Capítulo 4

1250 Words
La sala de conferencias se sentía como un campo de batalla después de que Emma Rosewood se fuera, el aroma de su miedo y algo indefiniblemente diferente flotando en el aire. Lex permaneció inmóvil al frente de la mesa de caoba, sus manos aferrando el respaldo de la silla de cuero con tanta fuerza que dejó marcas permanentes. Compañera. Su lobo se paseaba inquieto bajo su piel, desesperado por seguir su rastro. La mujer que quería destruir todo aquello por lo que su manada había muerto protegiendo. "¿Alfa?" La voz de Marcus atravesó el caos mental. "Los equipos electrónicos aún—" "Lo sé." Las palabras de Lex salieron más ásperas de lo que pretendía, sus cuerdas vocales aún ajustándose de vuelta al habla humana. Las luces del techo parpadearon una vez más antes de estabilizarse, y la pantalla de presentación finalmente se apagó. Marcus se acercó con cautela, sus instintos de beta leyendo la tensión peligrosa que irradiaba de su alfa. "¿Qué pasó aquí? Pude sentir a tu lobo desde tres pisos abajo." Lex se dirigió hacia los ventanales que daban a la Bahía Elliott, observando la pequeña figura de Emma desaparecer en el estacionamiento subterráneo. "Es ella, Marcus. La consultora ambiental que amenaza nuestro territorio." "Eso lo deduje de los materiales informativos." Marcus frunció el ceño. "Pero lo que sentí hace un momento... eso no era enojo por el proyecto de desarrollo." La confesión quemó la garganta de Lex como tragar vidrio molido. "Es mi compañera." El silencio se extendió entre ellos, pesado con implicaciones. Marcus se hundió en una de las sillas de la conferencia, su compostura habitualmente firme agrietándose. "¿La mujer que quiere desarrollar nuestros terrenos sagrados es tu compañera destinada?" "La Diosa Luna tiene un sentido del humor retorcido." La risa de Lex no tenía calidez. "Tres generaciones mi familia ha protegido esos sitios. Mi abuelo compró la tierra para mantenerla a salvo. Mi padre expandió nuestras propiedades. Y ahora..." Se calló, incapaz de expresar la elección imposible que tenía ante él. Marcus se inclinó hacia adelante. "Tiene que haber otra manera. Tal vez si le explicaras—" "¿Explicar qué? ¿Que somos hombres lobo? ¿Que los sitios que quiere inspeccionar contienen los lugares de descanso de nuestros ancestros?" Lex negó con la cabeza. "Es humana, Marcus. Pensaría que estoy loco." "¿Estás seguro de que es humana?" La pregunta flotó en el aire como un arma cargada. "La forma en que los equipos electrónicos reaccionaron a ustedes dos, la energía en esta sala... nunca había sentido algo así de un humano." Lex consideró esto, recordando cómo los ojos verdes de Emma habían parecido brillar bajo la luz artificial, cómo su aroma llevaba matices que su lobo no podía identificar del todo. "Aunque no sea completamente humana, no cambia el problema fundamental. Ella representa todo lo que amenaza nuestro modo de vida." "O tal vez," dijo Marcus en voz baja, "es exactamente lo que la manada necesita." --- Las manos de Emma temblaron mientras abría la puerta de su departamento, su compostura profesional finalmente quebrándose en la privacidad de su propio espacio. La reunión con Alexander Steele la había dejado sintiéndose despellejada, expuesta de maneras que no tenían nada que ver con negociaciones de negocios. Se sirvió una copa de vino y abrió su laptop, determinada a investigar más a fondo a Steele Dynamics. Algo sobre su CEO no cuadraba. La forma en que la había mirado—como si pudiera ver directamente hasta su alma—y las inexplicables perturbaciones eléctricas cada vez que estaban cerca. Su búsqueda comenzó con registros corporativos estándar, pero se encontró cavando más profundo, siguiendo hilos que la llevaron a adquisiciones de propiedades que databan de décadas atrás. La familia Steele había estado