La casa de seguridad se alzaba oculta entre imponentes pinos, sus paredes de cedro fundiéndose perfectamente con las sombras del bosque. Los dedos de Emma trazaron el pasamanos de madera pulida mientras Lex la guiaba por los escalones del frente, su piel aún vibrando con el recuerdo de sus caricias en el estacionamiento.
—Esta casa pertenece a la manada, mi familia —dijo Lex, sacando una llave de bronce ornamentada. La cerradura se abrió con facilidad practicada—. Nadie te encontrará aquí.
Manada. La palabra provocó un extraño aleteo en su pecho. Había crecido sola, rebotando entre hogares de acogida después de que su adopción se cancelara a los doce años. El concepto de pertenecer a algo más grande se sentía ajeno pero extrañamente atractivo.
El interior olía a pino y cuero, con notas subyacentes de algo salvaje e indómito, como el aroma que se adhería a la piel de Lex. Una chimenea de piedra dominaba una pared, flanqueada por estanterías llenas de volúmenes encuadernados en cuero. Emma se acercó a ellas, su ojo de consultora ambiental notando la ausencia de iluminación eléctrica en favor de lámparas de aceite y velas.
—Fuera de la red —observó, pasando el dedo por el lomo de un libro—. Inteligente, considerando lo que me está cazando.
Lex se movió detrás de ella, lo suficientemente cerca como para que su calor corporal le calentara la espalda.
—Hemos aprendido a ser cuidadosos a lo largo de los años.
Ella se dio vuelta para enfrentarlo, calculando mal la distancia. Su pecho casi rozó el suyo, y el aire entre ellos crepitó con tensión no expresada. Sus ojos gris acero tenían motas doradas que parecían pulsar bajo la luz de la lámpara.
—¿De qué exactamente son cuidadosos? —Su voz salió más entrecortada de lo que pretendía.
Su mandíbula se tensó, la cicatriz ahí atrapando las sombras.
—De las amenazas a lo que protegemos.
—¿Y qué proteges, Alexander Steele?
La pregunta colgó entre ellos como un desafío. Las fosas nasales de Lex se dilataron ligeramente, como si la estuviera olfateando, y Emma sintió calor acumularse en lo profundo de su vientre. Nunca había reaccionado así a un hombre, como si su cuerpo reconociera algo que su mente no podía captar.
—Deberías descansar —su voz se volvió áspera—. Hay una recámara arriba.
Pero ninguno de los dos se movió. El pulso de Emma martilleaba contra su garganta, y vio su mirada descender al rápido aleteo ahí. Cuando volvió a mirarla a los ojos, esas motas doradas se habían intensificado.
—No tengo sueño —la admisión se le escapó antes de poder detenerla.
Algo depredador parpadeó en sus facciones.
—Emma —su nombre sonó como una advertencia.
—¿Qué? —Se acercó más, atraída por un instinto que no entendía—. ¿Contra qué me estás advirtiendo?
Sus manos se alzaron para enmarcar su rostro, los pulgares trazando sus pómulos con sorprendente gentileza.
—No tienes idea de lo que estás pidiendo.
—Entonces muéstrame.
Las palabras parecieron desbloquear algo en él. Su agarre se intensificó, inclinando su rostro hacia arriba mientras bajaba la cabeza. Los ojos de Emma se cerraron, cada terminación nerviosa viva de anticipación. Podía sentir la calidez de su aliento contra sus labios, oler el aroma intoxicante de cedro y algo puramente masculino que la hizo débil de las rodillas.
—Lex —su nombre escapó apenas como un susurro.
Un gruñido bajo resonó en su pecho, y los ojos de Emma se abrieron de golpe. El sonido no había venido de su garganta: era más profundo, más primitivo, como si algo salvaje viviera bajo su exterior humano.
Antes de que pudiera procesar lo que había escuchado, su boca reclamó la suya.
El beso no se parecía en nada a los piquitos educados que había compartido con novios anteriores. Esto era posesión, hambre y necesidad desesperada enrolladas en una conexión abrasadora. Los labios de Lex se movieron contra los suyos con habilidad practicada, provocando respuestas de su cuerpo que no sabía que existían. Cuando su lengua se deslizó por su labio inferior, ella se abrió para él instintivamente.
El calor explotó por su sistema. Sus manos se aferraron a su camisa, acercándolo mientras él la arrinconaba contra la estantería. Los libros cayeron al suelo, olvidados, mientras su cuerpo se presionaba contra el suyo. Podía sentir cada plano duro de músculo, el latido rápido de su corazón coincidiendo con su propio ritmo frenético.
Su aroma la rodeaba: bosques de pinos y aire de montaña y algo indefiniblemente salvaje que la hacía querer exponer su garganta a él. El pensamiento debería haberla aterrorizado. En cambio, envió fuego líquido corriendo por sus venas.
—Emma —gimió contra su boca, y sintió la vibración hasta los dedos de los pies.
Su respuesta murió en su garganta cuando pasos pesados resonaron subiendo los escalones del frente. Lex se apartó bruscamente de ella, sus ojos ardiendo con esa extraña luz dorada, su respiración áspera y desigual.
La puerta principal se abrió de par en par sin ceremonia.
—Alfa —la voz de Marcus Cole llevaba tensión urgente mientras entraba a grandes zancadas en la habitación, luego se detuvo en seco al verlos. Libros esparcidos en el suelo, el cabello de Emma despeinado, la camisa de Lex arrugada por su agarre: la evidencia de su momento interrumpido era inconfundible.
Los ojos café cálidos de Marcus parpadearon entre ellos, y Emma captó un destello de algo que parecía casi como aprobación antes de que su expresión se volviera sombría.
—Tenemos un problema —Marcus continuó, su tono cuidadosamente neutral—. Los ancianos están exigiendo una reunión de consejo de emergencia. Esta noche.
Todo el cuerpo de Lex se puso rígido.
—¿Sobre qué?
—Sobre ella —la mirada de Marcus se posó en Emma con algo que podría haber sido compasión—. Saben sobre la evidencia del olor, sobre su conexión con la masacre de Rosewood. Quieren que sea llevada ante el consejo para interrogarla.
—Absolutamente no —las palabras explotaron de Lex con tal fuerza que Emma dio un paso involuntario hacia atrás—. No la voy a entregar a—
—¿Entregarme a quién? —la voz de Emma cortó su intercambio como una navaja—. ¿Qué consejo? ¿De qué carajo están hablando ustedes dos?
El silencio se estiró tenso mientras Marcus y Lex intercambiaron miradas cargadas. Finalmente, Marcus habló, su voz pesada de renuencia.
—Los ancianos de la manada, Emma. Quieren juzgar si eres una amenaza para la manada.