El sacrificio de la dignidad

1826 Words
El salón pronto se llenó de música y risas, convirtiéndose en una sinfonía que resonaba bajo las majestuosas arañas de cristal. Elizabeth y Marianne se encontraban junto a la mesa de exquisiteces, intercambiando palabras mientras probaban delicados canapés adornados con flores comestibles. Marianne, ataviada en su impecable vestido azul zafiro, se veía radiante, aunque sus ojos mostraban una emoción contenida cuando un sirviente se acercó a ella con una nota discreta. Marianne la tomó con elegancia y al leerla, su rostro se iluminó con un rubor de entusiasmo. – Lizzy – susurró inclinándose hacia su amiga con sus labios apenas moviéndose. – ¿Me permites retirarme por un momento? Prometo que no tardaré. Elizabeth, siempre perspicaz, alzó una ceja, adivinando el motivo tras la urgencia de su amiga. Pese a su aparente neutralidad, su mirada contenía una advertencia. – Ve, pero ten cuidado – respondió con un tono que combinaba resignación y preocupación. Marianne apretó suavemente la mano de Elizabeth en agradecimiento con sus ojos brillando de alegría. – Tú también, Lizzy – replicó con una sonrisa antes de desaparecer entre la multitud como una sombra ligera. Elizabeth quedó sola junto a la mesa, recogiendo un delicado macaron de pétalos de rosa mientras ofrecía una sonrisa cortés a las damas jóvenes que pasaban para elogiar su vestido o comentar la elegancia de la velada manteniendo su porte sereno, hasta que una figura masculina emergió frente a ella, interrumpiendo su momentánea tranquilidad. Era el príncipe Gerald. Su porte era impecable aunque su sonrisa, amplia y calculada, contenía una arrogancia que Elizabeth encontró insoportable. Sin embargo, su crianza intachable la llevó a disimular cualquier indicio de desagrado. – Señorita Whitmore – dijo Gerald, inclinándose para tomar su mano con exagerada delicadeza y depositar un beso en el dorso. – Es un verdadero placer tenerla aquí esta noche. Había deseado conocerla desde hace tiempo. Elizabeth sintió una punzada de molestia, pero su rostro permaneció inmutable mientras retiraba su mano de manera sutil y elegante. – El placer es mío, su alteza – respondió con un tono educado, aunque frío. El príncipe pareció ignorar su distancia emocional y mantuvo su sonrisa. – Gerald – corrigió, inclinándose un poco hacia ella, como si estuviera revelando un secreto. – Por favor, llamame Gerald. Elizabeth levantó una ceja, dejando entrever su incomodidad, pero no cedió. – No sería apropiado, su alteza – replicó con firmeza. – Espero que lo entienda. El brillo en los ojos del príncipe se apagó por un instante, pero volvió a recuperar su compostura, interesado más aún por su resistencia. – Como prefiera, señorita Whitmore – dijo con un dejo de frustración apenas perceptible y extendiendo su mano hacia ella expresó. – Entonces, ¿me haría el honor de concederme este baile? Elizabeth vaciló, consciente de las numerosas miradas que se posaban sobre ellos. Sabía que rechazar al príncipe podría causar un escándalo innecesario así que con un suspiro interno, aceptó su mano, dejando que la guiara hacia la pista de baile. Mientras giraban al ritmo del vals, Elizabeth mantuvo su expresión estoica. Sus ojos evitaban los del príncipe, enfocándose únicamente en ejecutar los pasos con precisión. Sin embargo, Gerald no dejó de observar a la joven duquesa, intrigado por el aura distante y majestuosa que ella emanaba. Cuando la música cesó, Gerald la escoltó hacia un rincón más apartado del salón, donde los sirvientes ofrecían copas de vino en bandejas relucientes y con un gesto fluido, tomó dos copas y le ofreció una. – Es un vino excepcional – dijo con una sonrisa que pretendía ser encantadora. – Le prometo que será de su agrado. Elizabeth tomó la copa con elegancia, aunque una sombra de desconfianza cruzó su mirada. Llevó la copa a su nariz, inhalando el aroma con discreción. No percibió nada extraño, pero aun así bebió con precaución, tomando un sorbo pequeño. – Es bueno – admitió en un tono neutro, devolviéndole la sonrisa con cortesía. El príncipe pareció relajarse, complacido por su aceptación. – Se lo dije – replicó, alzando su copa como si brindara en silencio. Sin embargo, unos instantes después, Elizabeth comenzó a sentirse extraña. Un calor inusual comenzó a extenderse por su cuerpo, como si una fiebre repentina se apoderara de ella. Su visión empezó a tornarse borrosa y todo a su alrededor, parecía distorsionarse. Con un esfuerzo visible, se mantuvo erguida, luchando por conservar la compostura, entendiendo de inmediato que el vino había sido alterado. – Si me disculpa, su alteza – dijo con un tono firme, aunque su voz llevaba un leve temblor. – Debo buscar a mi amiga. Sin esperar una respuesta, se apartó con pasos controlados, esforzándose por llegar a una de las salidas sin llamar la atención. *** El jardín estaba envuelto en un silencio inquietante, roto únicamente por el murmullo del viento entre los árboles. Elizabeth salió tambaleándose, su piel ardía como si llamas invisibles la consumieran desde dentro. Se apoyó contra un roble antiguo, tratando de recuperar el aliento mientras el aire fresco acariciaba su rostro. Sin embargo, el alivio que buscaba no llegaba. – Maldito príncipe… – murmuró entre dientes, con su voz cargada de ira y frustración. – Sabía que no era de fiar. A su alrededor, las sombras parecían moverse, densas y vivas, hasta que una figura emergió de entre ellas, Lucian. Su