Era la primera vez en mucho tiempo que Elizabeth salía a un evento importante: el baile de máscaras en la mansión del Duque Lucian Blackwood era uno de ellos y el más esperado del año. Había rumores de que este hombre era el Rey de los Vampiros, pero nada estaba asegurado aún.
A sus dieciocho años, Elizabeth ya tendría que haber debutado en la sociedad, pero desde la muerte de su padre, asesinado por un vampiro, se había vuelto más reservada y evitaba participar en reuniones de alta sociedad, solo su amiga de la infancia, Marianne, había permanecido a su lado.
Esa noche, Marianne, no podía ocultar su emoción de tener a Elizabeth como compañera en un evento como aquel, aunque la propia Elizabeth no compartía el mismo entusiasmo.
– Elizabeth, anímate. – comenta Marianne con una sonrisa radiante mientras le ayuda a acomodarse el cabello. – Verás que te divertirás.
Elizabeth, suspiró molesta.
– ¿Cómo se puede disfrutar en un lugar lleno de vampiros?
Marianne, soltó una risita suave.
– No solo habrá vampiros Elizabeth. También hay humanos como nosotras, además… Algunos vampiros pueden ser más corteses que los propios humanos.
Elizabeth la miró con escepticismo.
– Por favor Marianne, son iguales o peores. Fueron humanos una vez y ahora sus instintos y deseos más oscuros salen a flote. Son criaturas de la noche, lujuriosas y lascivas, obsesionadas con el placer.
Marianne algo pensativa, respondió con tono suave y cálido.
– También fueron personas que amaron genuinamente. Algunos de ellos buscan amar de todo corazón, mira Elizabeth… no pretendo que con esto que te digo los aceptes, pero por lo menos… trata de vivir en paz con ellos.
Elizabeth estuvo a punto de replicar, pero se detuvo. No estaba de acuerdo con que Marianne "humanizara" a los vampiros, para ella… seguían siendo criaturas de la noche causantes de caos y destrucción. Desde que su padre había sido asesinado por uno de ellos, no había podido verlos de otra forma, sin embargo, guardó sus pensamientos para sí, evitando una discusión que pudiera lastimar a Marianne, pues sabía que su amiga, mantenía una relación en secreto con un vampiro, porque sus padres nunca permitirían que ella se involucrara con uno de ellos y aunque Elizabeth, igual que los padres de Marianne no estaba de acuerdo con esta unión, se sentía obligada de guardar su secreto, como en un acto de lealtad, por tantos años de amistad que llevaban.
Luego de vestidas y prontas, las dos salieron de la mansión Whitmore, hogar de Elizabeth y subieron a un elegante carruaje. Elizabeth o Lizzy para quienes la conocían, llevaba un vestido de color azul oscuro, de estilo clásico y romántico. El corsé sin tirantes, decorado con detalles florales, acentuaba su figura y la falda amplia de tul, caía en corte princesa, aportando elegancia y estructura. Su antifaz, que iba a juego con su vestido, estaba decorado con bordados negros en sus bordes y plumas azules, adornadas con cristales blancos. Mientras que Marianne, por su parte, lucía un vestido de color menta claro, escote estilo barco y apliques florales de color plateado en las mangas y en el corsé, llevando un antifaz del mismo color que su vestido, con plumas del mismo tono, resaltando las perlas que lo adornaban. Después de un trayecto de unos cincuenta minutos, llegaron a la mansión del Duque Blackwood y mientras se acercaban Elizabeth le preguntó a Marianne.
– Quiero que me respondas algo que bastante inquieta me ha tenido durante el viaje hasta aquí.
Marianne la mira intrigada.
– ¿Qué cosa?
Elizabeth lanza un suspiro, mientras su corazón latía un poco nervioso.
– Son ciertos los rumores que el Duque Lucian Blackwood… ¿es el rey de los vampiros?
Marianne la mira pensativa por un momento.
– No lo sé… Alaric no me ha dado detalles de eso, a pesar de que se lo he preguntado. Por ahora son solo rumores. ¿Por qué preguntas?
– Por nada, solo por curiosidad.
Elizabeth respira profundamente, aunque no aliviada del todo.
Las jóvenes entran al salón con la gracia que caracteriza la aristocracia. Marianne, vivaz y conocida en esos círculos, atrajo algunas miradas, pero Elizabeth, quien rara vez asistía a este tipo de eventos, despertó una curiosidad especial entre los asistentes, especialmente del anfitrión.
– ¿Quién es esa joven? – susurró alguien entre los invitados. – ¿Es la hija del difunto Conde Whitmore?
– Posiblemente. – respondió otra voz. – Viene acompañada por Marianne, su amiga de toda la vida, así que bien podría ser ella.
