Los ojos de Marypaz se iluminaron, aunque no tenía certezas, sus labios perfilaron una sonrisa involuntaria. —Vaya, veo que en verdad andas conquistando a los emperadores romanos. —Ya me siento Cleopatra, abuelito —contestó Marypaz, su rostro mostraba ansiedad, claro quería correr a ver quién era su admirador. —¿Te puedo llamar, mañana? El señor Duque carcajeó. —Claro, me cambias por unas flores —bromeó—, anda y mañana me cuentas. —Te adoro abuelo. —Le mando montones de besos. —También yo, cuídate. Marypaz colgó la llamada corrió de la mano de Inés a la alcoba, sus ojos se abrieron con amplitud, el arreglo tenía rosas rojas, girasoles, frutas cubiertas con chocolates, y un detalle que a ella de inmediato le hizo deducir quién le había enviado ese arreglo, había varios paquetes

