Capítulo 5

1517 Words
La fotografía temblaba en las manos de Emma mientras permanecía de pie en la sala de sus padres adoptivos, el mismo espacio acogedor donde había crecido rodeada de amor y calidez. Ahora se sentía extraño, lleno de sombras que nunca antes había notado. —Mamá. Papá. —Su voz salió más firme de lo que se sentía—. Necesitamos hablar. Margaret Rosewood alzó la vista de su tejido, su cabello plateado captando la luz de la lámpara. —Por supuesto, mi amor. ¿Qué...? —Sus palabras murieron al ver la fotografía. El color desapareció de su rostro. —¿Dónde encontraste eso? —El periódico de Robert Hayes crujió cuando lo apretó con más fuerza, sus facciones curtidas luciendo de repente cada uno de sus setenta y dos años. Emma se hundió en el puf frente a ellos, aún aferrando la imagen de una mujer que compartía su cabello castaño rojizo y sus ojos verdes. Una mujer parada junto a miembros de lo que los archivos periodísticos habían llamado la Manada Rosewood, antes de su brutal masacre veinte años atrás. —Cuéntenme sobre la mujer de esta foto. Cuéntenme sobre la noche que me encontraron. El silencio se extendió entre ellos como un abismo. Las agujas de tejer de Margaret se detuvieron. Robert dobló su periódico con precisión deliberada, ganando tiempo que ninguno de ellos tenía. —Emma... —La voz de Margaret apenas se alzó por encima de un susurro. —No. —La mano de Emma cortó el aire—. No más medias verdades. No más "te diremos cuando seas mayor" o "algunas cosas es mejor dejarlas enterradas". Tengo veintiocho años y merezco saber quién soy. Robert se aclaró la garganta, el sonido áspero por la emoción. —Estábamos acampando cerca de la Península Olímpica esa noche. Una decisión de último momento: nuestro campamento original se había inundado. —Hizo una pausa, mirando sus manos—. Primero escuchamos los gritos. El estómago de Emma se contrajo, pero permaneció en silencio. —Para cuando llegamos al claro, ya había terminado. —Margaret continuó la historia, su voz hueca—. Cuerpos por todas partes. El olor a humo y... cosas peores. Deberíamos habernos ido, llamado a las autoridades, pero entonces escuchamos llanto. —Tenías tal vez tres meses —continuó Robert—. Escondida en un tronco hueco, envuelta en una manta manchada de sangre. De alguna manera intacta por el infierno que había visitado ese lugar. La habitación giró ligeramente alrededor de Emma. —¿Y simplemente... me llevaron? —¿Qué se suponía que hiciéramos? —La compostura de Margaret se resquebrajó—. ¿Dejarte ahí para que murieras? Esperamos que alguien apareciera, alguien que te reclamara. Contactamos cada agencia, cada base de datos de personas desaparecidas. No existías en papel, Emma. Sin acta de nacimiento, sin registros hospitalarios. Nada. —La mujer de la foto... —No sabemos. —La interrupción de Robert fue tajante—. Encontramos su cuerpo entre los otros. Estaba aferrando esta fotografía. Pensamos... pensamos que podría ser tu madre, pero nunca pudimos estar seguros. Emma estudió la imagen otra vez, memorizando cada detalle. La sonrisa de la mujer, tan similar a la suya. La forma en que se paraba con familiaridad natural entre el grupo de personas que pronto estarían muertas. —¿Qué hay de mi nombre real? ¿Tenía algo conmigo que pudiera...? —Solo la manta. —Margaret se levantó abruptamente, desapareciendo en el pasillo. Regresó momentos después con un baúl de cedro que Emma había visto innumerables veces pero nunca había cuestionado. De adentro, sacó un pequeño bulto de tela. La manta era suave a pesar de su edad, tejida a mano en tonos de verde bosque y plateado. Cuando Emma la tocó, algo eléctrico pasó por sus dedos. La tela parecía pulsar con calidez, y por un momento, pudo jurar que escuchó aullidos distantes llevados por un viento que no existía. —Había algo más. —La admisión de Robert fue renuente—. Un nombre bordado en la esquina, pero estaba demasiado dañado por... por la sangre para distinguirlo claramente. Emma encontró el lugar que él mencionaba, pasando su pulgar sobre el bordado desvanecido que una vez pudo haber sido letras. El hilo era plateado, casi invisible contra el fondo verde. —Veinte años —susurró—. Veinte años han sabido que estaba conectada con algo así, ¿y nunca dijeron nada? —Queríamos protegerte. —Los ojos de Margaret se llenaron de lágrimas no derramadas—. Pasara lo que pasara esa noche, en lo que estuviera involucrada esa gente, no queríamos que esa