Nunca se dejé seducir.

3133 Words
Fuego abrasador, candela ardiente que consume mi interior, es lo que siento al momento que la palma de mi mano toca su piel bronceada y cálida. La boca se me seca como un desierto infinito, me atraganto torpemente con la propia respiración entrecortada, y siento que voy a perder la cordura cuando su rostro perfecto y masculino se acerca peligrosamente al mío, dejándome sin aliento y con el corazón latiendo desbocadamente contra mi pecho. —Para… curarse apropiadamente y evitar una infección, se debe lavar la herida con agua tibia y jabón antiséptico… —logro articular con voz temblorosa, intentando mantener la calma. —¿Eso lo hago solo y por mi cuenta, o debo ingresar acompañado de la hermosa enfermera a la ducha para asegurar una limpieza adecuada? —dice con voz ronca y seductora, cargada de intenciones ocultas que hacen estremecer cada fibra de mi ser. Mis labios sensibles sienten intensas cosquillas eléctricas cuando su respiración cálida y mentolada cae suavemente sobre ellos, y por un milésimo de segundos reacciono instintivamente cuando pienso que de nuevo va a besarme con esos labios tentadores. Me alejo bruscamente, soltando con brusquedad y nerviosismo su mano grande y fuerte, me giro rápidamente en dirección a la puerta de madera sintiendo su mirada penetrante e intensa quemando mi espalda como brasas ardientes. —Me bañaré después, cuando esté más tranquila —salgo apresuradamente con la respiración contenida en mi pecho y las piernas temblorosas flaqueando bajo mi peso. Un poco más de cercanía y caigo rendida en medio camino, porque ese hombre misterioso y cautivador, con solo hablar y susurrar palabras simples despierta sensaciones indescriptibles y peligrosas en lo más profundo de mi ser. Ya afuera en el pasillo me enderezo con dificultad y camino intentando mantenerme firme, rogando internamente que no se note la intensa sensación electrizante que produjo en cada célula de mi cuerpo segundos atrás en esa habitación sofocante. Camino de un lado a otro del pasillo alfombrado mientras espero que ese hombre desocupe el único baño disponible que hay en esta casa. Como tarda más tiempo de lo debido, enciendo la radio antigua y busco una emisora local para escuchar alguna música relajante que calme mis nervios alterados, sin embargo, para mi horror, escucho las noticias sobre la masacre sangrienta que ha habido en Anatolia. —Mis hermanos, mi amado padre, no puede ser verdad —susurro con voz quebrada. Mi corazón adolorido se encoge al escuchar que entre las numerosas víctimas está mi padre, mis hermanos y el resto de mi familia que asistió a la boda. Suelto un grito desgarrador ahogado al escuchar horrorizada que no hubo absolutamente ningún sobreviviente, que han acabado con todos los habitantes incluso con los niños pequeños e indefensos. Tengo dos hermanos gemelos de doce años, dos hermanos mayores de quince, y todos ellos están muertos. Agarro desesperadamente la radio vieja y la sacudo violentamente esperando que digan más detalles, que me digan el lugar exacto donde se encuentran los cuerpos sin vida, pero la transmisión se ha ido a un avance comercial, y han terminado con la noticia que ha destrozado mi mundo. Estoy vuelta loca por salir corriendo, pero los hombres armados de él no me dejan mover ni un paso, me agarran de ambos brazos impidiendo que me vaya hacia mi destino. —¿Qué sucede aquí? —cuestiona autoritariamente desde atrás, con ese acento italiano que me agrada y a la vez me disgusta. Me giro, con los ojos irritados por las lágrimas contenidas—. Tengo que irme, debo volver a Anatolia… —quiero explicarme, explicar lo que ha sucedido con mi familia, pero su firme voz masculina me lo impide tajantemente. —No saldrás bajo ninguna circunstancia de aquí, es demasiado peligroso. —Mi familia, ellos… todos ellos han… —no, me niego a aceptarlo, no están muertos, lo que dicen en esas noticias debe ser una broma cruel, una jodida confusión periodística. —Es una trampa elaborada —dice el italiano con convicción—, debe ser una trampa para obligarte a regresar a sus dominios. Sabe que, si escuchas esa noticia, querrás volver a comprobar si es cierto lo reportado, y cuando lo hagas, te atrapará sin misericordia. Niego con la cabeza, porque recuerdo vívidamente esa balacera en el hotel, porque recuerdo claramente haber escuchado múltiples detonaciones ensordecedoras y gritos desgarradores mientras