comprando sistemáticamente terrenos en la Península Olímpica por más de sesenta años, siempre eligiendo parcelas con significado histórico o ecológico. Emma hizo una pausa, la copa de vino a medio camino hacia sus labios. ¿Por qué una empresa tecnológica necesitaría tanta propiedad silvestre? Expandió sus parámetros de búsqueda, incluyendo el apellido familiar en lugar de solo la corporación. Lo que encontró le heló la sangre. Un archivo de periódico de veintitrés años atrás: "Trágico Incendio Cobra Vidas de Prominente Familia de Seattle." El artículo era breve, mencionando a Alexander y Victoria Steele, su hijo pequeño sobreviviendo al incendio que destruyó su hogar en la Península Olímpica. Pero fue la ubicación lo que hizo que el pulso de Emma se disparara—las mismas coordenadas que había estado investigando para el proyecto de desarrollo. Sus dedos volaron sobre el teclado, extrayendo registros de propiedades, estudios geológicos, cualquier cosa que pudiera explicar la conexión. Fue entonces cuando lo encontró enterrado en una nota al pie de un estudio de impacto ambiental: una referencia al "incidente de la Manada Rosewood" de hace veinte años. Manada Rosewood. Su apellido. La copa de vino de Emma se deslizó de sus dedos entumecidos, estrellándose contra su piso de madera. Con creciente pavor, buscó más información sobre este "incidente," pero los registros oficiales eran escasos, casi deliberadamente borrados. Finalmente, en un archivo digitalizado de un periódico de pueblo pequeño, encontró una sola fotografía que hizo que su mundo se tambaleara. La imagen era granulada, en blanco y n***o, pero lo suficientemente clara. Un grupo de personas reunidas alrededor de lo que parecía un servicio conmemorativo, sus rostros grabados con dolor. El pie de foto decía: "Comunidad llora víctimas de tragedia de Manada Rosewood." Pero no fue el pie de foto lo que le robó el aliento a Emma. Fue la mujer en el centro de la fotografía, su rostro parcialmente oscurecido por sombras pero inconfundiblemente familiar. El mismo cabello cobrizo, la misma estructura ósea delicada que Emma veía en su propio espejo cada mañana. La mujer sostenía un bebé. Emma amplió la imagen, su corazón martillando contra sus costillas. El rostro del bebé estaba volteado, pero algo sobre la postura protectora de la mujer, la forma desesperada en que abrazaba al niño... "No," susurró Emma, pero sus manos ya estaban alcanzando el teléfono, marcando el número que conocía de memoria. "¿Mami?" Su voz se quebró en la palabra. "Necesito preguntarte algo sobre la noche que me encontraste." Una larga pausa del otro lado de la línea. "Emma, mi amor, es tarde. ¿No puede esperar hasta—" "Por favor." La desesperación en su propia voz la impactó. "Encontré una fotografía. Una mujer que se ve exactamente como yo, sosteniendo un bebé. El pie de foto menciona algo llamado la Manada Rosewood." El silencio que siguió duró tanto que Emma se preguntó si la llamada se había cortado. Cuando su madre adoptiva finalmente habló, su voz era apenas un susurro. "¿Dónde encontraste esa fotografía?" "Mami, ¿qué pasó hace veinte años? ¿Qué pasó realmente la noche que me encontraste?" Otra pausa, luego el sonido de conversación amortiguada—su madre hablando con su padre en tonos urgentes y susurrados. "Vamos para allá," dijo finalmente su madre. "No hagas más investigación hasta que lleguemos. Prométemelo, Emma. Algunas piedras es mejor dejarlas sin voltear." La línea se cortó, dejando a Emma mirando fijamente la fotografía en su pantalla. En el fondo, apenas visible entre los dolientes, se alzaba un hombre con ojos gris acero y una cicatriz familiar a lo largo de su mandíbula. Un hombre que se veía exactamente como Alexander Steele, pero veinte años más joven.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD