Marypaz carcajeó. —He decidido añadir una vaca más —respondió ella. Gianfranco no pudo evitar reír, a pesar de la decepción que embargaba su corazón, la joven colombiana tenía la facultad de siempre sacarle una sonrisa, alegrar su alma. —Bueno entonces te voy a llevar a otro sitio, estoy seguro de que con eso si ganaré mi mina —bromeó él. Volvieron a subir al auto, y llegaron de nuevo al malecón, Gianfranco la ayudó a salir del auto, y la llevó a un restaurante dentro de un acantilado. —¡Wao! —exclamó Marypaz, contempló desde el balcón el hondo acantilado, el agua parecía hervir al fondo, las rocas sobre su cabeza le daban un toque original, jamás había estado en un lugar así—. Vaya me sorprendiste. Gianfranco ladeó los labios, orgulloso, pero la sorpresa no solo consistía en e

