—¡Por el amor de Dios! —Elizabeth se puso en pie. —Llévame con él de inmediato, ¿Por qué no le ofrecieron ayuda? —Tomó su bolso.
—Señora, no es buena idea, el chico puede ser peligroso y...
—He pedido que me lleve con él, no me gusta ordenar la misma cosa dos veces. —El hombre bajó la cabeza apenado. —Lena. —Elizabeth se dirigió a la oficina de su asistente. —Por favor, apaga mi ordenador, cancela la cena que tengo y te dejo a cargo del piso, saldré y no sé si volveré.
—De acuerdo, señora. —La chica se despidió de su jefa y se apresuró a cumplir las órdenes.
"—Mira, es una indigente, y es preciosa. —Las miradas divertidas no hicieron más que llenarla de miedo.
—Parece un conejito asustado, mírenla. —Se burló viendo como se encoge junto a un basurero.
—Oye, preciosa, ¿Te gustaría algo de comer y algo de ropa limpia? —El hombre se acercó a ella. —Te podría dar todo eso si te dejas tocar por mí. —Elizabeth negó.
—Por favor... no. —Susurró con voz temblorosa, el día anterior ya había pasado por lo mismo. —Me duele... por favor... —Intentó alejarse.
—Ya la han violado, dará lo mismo si lo hacemos también nosotros".
Un escalofrío la sacudió tras esos dolorosos recuerdos, sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón se estrujó en su pecho. Si ella pudiera ayudar a todos los desamparados lo haría, por eso siempre dona y recibe a jóvenes, niños, mujeres y adultos mayores en sus albergues. Ella sabe lo difícil que es la vida en la calle y todos los maltratos que se sufren.
—Es aquí, señora. —Elizabeth bajó del auto sin esperar a que Jacob le abriera la puerta. —Mi señora, por favor, ¡Espero! —Elizabeth dejó los tacones de lado y alzó su vestido de modo que este le quedara por encima de las rodillas.
—Hola. —El chaval quien estaba sentado a un lado del basurero, alzó la mirada. —¿Cómo estás? —La voz dulce de Elizabeth no fue suficiente para crearle confianza, el chico inició a correr y Elizabeth no dudó en ir tras de él.
—¡Mi señora! —Jacob también inició a perseguirlos. —Déjemelo a mí. —Pidió desde más atrás. —Señora, por favor... —Elizabeth no lo escuchó, olvidó su posición, olvidó que se supone, es una dama y corrió tan rápido como pudo, corrió como en esos tiempos que debía correr para que los dueños de los locales donde se refugiaba de la lluvia y la nieve no la golpearan más de dos veces, ella corrió tras ese chico porque no desea verlo en esa vida.
—¡Te tengo! —Saltó sobre el chaval provocando la caída de ambos. —Tranquilo, no te haré daño, calma. —Lo abrazó con fuerza sin importar lo sucio que estaba el chico, ni como las personas la miraban sin comprender que hacía una mujer bien vestida como ella abrazando a un indigente.
James y su equipo de trabajo llegaron al bar listos para divertirse, a pesar de ser día de semana el lugar tiene buen ambiente y ser exclusivo no le quita la diversión en nada.
—Vaya, miren quien está ahí. —Señaló una de las chicas. —Jamás creí encontrarlo aquí. —James la miró burlón por su gesto de lujuria, sin duda ya llevaba buenos tragos encima.
—¿A quién quieres seducir ahora? —Preguntó su compañero.
—¿A quién más? A Christian Hamilton, ese hombre Dios... —James inmediatamente siguió la mirada de su colega y al ver a un desaliñado Christian en la barra, se asombró. ¿Qué hace borracho en un bar?
—¿Me disculpan? —Se puso en pie al ver a Christian caminar. —No tardo. —Se apresuró a seguirlo para no perderlo y al verlo tomar la dirección de los aseos, respiro con alivio. Por un momento creyó no alcanzarlo.
Christian se tropezó con dos hombres seguidos y sin pedir perdón siguió su camino, la borrachera no hace más que empeorar su estado de ánimo y lo odia, se supone que eso debería calmar su dolor.
—Creo que deberías irte a casa. —James entró tras de él. —Si así lo quieres, yo puedo llevarte. —Se ofreció.
—Déjame en paz. —Gruñó Christian sin mirarle. —No me gustan los hombres, estoy cansado de decirlo. —James río, sin duda el tipo ya no se puede mantener en pie.
—A mí tampoco me gustan los hombres, de hecho, estoy casado con una preciosa mujer de piel bronceada, ojos grandes negros y una cabellera espectacular. —Al escuchar esa descripción y prestar más atención a la voz, Christian guardó su pene y volteó para encontrarse a la persona que jamás creyó encontrar ahí y a la que odia sin motivos.
—No necesito de tu maldita ayuda. —Gruñó con furia.
—No tenemos que hacer esto, no podemos ser enemigos sin habernos conocido, ¿No crees? —Christian río.
—¿Sabes qué? —Asintió a la par que tambalea. —Cuando ella te haga lo mismo que a mí, cuando te destruya igual que como me destruyó a mí, entonces seremos amigos.
—Ella no es mala, Christian. —El aludido borró la sonrisa y su gesto se volvió brutalmente serio.
—¿Qué no es mala? ¡Esa maldita mujer abandonó a mi hijo!