oscuridad te tocara. Pero ya lo ha hecho, pensó Emma, recordando sus sueños recientes, las extrañas compulsiones, la forma en que Alexander Steele la había mirado como si estuviera viendo un fantasma. --- Al otro lado de la ciudad, Alexander Steele permanecía inmóvil en su oficina, mirando hacia la Bahía Elliott mientras las palabras de Marcus Cole resonaban en su mente. —¿Estás seguro? —Su voz apenas estaba controlada. Marcus asintió sombríamente. —Hice el análisis de aroma tres veces. Su firma olfativa coincide con elementos traza que encontramos en el sitio de la masacre. No perfectamente: hay diferencias, probablemente debido a la edad y factores ambientales, pero los marcadores genéticos base son idénticos. Las manos de Lex se cerraron en puños a sus costados. El vínculo de pareja zumbaba constantemente ahora, un hilo dorado conectándolo con Emma Rosewood incluso a través de la ciudad. Su lobo se paseaba inquieto, desgarrado entre el instinto protector y la furia fría que lo había sostenido durante veinte años. —Hay más. —Marcus vaciló—. Encontré registros de nacimiento. O más bien, la ausencia de ellos. Emma Rosewood fue legalmente adoptada por Margaret y Robert Hayes exactamente tres semanas después de que mataran a tus padres. Antes de eso, no existe rastro en papel. Las implicaciones golpearon como golpes físicos. Emma, su pareja destinada, la mujer que su alma había reconocido instantáneamente, estaba conectada con la noche que había destruido todo lo que había amado. —Habría sido una bebé —dijo Lex lentamente, procesando la cronología. —Tres meses de edad, según los registros de adopción. Demasiado joven para ser directamente responsable, pero lo suficientemente mayor para haber estado ahí. Para haber sido parte de lo que había traído la muerte a la puerta de su familia. Lex se alejó de la ventana, su reflejo fantasmal en el vidrio que oscurecía. —¿Qué sabemos sobre la pareja que la adoptó? —Limpios como nieve fresca. Robert es un maestro retirado, Margaret era bibliotecaria. Sin historial criminal, sin conexiones con la comunidad sobrenatural que pueda encontrar. Parecen genuinamente inconscientes de lo que Emma podría ser. Lo que ella podría ser. La pregunta que había atormentado a Lex desde su primer encuentro ahora tomaba dimensiones siniestras nuevas. El aroma de Emma era humano, pero con matices que no podía identificar. Su presencia lo afectaba de maneras que ningún humano ordinario debería poder manejar. —¿Señor? —La voz de Marcus era cuidadosamente neutral—. ¿Cuáles son sus órdenes? Lex cerró los ojos, sintiendo el vínculo de pareja tirar de él como un dolor físico. Cada instinto le gritaba que fuera hacia ella, que reclamara y protegiera lo que era suyo. Pero debajo de ese impulso primitivo yacían veinte años de dolor y rabia, el recuerdo de encontrar los cuerpos desgarrados de sus padres en las ruinas de su hogar. —Continúa la vigilancia. Quiero saber todo sobre ella: dónde va, con quién habla, cada detalle de su rutina diaria. —Hizo una pausa, las palabras sabiendo a ceniza—. ¿Y Marcus? Si muestra cualquier señal de ser una amenaza para la manada... No necesitaba terminar. Marcus había sido su beta lo suficiente como para entender. Cuando Marcus se fue, Lex permaneció de pie en la creciente oscuridad de su oficina. En algún lugar al otro lado de la ciudad, su pareja estaba aprendiendo verdades que cambiarían todo. Y él se enfrentaba a la realidad imposible de que la mujer que el destino había elegido para él podría ser la clave para destruir todo lo que había pasado su vida protegiendo. La fotografía enmarcada en plata en su escritorio captó los últimos rayos de sol: sus padres en su día de bodas, radiantes de alegría y esperanza por el futuro. Un futuro que había sido cortado por enemigos cuyas identidades habían permanecido ocultas durante dos décadas. Hasta ahora. Su teléfono vibró con un mensaje entrante. El nombre de Emma Rosewood apareció en la pantalla, y a pesar de todo, su corazón se aceleró al verlo. Necesitamos hablar. Hay cosas sobre mi pasado que necesitas saber. Lex miró el mensaje, su pulgar flotando sobre el botón de respuesta. Afuera, las primeras estrellas comenzaban a aparecer en el cielo de Seattle, y en algún lugar en la distancia, pudo jurar que escuchó el eco de lobos aullando: un sonido que hablaba de secretos finalmente saliendo a la luz.
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