huía por mi libertad. —Tengo que ir, debo ir a toda costa —diga lo que diga este hombre, no me quedaré sin saber si lo que se dice en esas noticias es verdad o una cruel mentira. Tengo que averiguar si mi familia está bien. Tienen que estar bien, deben estar bien. Un fuerte agarre me detiene en seco. —He dicho que no te irás bajo ninguna circunstancia —regreso a mirarle desafiante, me encuentro directamente con su intensa mirada que me atraviesa el alma. —¿Es que soy tu prisionera que no puedo salir? —intento liberarme forcejando, pero me tiene bien sujeta con sus manos fuertes. —No eres mi prisionera, pero prometí sacarte de este lugar, y lo haré sin importar el costo. Coloco la mano temblorosa sobre la suya, mientras replico. —Gracias por su preocupación, señor italiano, pero ya no la necesito —logro quitar finalmente su mano poderosa de mi brazo—. Desde este momento, me las apañaré sola. —No llegarás ni a la siguiente cuadra, cuando ya estarás en sus garras. —Ese no será su problema —digo mientras me dirijo decidida hacia la puerta de salida. —Ok, déjame averiguarlo —dice viniendo rápidamente detrás de mí—, te aseguro que traeré toda la información sobre tu familia. Me detengo abruptamente en seco. Su cuerpo musculoso choca inevitablemente con mi espalda tensa. Me giro lentamente y le miro directamente a los ojos. —¿Por qué hace todo esto? —le miro fijamente con intensidad— ¿Por qué me ayuda? —sonríe enigmáticamente— Ni siquiera conozco su verdadero nombre, ¿por qué insiste en querer ayudarme? ¿Es porque soy alguien cercano a su enemigo? —le cuestiono, pero solo se acerca más a mí, hasta hacerme tensar. —Solo, permíteme ayudarte. —Nadie ayuda sin algo a cambio, señor italiano —era la única manera en que podía llamarlo, ya que ni siquiera sé su nombre. —Fabricio Di Santo —dice al extender su mano, como si recientemente nos estuviéramos conociendo, con una elegancia que parece fuera de lugar en aquella cabaña, en medio del bosque. Sus ojos brillaban con una intensidad que me resultaba inquietante. —¿Fabricio? —enarco una ceja ante su nombre, escudriñando cada detalle de su rostro en busca de algún indicio de falsedad. El nombre suena demasiado conveniente, como sacado de una novela de suspenso. —Encantador ¿Cierto? —responde con una media sonrisa que no alcanza a iluminar sus ojos, mientras mantiene su mano extendida en el aire como una invitación silenciosa. —Si usted lo dice —estrecho su mano, cuando siento un hormigueo en mi palma que me recorre todo el brazo, le retiro de inmediato, como si su contacto quemara, y vuelvo los pensamientos a mis familiares, que son mi única preocupación real en este momento—. Necesito ver con mis propios ojos que lo que dicen de mi familia es cierto. —Me encargaré de averiguar, pero por favor, no salgas sola, es peligroso —su voz adquiere un tono grave y autoritario. Sus palabras resuenan en la pequeña habitación como una advertencia ominosa. Me quedo quieta observándole fijamente porque lo que dice es cierto. Es muy peligroso que salga, ya que Kiran tiene mucha gente en Estambul, mejor dicho, en toda Turquía. Sus ojos y oídos están en cada esquina, en cada callejón, en cada edificio de esta antigua ciudad. Salir a ciegas, sobre todo a averiguar sobre mi familia, es como ir directo a sus brazos, como una oveja caminando voluntariamente hacia la guarida del lobo. Pero aun así, no sabría hacia donde ir, cuando estas tierras son desconocidas para mí, un laberinto donde cada paso en falso podría ser el último. —¿Cuánto tiempo tardará en descubrirlo? —pregunto con ansiedad mientras lo veo sacar el celular del bolsillo interior de su chaqueta de cuero n***o. —Solo tengo que hacer una llamada para averiguarlo —mira hacia la puerta de madera gastada y me indica con un gesto suave—. Creo que cuando te hayas dado un baño, ya tendría toda la información, sobre todo, algo para que te cambies —sus palabras suenan como una promesa velada, mientras observo cómo la luz del atardecer que se filtra por la ventana proyecta sombras alargadas sobre su rostro. Asintiendo me giro para ingresar a la única habitación que hay en ese lugar, una estancia pequeña con paredes de madera y una cama individual cubierta con sábanas blancas. Coloco el seguro en la puerta, el sonido metálico resonando en el silencio, y procedo a darme una ducha en el pequeño baño adjunto. Mi padre, mi madre, mis hermanos, que todos ellos estén bien. Es lo