexión profunda, pero también despertado fantasmas del pasado que pondrían a prueba no solo su pasión sino también su confianza y futuro juntos. Habían encontrado en el otro un igual, pero el destino les recordaba que amor y aventura no siempre iban de la mano.
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