Elizabeth exhala un suspiro, ignorando los comentarios. Sabía que algo así podría ocurrir, ya que esta era su primera aparición en un evento de tal magnitud y aunque no quisiera en un principio venir a él, su madre la había convencido para que asistiera, esperando que conociera más gente y se relacionara, argumentando que no era bueno que se aislará tanto.
Mientras recorría el salón junto a Marianne, admirando los candelabros dorados y las mesas repletas de exquisiteces, notó una presencia inusual que la observaba desde las sombras. El hombre, rodeado hace un momento por jóvenes admiradoras, se despidió de ellas con una leve reverencia y se acercó a Elizabeth con paso elegante. La joven se tensó un poco y mantuvo su postura firme y seria al verlo acercarse.
– Bienvenida. – su voz era profunda y seductora. – ¿Me concedes este baile?
Elizabeth lo miró con desconfianza, manteniendo su postura fría y distante con él. Como en su interior poseía el poder del grimorio, podía saber sin que le dijeran, quien era un vampiro y quien no. En este hombre, ella podía saber por su aura y su presencia, que se trataba de un vampiro de alta élite y solo una criatura de la noche podría pertenecer a la misma, y ese era el Rey Vampiro.
Esto comprobó en su mente lo que sospechó desde un principio.
– "Sin duda el duque Blackwood es el Rey de los Vampiros. Este último no suele participar en eventos muy importantes, según tengo entendido, pero como estamos en su hogar es más que obvio." – pensó para sí.
Lucian Blackwood obviamente se había acercado a ella por el poder del grimorio que yacía en su interior, como también por su enigmática personalidad. Elizabeth no solo llevaba en sí un poder excepcional, sino también la capacidad de llevar en su interior, el linaje entero de los vampiros y esto a él le convenía, para afirmar su poder y por mucho tiempo, tener por fin una reina. Pero Elizabeth, no sería un ser fácil de conquistar, en sus ojos, se podía ver la determinación y el desdén que ella poseía a los de su especie.
Elizabeth vaciló, conteniendo su aversión hacia él y hacia los de su especie, no tenía ninguna intención de bailar con un vampiro, pero la atención de los presentes estaba sobre ella. Su madre le había aconsejado que se comportara con cautela si quería evitar rumores, por lo tanto, a regañadientes aceptó su mano y comenzó a bailar con él. Mientras comenzaban a moverse al ritmo de la música, Elizabeth evitaba el contacto visual con él, manteniendo su mirada fija en un punto distante del salón. Lucian, notando su rigidez, rompió el silencio con una sonrisa.
– Parece que no disfruta mucho de la compañía en este evento, señorita.
Elizabeth mantuvo su tono firme, sin revelar demasiado.
– No soy especialmente entusiasta de este tipo de reuniones, en particular cuando están llenas de… ciertos invitados.
Lucian arqueó una ceja, captando la indirecta en sus palabras.
– ¿Y esos "ciertos invitados", son tan desagradables como para provocar su desagrado? Debo decir que hasta donde yo sé, procuramos comportarnos con cortesía.
Elizabeth le lanzó una mirada de reojo, a sus ojos fríos y calculadores.
– La cortesía no cambia la naturaleza, señor. Algunos hábitos persisten más allá de la apariencia o los buenos modales.
Lucian esbozó una sonrisa casi divertida, como si encontrara entretenida su franqueza.
– Tiene una opinión muy formada para alguien que, por lo que veo, no ha frecuentado demasiado este tipo de eventos. ¿Siempre es tan directa?
– Solo cuando es necesario. – respondió sin titubear y luego añadió en tono casi desafiante. – Tampoco soy de las que buscan impresionar a quienes me rodean.
Lucian mantuvo la mirada fija en ella, intrigado.
– Eso es evidente. No busca impresionar a nadie… sin embargo, aquí estamos, todos pendientes de usted. – expresó, con una mirada intensa. – Debo decir que es raro encontrar a alguien… tan inusual.
Elizabeth sostuvo la mirada, sintiéndose desafiada y al mismo tiempo, un poco incómoda con su interés.
– No soy un entretenimiento y tampoco deseo ser el centro de atención.
– No pretendo convertirla en eso, solo me llama la atención alguien que… brilla en medio de la multitud, aunque no lo desee.
Elizabeth sintió el peso de sus palabras y notó la intensidad de su mirada, como si aquel hombre pudiera ver a través de su antifaz y leer cada uno de sus pensamientos. La música comenzó a detenerse y Elizabeth, aprovechó la oportunidad para retirarse con una leve reverencia.
– Le agradezco el baile, ahora si me disculpa…
Lucian observó cómo la joven se alejaba de él, perdiéndose en la multitud, quedando su mirada perdida entre la gente, se dice a sí mismo.
– Mi grimorio. – murmura para sí. – No te escaparás de mí, por mucho tiempo… te he estado esperando.