Capítulo 3

1350 Words
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave timbre, y Emma entró al piso cuarenta y dos de la Torre Steele Dynamics. El nivel ejecutivo zumbaba con eficiencia silenciosa—asistentes moviéndose con propósito, teléfonos sonando en tonos apagados, el sonido distante de teclados. Los ventanales del piso al techo ofrecían una vista panorámica de la Bahía Elliott, donde los ferris cortaban estelas blancas sobre el agua oscura. "¿Señorita Rosewood?" Una mujer elegante en traje gris carbón se acercó. "Soy Jennifer, la asistente ejecutiva del señor Steele. La está esperando en la Sala de Conferencias A." Emma ajustó su mochila de laptop y siguió a Jennifer por un pasillo decorado con arte abstracto y premios corporativos. Su presentación era sólida—meses de investigación sobre patrones de viento, estudios de impacto ambiental y estrategias de mitigación. Sin embargo, algo se sentía mal, como caminar hacia una tormenta que no podía ver venir. Las pesadillas habían sido peores anoche. Había despertado con agujas de pino en el cabello y lodo en los pies descalzos, las ventanas de su departamento abiertas de par en par al frío de octubre. La parte racional de su mente insistía que era sonambulismo, pero esa parte racional se volvía más silenciosa cada día. "Por aquí, por favor," dijo Jennifer, abriendo puertas dobles para revelar una sala de conferencias con paredes de vidrio. Emma entró y se quedó helada. Él estaba sentado en la cabecera de una mesa de caoba pulida, dedos entrelazados, ojos gris acero fijos en ella con una intensidad que le cortó la respiración. Alexander Steele era más imponente de lo que sugerían sus fotos—hombros anchos tensando un traje azul marino a la medida, su presencia llenando la habitación como humo. Una cicatriz delgada trazaba su mandíbula, y hebras plateadas se entretejían en el cabello n***o en las sienes, dándole una elegancia peligrosa. Pero fueron sus ojos los que la detuvieron en seco. Contenían reconocimiento, hambre, y algo salvaje que hizo que cada instinto le gritara corre. "Señorita Rosewood." Su voz era un rugido bajo que parecía vibrar a través de sus huesos. "Por favor, siéntese." Emma forzó a sus piernas a moverse, eligiendo una silla a mitad de la mesa. Distancia profesional. Distancia segura. Las luces fluorescentes arriba parpadearon una vez, dos veces, luego se estabilizaron. "Gracias por venir," continuó, aunque su mirada nunca dejó su rostro. "Entiendo que tiene una presentación para nosotros sobre el proyecto de la Península Olímpica." Abrió su laptop, agradecida por tener algo en qué enfocarse además de la forma en que él observaba cada uno de sus movimientos. "Sí, he preparado un análisis exhaustivo de los sitios propuestos para el parque eólico. El impacto ambiental será mínimo si seguimos los protocolos adecuados." "Impacto ambiental." Se reclinó hacia atrás, y Emma captó un destello de algo depredador en su postura. "Dígame, ¿qué sabe sobre la tierra que está tan ansiosa por desarrollar?" "Es terreno forestal de propiedad privada, principalmente bosque nativo. Algunas áreas muestran señales de tala previa, pero el ecosistema se ha recuperado en gran medida. Los patrones de viento son ideales para la generación de energía renovable." "¿Y la fauna?" Emma abrió sus archivos de investigación, tratando de ignorar cómo la pantalla de la laptop parpadeaba cada vez que lo miraba directamente. "Fauna estándar del Noroeste del Pacífico. Venados, alces, algunos osos negros. Hay rumores de poblaciones de lobos, aunque Pesca y Vida Silvestre no ha confirmado ninguna manada en esa área específica." Algo peligroso destelló en sus ojos. "Rumores." "Folclore local, principalmente. Nada que impactaría el desarrollo." Hizo clic en su primera diapositiva, pero la pantalla del proyector permaneció negra. "Disculpe, parece que hay un problema técnico." Marcus Cole, a quien reconoció como Jefe de Seguridad del sitio web de la empresa, se inclinó hacia adelante desde su posición cerca de la puerta. "Llamaré a sistemas." "No será necesario." La voz