presencia era majestuosa incluso bajo la tenue luz de la luna. Sus ojos rojos, llenos de preocupación y furia contenida, se clavaron en ella al instante. – Lo sabía – dijo con voz grave, un gruñido casi animal. – Sabía que ese desgraciado intentaría algo contigo. Elizabeth lo miró a través de sus pestañas con sus párpados pesados por el veneno que corría por su cuerpo. A pesar de su debilidad, su tono desafiante no había desaparecido del todo. – Tú… ¿Por qué estás aquí? – murmuró con esfuerzo. Lucian cerró la distancia entre ellos en un instante. Con suavidad, pero con firmeza, la sostuvo antes de que pudiera derrumbarse por completo, su brazo rodeó su cintura como un ancla. – Porque tú eres mi responsabilidad – respondió con voz baja pero cargada de intención. – Y porque no confío en nadie más para protegerte. Elizabeth quiso replicar, pero el calor insoportable la estaba debilitando. Apoyó su frente contra el pecho de Lucian, incapaz de resistir la tentación de buscar refugio en su fría piel, que contrastaba con las llamas que ardían dentro de ella. El aire en el jardín estaba cargado de tensión, Lucian la sostuvo con firmeza, sintiendo cómo su cuerpo se desmoronaba entre sus brazos. – Elizabeth, confía en mí. – su voz era baja, grave, casi un susurro y el dolor en su tono era palpable. – No dejaré que te hagan daño. No dejaré que él te toque. Elizabeth intentó apartarse, la confusión reinaba su mente. Su cuerpo luchaba por mantenerse intacto, mientras que su corazón se debatía entre la desconfianza hacia el príncipe y la urgencia de lo que Lucian le ofrecía. – Lucian, no quiero esto… – su voz tembló, apenas un susurro, mientras intentaba apartarse de él. El ardor en su piel parecía elevarse a niveles insoportables y las palabras escapaban de su boca sin orden, desconociendo si realmente eran las que quería decir. Pero Lucian, sin darle espacio para moverse, la rodeó con sus brazos, presionándola contra su pecho. Sus ojos rojos se fijaron en ella con una intensidad que solo él podía manifestar. Su aliento estaba pesado y aunque su corazón deseaba protegerla, sabía que la situación era delicada, que su deseo de salvación se convertiría en una batalla interna. – No te haré daño. – la promesa fue clara, firme, pero también llena de una lucha silenciosa. – Sé que esto no es lo que esperabas, pero no tengo otra opción. Elizabeth, luchando por mantener la lucidez, intentó nuevamente alejarse. El ardor que sentía en su cuerpo solo aumentaba con el contacto y sus instintos la impulsaban a resistir. Pero Lucian no la soltó, en su mirada, había una mezcla de dolor y determinación. – Si te vas, te perderé y eso no lo soportaría. – dijo en un susurro, acariciando su rostro con suavidad, como si sus gestos pudieran calmarla. – Tú no eres débil, Elizabeth. Eres fuerte, más de lo que imaginas y yo… yo estaré aquí, siempre. Elizabeth no pudo evitar tensarse al escuchar esas palabras. La mezcla de deseo y desesperación en sus ojos la desbordaba, pero su voluntad era aún más fuerte. Intentó hablar, pero las palabras le fallaron. El veneno la mantenía atrapada, inmóvil. Lucian, comprendiendo la lucha interna que se libraba dentro de ella, la miró fijamente antes de inclinarse hacia su rostro, buscando su consentimiento de una forma no verbal, pero no había tiempo para más palabras. En un gesto suave, pero decidido, la acercó más a él y sus labios se encontraron con los de ella en un beso que no fue ni suave ni agresivo, fue la culminación de una necesidad reprimida, de una promesa hecha en silencio. Elizabeth intentó resistirse, pero el ardor dentro de ella se incrementó y la calidez de su cuerpo se mezcló con la frialdad de Lucian. La presión en sus labios fue el último empujón que la hizo ceder. A pesar de las dudas, a pesar de la confusión, algo dentro de ella, un instinto protector y desesperado, la llevó a rendirse ante la situación. Lucian, atento a cada uno de sus movimientos, fue delicado, cuidando que ella no se sintiera forzada en ningún momento. Cada gesto, cada caricia, estaba marcado por una mezcla de desesperación por protegerla y una suavidad que demostraba su respeto por ella. Cuando sus cuerpos se unieron, Elizabeth luchó contra la sensación de vulnerabilidad, pero su mente no podía luchar más. El veneno la había reducido, dejándola a merced de sus propios deseos y temores. En ese instante, entendió que no tenía otra opción, que lo que sucediera no cambiaría el hecho de que, a su lado, Lucian era el único que podría mantenerla a salvo. Lucian la sostuvo entre sus brazos, cuidadosamente, dándole el espacio suficiente para que pudiera sentirse segura en medio de su fragilidad y aunque su propia necesidad era inmensa, él se contuvo, sabiendo que lo que importaba era el bienestar de Elizabeth. A medida que todo se calmaba, y las respiraciones de ambos se suavizaron, Lucian se inclinó nuevamente hacia ella, su rostro lleno de preocupación y afecto. – Esto no te define, Elizabeth. Nada de esto te define. – su voz era suave, cargada de una sinceridad profunda. – Eres mucho más que esto y siempre estaré aquí para ti, para protegerte. Elizabeth, aunque aún vulnerable, asintió lentamente, reconociendo en sus ojos la verdad de sus palabras. Aunque su cuerpo había cedido, su espíritu seguía siendo suyo y de alguna forma, se sintió protegida. No por la fuerza, sino por la promesa silenciosa que Lucian le había hecho esa noche.
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