Aquel par de impulsivos ni siquiera se puso de acuerdo en las reglas de aquel absurdo juego. Marypaz se había marchado, corriendo como una gacela, junto a Betito. —¿Ya estarás contento? —gritó Leonardo, enfurecido. —Hice lo correcto —contestó Gianfranco—, ella no se va a quedar con nuestras tierras. —La mirada se le volvió oscura cuando pronunció esa frase. —¿Cómo te atreviste a tanto, estas tierras valen más que el amor de una mujer? Leo ladeó los labios, sonrió con cinismo. —Eres un imbécil, yo solo estaba jugando, pero tenías que aparecer. —Negó con la cabeza—, vas a perder, y no solo las tierras, acabas de firmar tu condena de muerte Gianfranco Rossi —declaró y lo miró a los ojos—, mi más sentido pésame. Gianfranco sintió que todos los músculos se le tensaron, apretó los di