de Lex llevaba un filo que hizo que se le erizara el vello de los brazos. "Continúe sin las diapositivas, señorita Rosewood. Hábleme de esos rumores." Los dedos de Emma temblaron mientras cerraba la laptop. La habitación se sentía cargada, como el aire antes de que caiga un rayo. "Historias sobre aullidos en la noche. Excursionistas reportando huellas de lobo inusualmente grandes. Nada documentado, por supuesto." "Por supuesto." Se puso de pie, moviéndose con gracia fluida hacia las ventanas. "¿Qué pasaría si le dijera que esas historias son ciertas?" "Diría que eso hace la evaluación ambiental más compleja, pero no imposible. Las poblaciones de lobos se están recuperando en toda la región. Con la planificación adecuada—" "¿Qué pasaría si le dijera," dijo, volteándose para enfrentarla, "que esos lobos han estado protegiendo esa tierra por generaciones? ¿Que es tierra sagrada, no solo bosque vacío esperando desarrollo?" El corazón de Emma martilleó contra sus costillas. Había algo en su voz, algo que hablaba a una parte de ella que no entendía. "Señor Steele, aprecio la noción romántica, pero—" Las luces se apagaron. La energía de emergencia se activó un segundo después, bañando la habitación en luz roja. La pantalla de la laptop de Emma se encendió sin que la tocara, pasando por las diapositivas de su presentación a velocidad imposible. El proyector zumbó y chisporroteó, llenando el aire con el aroma de electrónicos quemándose. Y a través de todo eso, Alexander Steele permaneció perfectamente inmóvil, sus ojos reflejando la luz roja como los de un animal. "¿Qué está pasando?" susurró Emma, pero ya sabía que esto no era una sobrecarga eléctrica o falla del equipo. Esto era otra cosa, algo que hacía que su sangre cantara con reconocimiento. Entonces se movió hacia ella, cada paso deliberado, depredador. Las luces de emergencia parpadeaban con cada pisada. Cuando llegó a su silla, se inclinó, manos apoyándose a cada lado de ella, atrapándola entre sus brazos y la mesa. "Lo sientes, ¿verdad?" Su voz era apenas humana ahora, áspera con algo salvaje. "La atracción. La certeza. Has estado soñando con el bosque, ¿no es así, Emma? Soñando con correr bajo la luna." Su nombre en sus labios envió electricidad corriendo por sus venas. Debería estar aterrorizada—debería correr, debería gritar, debería hacer cualquier cosa excepto inclinarse más cerca de este hombre peligroso cuya presencia hacía que su piel ardiera y su corazón se acelerara. "¿Cómo sabes sobre mis sueños?" Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Sus ojos brillaron plateados en la luz roja. "Porque he estado soñando contigo." La red eléctrica del edificio luchó, las luces de todo el piso parpadeando en secuencia como una ola. La pantalla de la laptop de Emma se agrietó por la mitad, pero apenas lo notó. Todo lo que podía ver eran sus ojos, todo lo que podía sentir era la atracción magnética que la jalaba hacia él. "Esto es imposible," murmuró. "¿Lo es?" Levantó una mano para tocar su rostro, y Emma sintió que su mundo se inclinaba. "¿Cuál es el apellido de soltera de tu madre, Emma?" La pregunta vino de la nada, pero la respuesta se derramó antes de que pudiera pensar. "Rosewood. Siempre ha sido Rosewood. ¿Por qué?" Alexander Steele se quedó muy, muy quieto. Detrás de él, Marcus se adelantó, tensión irradiando de su figura. "Emma," dijo Lex lentamente, su pulgar trazando su pómulo, "¿qué sabes sobre la historia de tu familia? ¿Sobre lo que pasó con la manada Rosewood hace veinte años?" La palabra 'manada' la golpeó como un golpe físico. Imágenes destellaron por su mente—recortes de periódico que nunca había visto, fotos de un bosque ardiendo, titulares sobre una masacre. Y a través de todo, el sonido de aullidos que no era del todo memoria y no era del todo sueño. Las luces regresaron a plena potencia, y Emma vio la verdad escrita en los ojos de Alexander Steele: reconocimiento, deseo, y algo que se veía terriblemente como dolor. "Eres una de nosotros," susurró. "Y ni siquiera lo sabes."
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