único que pido mientras me ducho con la mirada puesta en un punto en blanco, dejando que el agua tibia lave no solo la suciedad de mi cuerpo sino también los restos de miedo y desesperación que se han acumulado en las últimas horas. Envuelvo mi cuerpo con una toalla, observando mi reflejo borroso en el espejo empañado del baño. Espero en la habitación a que traigan las prendas que el italiano me ofreció, sentada en el borde de la cama que cruje bajo mi peso. Bueno, ya al menos conozco su nombre, aunque si soy sincera, no siento que tenga cara de Fabricio. Su rostro angular y sus ojos penetrantes sugieren algo más intenso, más peligroso. Presiento que su nombre es un invento, una máscara más en este juego de engaños en el que me he visto envuelta. No lo sé, ese hombre es un misterio andante, cada uno de sus movimientos son calculados y precisos como los de un depredador, y a pesar de eso, yo estoy dispuesta a seguir a su lado, porque siento que es diez veces mejor que estar bajo el control de Kiran, cuya sola mención hace que un escalofrío recorra mi espalda. Tocan la puerta con tres golpes suaves. Mi cuerpo se tensa al escuchar su voz, es como si con solo sonar encendiera el interruptor de mi piel, cada nervio de mi cuerpo respondiendo a su presencia al otro lado de la madera. El aire se vuelve denso, cargado de una electricidad invisible que hace que se me erice el vello de la nuca. —Puede dejarlas en la entrada, yo saldré y las tomaré —respondo, intentando mantener mi voz firme. Puedo imaginarlo sonriendo con esa media sonrisa suya que no revela nada y lo sugiere todo, pues en esta noche y día que he compartido con él, se me han grabado uno que otro gesto, como fotografías mentales que no puedo borrar. Luego de unos minutos que parecen eternos, abro la puerta apenas lo suficiente para recoger las prendas. Las coloco de inmediato sobre mi cuerpo aún húmedo, sintiéndome más cómoda enseguida. La tela suave contra mi piel es un alivio después de haber estado horas con aquel vestido de novia que ahora yace olvidado en una esquina, roto y sucio, un recordatorio tangible de la vida que dejé atrás. Salgo a la sala con pasos cautelosos y lo observo parado en la ventana, su silueta recortada contra la luz mortecina del atardecer, le hace ver elegante y atractivo. Está mirando hacia el bosque que rodea la cabaña, con una copa de cristal en mano de la cual bebe un sorbo de líquido ámbar antes de girar su cabeza para mirarme. Sus ojos me recorren de arriba abajo con una intensidad que me hace sentir expuesta a pesar de estar completamente vestida. —Te quedó bien —murmura con voz ronca, girándose completamente hacia mí. —Sí, ahora dígame ¿Supo algo de mis padres? —mantengo mi voz firme, aunque por dentro mi corazón late con fuerza contra mis costillas. —No, mis hombres aún no me devuelven la llamada —responde con una calma que contrasta con mi creciente ansiedad. —No dijo que cuando saliera de la ducha tendría toda la información —replico, la frustración tiñendo cada palabra mientras mis manos se crispan involuntariamente a los costados de mi cuerpo. —Siento haberte fallado, pero mis hombres no logran comunicarse —su voz suena sincera, pero hay algo en su mirada que me hace dudar. ¿Cuántas capas de verdad y mentira se ocultan detrás de esos ojos? —¿Puedo realizar una llamada? —sugiero con desesperación, necesito comprobar que ellos están bien. La incertidumbre me está carcomiendo por dentro como un ácido invisible. —No —dice firme, su voz cortando el aire como una navaja—, es imposible que te comuniques con ellos, ahora mismo no tengo saldo —la excusa suena ridícula saliendo de alguien como él, vestido con ropa cara y bebiendo lo que probablemente sea un whisky añejo. —¿En serio? ¿Alguien que está huyendo no tiene con que comunicarse? —el sarcasmo en mi voz es evidente, mientras cruzo los brazos sobre mi pecho en un gesto defensivo. —¿Quién dijo que estoy huyendo? Si lo estoy haciendo es por ayudarte —se acerca peligrosamente, cada paso medido y deliberado, como un depredador acechando. El aroma de su colonia cara se mezcla con el olor a madera y lluvia que impregna la cabaña—. Yo puedo irme ahora mismo y nadie sabrá que estuve contigo. Me quedo en silencio, mordiendo mi labio inferior mientras sopeso mis opciones, debatiendo internamente si hacer o no la pregunta que me quema la garganta. El único sonido es el crepitar de la madera en la chimenea