Las puertas del ascensor se abrieron en el piso cuarenta y dos de la Torre Steele Dynamics, y Emma Rosewood entró al vestíbulo revestido de mármol con sus materiales de presentación apretados contra el pecho. El peso de una docena de miradas la golpeó inmediatamente: recepcionistas, guardias de seguridad y ejecutivos trajeados se voltearon hacia ella con una intensidad que le erizó la piel.
¿Qué carajo?
Ya había dado presentaciones a empresas Fortune 500 antes, pero nunca había sentido este tipo de escrutinio solo por caminar por un vestíbulo. El silencio se extendió incómodamente hasta que una recepcionista rubia finalmente parpadeó y apartó la mirada, con el rostro sonrojado.
"¿Señorita Rosewood?" Un hombre alto de piel morena en un traje gris carbón impecable se acercó, sus cálidos ojos cafés extrañamente cautelosos. "Soy Marcus Cole, Jefe de Seguridad. El señor Steele la está esperando."
Emma estrechó su mano extendida, notando cómo su apretón se prolongó un momento de más, sus fosas nasales dilatándose ligeramente. "Gracias. Disculpe si llegué temprano: había menos tráfico del esperado."
"Para nada." La voz de Marcus llevaba un matiz extraño, casi como si estuviera conteniendo palabras. "Por aquí, por favor."
Mientras caminaban por el piso ejecutivo, Emma captó fragmentos de conversaciones susurradas que morían en el momento que pasaba. Su oído agudizado —otro desarrollo reciente que no podía explicar— captó palabras murmuradas que no tenían sentido: "...ese aroma es imposible..." y "...el alfa necesita saber..."
Los sueños habían empeorado últimamente. Visiones de bosques iluminados por la luna, el sabor del viento salvaje, y siempre ese aullido obsesionante que parecía llamar directamente a su alma. Despertaba con tierra bajo las uñas a pesar de nunca haber salido de su departamento, su cuerpo adolorido como si hubiera estado corriendo por kilómetros.
"La sala de juntas está aquí adelante," dijo Marcus, su tono cuidadosamente neutral. Pero Emma notó cómo su mano se movió hacia su celular, el pulgar flotando sobre lo que parecía ser marcación rápida.
Las enormes puertas de roble llevaban el logo de Steele Dynamics: una cabeza de lobo estilizada que parecía seguir su movimiento. Emma se detuvo, un extraño reconocimiento parpadeando en su mente. Había visto ese símbolo antes, ¿pero dónde?
"¿Señorita Rosewood?" La voz de Marcus parecía venir de muy lejos.
Parpadeó, dándose cuenta de que había estado mirando fijamente el logo por varios segundos. "Perdón, yo... es una artesanía hermosa."
La expresión de Marcus se volvió aún más cautelosa. "El alfa— quiero decir, el señor Steele estará con usted en un momento. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Café? ¿Agua?"
"Agua estaría perfecto." Emma necesitaba un momento para calmarse. Estas reacciones extrañas, la forma en que todos la miraban como si estuvieran viendo un fantasma: definitivamente algo estaba mal con este lugar.
Sola en la sala de juntas, Emma configuró su laptop y extendió los reportes de impacto ambiental para el parque eólico propuesto. El proyecto de la Península Olímpica sería desafiante, pero el potencial para energía limpia era enorme. Según sus estudios preliminares, la tierra estaba prístina: naturaleza casi intocada que requeriría navegación cuidadosa de las regulaciones ambientales.
La puerta se abrió detrás de ella, y Emma se volteó con una sonrisa profesional que murió en sus labios.
El hombre que entró dominó la habitación simplemente por existir. Un metro noventa y tres de poder controlado, con ojos gris acero que parecían ver directamente a través de ella. Cabello n***o plateado en las sienes, una cicatriz delgada a lo largo de su mandíbula que hablaba de violencia sobrevivida. Su traje gris carbón estaba perfectamente cortado pero no podía contener del todo la gracia depredadora en sus movimientos.
Alexander Steele.
El aire entre ellos crepitó con una energía que Emma nunca había experimentado. Su saludo cuidadosamente preparado se evaporó cuando esos ojos penetrantes se fijaron en los suyos. El tiempo pareció suspendido, el mundo reduciéndose a solo este momento, este hombre, esta atracción inexplicable que la hacía querer acercarse aun cuando cada instinto gritaba peligro.
"Señorita Rosewood." Su voz era áspera como whisky, con un matiz que hizo que su piel se sonrojara. "La he estado... esperando."
El corazón de Emma martilleó contra sus costillas. "Señor Steele. Gracias por tomarse el tiempo de reunirse conmigo sobre la propuesta del parque eólico."
Se acercó más, y ella captó su aroma: bosques de pinos, tormentas invernales, y algo salvaje que le hizo agua la boca. Sus manos temblaron cuando alcanzó sus materiales de presentación.
"Dígame," dijo Lex, su voz bajando a apenas un susurro, "¿ha tenido sueños últimamente? ¿Extraños?"
La sangre de Emma se volvió hielo. ¿Cómo podía él posiblemente saber sobre los sueños? "No estoy segura de a qué se refiere."
"Sueños de correr por bosques. De aullarle a la luna. De cazar." Sus ojos nunca dejaron los de ella, y Emma se sintió clavada como una mariposa bajo vidrio. "Sueños que se sienten más como recuerdos."
"Eso es..." La voz de Emma salió ronca. "Eso es imposible. No puede saber eso."
"¿No puedo?" Lex se acercó aún más, lo suficientemente cerca para que ella pudiera sentir el calor irradiando de su cuerpo. "Dígame, Emma —¿puedo llamarla Emma?— ¿cuándo empezaron? Los sueños, los sentidos agudizados, la sensación de que se está convirtiendo en algo más."
La laptop de Emma se resbaló de sus dedos entumecidos, golpeando contra la mesa de juntas. "¿Cómo sabe sobre—?"
"Porque," la voz de Lex se volvió mortalmente suave, "ya no es completamente humana. Y nunca debió haber venido aquí."
La habitación quedó en silencio excepto por la respiración entrecortada de Emma. A través de las ventanas del piso al techo, podía ver la Península Olímpica en la distancia: esos bosques prístinos que planeaba estudiar, ahora pareciendo pulsar con significado oculto.
El celular de Lex vibró. Lo miró, y su expresión cambió de interés intenso a algo que se parecía notablemente al miedo.
"Marcus," dijo al teléfono sin quitar los ojos de Emma. "¿Cuántos de ellos saben que está aquí?"
Emma no pudo escuchar la respuesta, pero vio la mandíbula de Lex tensarse.
"¿Todos ellos?" Su voz llevaba una nota de incredulidad. "¿Toda la manada puede sentirla?"
¿Manada? La mente de Emma se tambaleó. ¿Qué tipo de empresa era esta?
Lex colgó y la miró con algo que podría haber sido lástima. "Emma, necesito que escuche muy cuidadosamente. Está en más peligro del que puede imaginar. Y me temo..." hizo una pausa, ojos gris acero reflejando algo salvaje y hambriento, "que yo podría ser la mayor amenaza de todas."
Fuera de la sala de juntas, Emma podía escuchar movimiento: pasos, voces susurradas, y debajo de todo eso, un sonido que no podía ser real.
Gruñidos.