Era treinta y uno de octubre; el día del cumpleaños número dieciocho de Serena. Al fin tendría la mayoría de edad y la verdad era que ni siquiera sabía por qué anhelaba tanto tal cosa, después de todo, daba igual si tenía dieciocho o noventa y ocho; las cosas seguirían siendo iguales para ella. No saldría nunca del convento más que para hacer las compras del mes o para alguna labor de caridad o algún aburrido almuerzo social.
Trapeaba el piso en la oficina de la madre Alba. Escuchó voces que se acercaban, se escuchaban preocupadas. Le picó el mosquito de la curiosidad. Cogió el balde y lo metió debajo del escritorio, puso el trapeador en una esquina y corrió a esconderse junto al balde de agua. La puerta se abrió.
―Creo que estás exagerando Lucía ―la madre Alba susurraba
―Que no exagero ―la hermana Lucía gritaba a los cuatro vientos
―Cierra la puerta por favor y baja la voz ¡POR DIOS! ¿qué quieres? ¿que nos escuche todo el convento? ―explícame bien que fue lo que viste.
―Ya te lo dije Alba, ese hombre Marroquín estaba hablando con ella. No le decía cualquier cosa. Serena estaaba tan blanca como una hostia y creo que vi que se le asomaban una lágrimas.
Estaban hablando de ella, de l que había pasado en el supermercado. No sabía que la hermana Lucía le había dado tanta importancia a ese asunto.
―Pero... ―la madre Alba hizo una pausa ―dices que ha sido el más joven; el apuesto.
―Da igual cual haya sido Alba, es un Marroquín y la ha visto, la haa visto y ha hablado con ella ¿y si saben dónde está?
―Ya te dije que pudo ser una casualidad ―Ricardo Marroquín era un niño cuando todo eso pasó, no creo que tenga nada que ver, ni siquiera creo que sepa algo al respecto.
―¿Y si lo están usando para buscar a Serena? ¿y si quiere matar a Serena como mató a Mafer?
A Serena se le hizo un nudo en la garganta. Sintió que se le arrugaban los recuerdos, de pronto era una pequeña niña que despertaba por los llantos de las hermanas en el convento, una niñita que caminaba por los pasillos bajo la mirada lastimera de las mojas que iban y venían, una niña que se había entrado a esa misma oficina hacía ya tantos años recibir la noticia de que su madre había sido atropellada por un conductor ebrio.
―Gustavo Marroquín no sabe de la existencia de Serena, para él, el día que mató a Mafer, ese mismo día eliminó todas las pruebas que lo asociaban al tráfico de mujeres, él no tiene idea de que las cintas están aquí.
―No, no tiene idea, pero si se enterase de que Serna existe y de que vive en el convento ¿qué crees que pensará?
―Sabrá que Mafer dejó a su hija en el mismo lugar que dejó las cintas
Serena estaba enojada, salió de debajo del escritorio sin importarle un carajo. La madre Alba y la hermana Lucía abrieron los ojos como platos en cuanto la vieron
―Serena, no es lo que crees, cariño ―dijo la hermana Lucía
―Me han mentido ―sentenció Serena ―me han mentido y yo les he creído como una tonta ―las lágrimas corrían por sus mejillas ―seguro que también saben quién es mi padre y nunca me lo dijeron para que me quedara aquí, encerrada en este horrible lugar. ¡Las odio! ¡las odio a todas! ―dijo imaginando que no solo ellas dos sabían aquella verdad ―¡me han mentido y se irán al infierno por eso!
Salió de la oficina dando un severo portazo. Corrió hacia su habitación y cerró la puerta tras de sí, pero un pensamiento alocado le cruzó la mente; tenía que salir de ahí, tenía que abandonar aquel lugar y no volver jamás. No soportaba que le hubieran mentido toda su vida y no quería estar rodeada de esas personas ni un minuto más.
Abrió la puerta despacio para comprobar que no la habían seguido. El pasillo estaba vacío.
Caminó hacia el claustro, las hermanas que limpiaban el jardín se estaban retirando, algunas conversaban cerca de la fuente, cogió una escoba y fingió estar barriendo, cuando todas estuvieron distraídas corrió hacia la salida, aun no ponían seguro a las rejas por lo que pudo salir sin ningún problema.
Caminó hasta que le dolieron los pies. No sabía a dónde iba, pero quería alejarse todo lo que pudiera del convento y no volver nunca más. La noche había caído, hacía frío, estaba sola y aterrada, aun así, una sensación de libertad la invadió.
No sabía que haría. Se fue metiendo por una calle y luego por otra y empezó a notar que había niños vestidos de manera muy extraña, iban y venían, de un lado a otro, algunas niñas vestían hermosos vestidos con brillantes llamativos, algunos niños tenían armaduras como caballeros de la edad media, otros eran más futurísticos con trajes de robots.
Pero no solo los niños, algunos adultos también iban vestidos raros, incluso había un chico muy musculoso con el cuerpo todo pintado de verde y solo llevaba puestos unos pantaloncillos morados, no comprendía nada.
Había una mujer que llevaba hábito, pero cuando Serena le vio el rostro, cogió con fuerza la cadena con la cruz que colgaba de su cuello, se sintió aterrada, la mujer estaba pálida con ojeras espantosas y sangre saliendo de su boca, parecía un demonio vestido de monja.
La gente se había vuelto loca. Pensó en volver al convento hasta que escuchó una voz detrás de ella.
―¡Me encanta tu disfraz! ―Serena se dio media vuelta ―era una chica iba con un pequeño niño vestido con un enterizo rojo y azul que parecía plástico brillante pegado a su cuerpo, el niño le arrojó una cosa blanca que parecía telarañas ―es muy realista, hasta tu rostro es angelical, como el de una auténtica monja.
La mujer llevaba un vestido n***o ajustado al cuerpo que apenas le cubría las piernas, Serena se alarmó por lo mucho que mostraba, también tenía un escote inmenso y un gran sombrero puntiagudo sobre su cabeza, desde debajo del sombrero caían mechones de cabello n***o muy muy brillantes.
―¿Mi disfraz? ―preguntó Serena confundida.
―Sí, tu disfraz de monja, me gusta ―dijo la mujer ―pero no es mi estilo, yo prefiero ser una bruja sexi ―la mujer dio una vuelta y a Serena le ardieron las mejillas. ―Vamos, Liam. Pidamos dulces en aquella casa ―le dijo al niño de las telarañas.
―Puedo... ―la voz de Serena salió como un murmullo. Se aclaró la garganta ― ¿puedo ir con ustedes? Es que no sé, no sé qué tengo que hacer, es la primera vez que hago esto.
―¡Claro! ―dijo la mujer sonriendo ―soy Sharon, mucho gusto
―Yo soy Serena.
―Vamos Serena, te enseñaré todas las maravillas de Halloween, pero no ahora, pediremos dulces con Liam... ehh.... ―sacó un teléfono de sus pechos y lo miró por nos segundos ―media hora más, lo dejaremos con la niñera y saldremos a celebrar el Halloween como celebran las niñas grandes ―Serena asintió con la cabeza.