Esa noche, Ricardo había sido un impertinente con la chica que lo acompañaba, le había dicho que era aburrida y vaya que lo era. La chica era hermosa, eso no lo negaba, pero era el ser más insípido que había conocido en su vida, no había aguantado un rato más en su compañía y la había enviado a casa en un taxi. No habría una mujer en su cama esa noche, cuando llegó a casa, ocurrió lo que siempre solía ocurrir en cuanto entraba al salón; el rostro de Mirella parecía estarlo juzgando. Ricardo se acercó a las fotografías alineadas en la repisa de madera sobre la chimenea, cogió una de las fotografías en las que su difunta esposa se encontraba sola, llevaba un vestido corto que cubría hasta la mitad de sus muslos y sostenía su vientre hinchado con ambas manos, sonreía y su piel brillaba, sus

