Capítulo 8

1030 Words
La llovizna de Medellín se había vuelto despiadada cuando Emma salió del Hotel Dann Carlton, gotas gruesas golpeando el pavimento como balas. Se ajustó más la chaqueta, con la mente aún dándole vueltas a los informes ambientales que había estado revisando. Los datos del parque eólico no solo tenían discrepancias—tenían falsificaciones deliberadas. Alguien quería destrozar esa tierra, y no era para energía renovable. Sus tacones repiquetearon contra el concreto mojado mientras se dirigía hacia el parqueadero. El sonido resonaba extraño en la calle vacía, creando un ritmo que le erizó la piel. Tres cuadras. Solo tres cuadras hasta su carro alquilado. La primera sombra se desprendió de un callejón entre la Séptima y la Oriental. Emma titubeó. Algo primitivo le gritó peligro, inundando su sistema con adrenalina tan pura que supo a metal. La figura se movía mal—demasiado fluida, demasiado depredadora. Otra sombra emergió de detrás de un carro parqueado. Luego otra. No eran humanos. Lo supo con una certeza visceral que desafiaba toda lógica. "Emma Rosewood." La voz venía de todas partes y de ninguna, distorsionada por la lluvia y algo más. Algo inhumano. "No debiste haber regresado a Medellín." Corrió. Su cuerpo se movió antes de que el pensamiento consciente tomara control, piernas bombeando con velocidad imposible. El mundo se difuminó a su paso—los postes de luz volviéndose rayas doradas, la lluvia transformándose en hilos plateados. Sus tacones deberían haberla hecho resbalar en el pavimento mojado, pero sus pies encontraron apoyo con gracia sobrenatural. Detrás de ella, gruñidos inhumanos desgarraron la noche. Emma saltó sobre una boca de incendios sin romper el paso, músculos respondiendo con fuerza que nunca había poseído. Su corazón martillaba contra las costillas, pero su respiración se mantuvo constante, controlada. Esto estaba mal. Esto era imposible. Los humanos normales no corrían así. Un borrón de movimiento se cruzó en su camino. Giró a la izquierda, por un callejón que apestaba a basura y algo peor. Garras arañaron la pared de ladrillo donde había estado su cabeza un segundo antes, enviando chispas volando. La cosa que la perseguía no era hombre lobo—lo supo de alguna manera, aunque no podía explicar cómo sabía qué aspecto o qué olor tenían los hombres lobo. Esta criatura apestaba a putrefacción y maldad, su olor haciéndola sentir náuseas incluso mientras corría. Emma irrumpió en la Calle del Palo, sobresaltando a un habitante de calle que se alejó gateando con ojos desorbitados. Las garras de su perseguidor rasparon contra el asfalto, el sonido como uñas en un tablero. Cerca. Demasiado cerca. Necesitaba un arma. Sus dedos se cerraron alrededor de un pedazo roto de varilla de una obra en construcción, el metal tibio a pesar de la lluvia fría. El peso se sintió perfecto en su agarre, balanceado como si hubiera nacido para empuñarlo. La criatura se lanzó desde detrás de un contenedor de basura, todo dientes y ojos amarillos malevolentes. Emma giró, alzando la varilla en un arco que debería haber sido torpe, desesperado. En cambio, se movió con precisión letal, alcanzando a la cosa en la garganta. Sangre negra salpicó la pared del callejón. El chillido de la criatura hizo añicos las ventanas de los edificios cercanos. Se tambaleó hacia atrás, agarrándose la garganta, luego se disolvió en sombra y humo. Desapareció. Emma se quedó sola bajo la lluvia, varilla goteando con icor que humeaba contra el metal. Sus manos no temblaban. Deberían haber estado temblando. Acababa de matar algo que no debería existir con reflejos que pertenecían a alguien más. "¿Qué carajo—?" "¡Emma!" La voz de Alexander cortó su shock como una cuchilla. Giró para encontrarlo parado en la boca del callejón, lluvia pegándole el cabello oscuro al cráneo. Sus ojos gris acero la recorrieron, catalogando heridas, evaluando amenazas. Se movió hacia ella con gracia depredadora que de repente le pareció familiar. "¿Estás herida?" Sus manos se cernieron sobre sus hombros, sin llegar a tocarla. "Olí sangre." "¿Oliste—?" Las palabras de Emma murieron cuando encontró su mirada. Por un momento, oro parpadeó en esas profundidades grises. No era un truco de la luz de la calle. Algo completamente diferente. "¿Cómo me encontraste?" La pregunta salió más cortante de lo que pretendía. "Estaba—" Se detuvo, mandíbula tensándose. "Estaba por la zona." Mentiroso. Pero Emma descubrió que no le importaba. La adrenalina se desvanecía, dejándola temblorosa y fría. Lo que la había atacado se había ido, pero otros podrían estar viniendo. Podía sentirlos allá afuera, rodeando como tiburones olfateando sangre. "¿Qué me atacó?" Alzó la varilla, icor n***o aún adherido al metal. "Esta no es sangre humana." La expresión de Alexander se volvió cuidadosamente vacía. "Estás en shock. Necesitamos llevarte a un lugar seguro." "No." Emma retrocedió, alzando el arma improvisada. "No te atrevas a tratarme con condescendencia. Sé lo que vi. Sé lo que hice. La gente normal no se mueve así, Alexander. No pelea así." Se quedó inmóvil, cada músculo de su poderoso cuerpo poniéndose tenso. "¿Cómo qué?" "Como depredadores." Las palabras colgaron entre ellos, pesadas de implicación. "Como algo más que humano." Un trueno rodó sobre sus cabezas, ahogando el ruido ambiental de la ciudad. En el silencio repentino, Emma pudo escuchar los latidos de Alexander—demasiado lentos, demasiado controlados. Pudo oler su aroma incluso a través de la lluvia—pino y humo y algo salvaje. "Necesitas venir conmigo," dijo finalmente. "Ahora. Antes de que manden más." "¿Ellos?" "Las cosas que te están cazando." Sus ojos destellaron oro otra vez, inconfundible esta vez. "Las cosas que mataron a mis papás hace veinte años." El agarre de Emma se apretó en la varilla mientras las piezas encajaban—sus sueños, su velocidad imposible, la forma en que su cuerpo había sabido exactamente cómo pelear. "¿Qué soy, Alexander?" Antes de que pudiera responder, dolor explotó en su cráneo. Se dobló, jadeando, mientras imágenes inundaron su mente: luz de luna en árboles antiguos, el sabor de carne cruda, la sensación de huesos reformándose bajo su piel. Sus uñas comenzaron a alargarse, afilándose hasta convertirse en garras.
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