y el golpeteo constante de la lluvia contra el techo. —¿Estuvo en el tiroteo? ¿Fue por eso que salió herido? ¿Usted empezó esa balacera? —muerdo el labio pensando que podría estar frente al asesino de… niego con la cabeza, sacando esos pensamientos oscuros que amenazan con consumirme. Él no responde inmediatamente, su silencio más elocuente que cualquier palabra. Simplemente contesta la llamada entrante, la cual coloca en alta voz para que escuche, como si quisiera demostrar que no tiene nada que ocultar. —Ellos están bien, todos se han ido a buscar a la novia que escapó —la voz metálica que sale del teléfono hace que mi corazón dé un vuelco. Para ese momento quita el altavoz y se aleja varios pasos, girándose hacia la ventana para escuchar lo que le van a decir en privado. Saber que mis padres y hermanos están bien me deja un poco menos angustiada, aunque el alivio es como una manta delgada que apenas cubre el frío de la incertidumbre. Si soy sincera, aún deseo marcarle a mi madre, que debe estar en casa preocupada por mí, probablemente caminando de un lado a otro del salón, retorciendo sus manos como siempre hace cuando está nerviosa. Observo a Fabricio mientras habla por teléfono, estudiando sus movimientos, la tensión en sus hombros, la forma en que su mano libre se cierra en un puño y se relaja repetidamente. Su conversación en voz baja es apenas un murmullo, pero cada tanto palabras sueltas llegan hasta mis oídos: “seguridad”, “perímetro”, “tiempo estimado”. Cada una de ellas aumenta mi inquietud, como piezas de un rompecabezas que no logro completar. Cuando Fabricio finalmente cuelga, viene hacia mí con pasos deliberadamente lentos, como si estuviera midiendo cada movimiento. Su rostro es una máscara de calma estudiada cuando dice—: Hay que quedarnos un día más aquí, hasta que la avioneta llegue a la pista más cercana porque los de la ciudad están vigilados —sus palabras caen como piedras en el silencio de la cabaña, cada una añadiendo peso a mi ya pesada situación. —Es mejor que descanses —asiwnto y voy a la cama. Me tiró ahí para tratar de dormir, pero algo dentro de mí duele, y siento que debo salir de ese sitio para poder llegar a la verdad. Decidí salir, recorrer un poco más la cabaña, a ver si encuentro una salida, pues algo me dice que él no me dijo la verdad. Llegó al patio trasero, dónde está entrenando con alguno de sus hombres. Es un excelente peleador, tiene unos movimientos y habilidades que ninguno de ellos tiene. Al verme se detiene, limpia el sudor de su frente y viene hacia mí. —¿Qué haces aquí? Pensé estabas descansando. —No estoy cansada —hago una pausa y le miró fijamente—, quiero que me des unas cuantas clases. —¿Clases de qué? —Sobre armas, peleas… —Pero si sabes usar el arma muy bien. —Sí, sin embargo, me cuesta defenderme. No siempre tendré un arma. —¿Y para qué quieres aprender? ¿De quién podrías defenderte? —De quien quiera atacarme —finalizo. —Ok. Vamos. —¿Ahora mismo? —Por supuesto. —Mantén tu centro de gravedad bajo —instruye mientras me corrige la postura—. Y nunca pierdas de vista a tu oponente. Una y otra vez intento derribarlo, pero sus movimientos son precisos y ágiles. Cada vez termino en el suelo, frustrada, pero determinada a mejorar. El entrenamiento es intenso – caigo, me levanto, vuelvo a intentar. Después de lo que parecen horas, veo una apertura. Aprovecho el momento y logro desestabilizarlo. Por primera vez, consigo derribarlo y quedo sobre él. No puedo evitar sonreír, orgullosa de mi logro. Mi victoria dura apenas un segundo. Con un movimiento fluido, Fabricio gira y me inmoviliza contra el suelo. Sus manos sujetan mis brazos mientras sus piernas bloquean las mías. Nuestras miradas se encuentran, ambos respiramos agitadamente por el esfuerzo. Joder, siento su peso sobre el mío, es tan pesado y caliente, que me hace sentir corrientes eléctricas por todo mi centro. —Nunca creas que has ganado, sin que tu enemigo esté rendido —dice con voz firme, sus ojos fijos en los míos. Mi pecho sube y baja, mientras nos miramos fijamente, sus manos empiezan a soltar mis brazos y cuando lo hacen agarro su camisa y estrelló mis labios con los suyos. Su boca se come la mía con ansiedad, me devora como un demente, y cuando ha bajado la guardia golpeó su entre pierna acabando así con la intensidad. —Nunca se dejé seducir por su oponente, señor Fabricio.
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