Luego del desayuno, permanecieron en la cubierta tomando un bien merecido baño de sol, con sendos refrescos bien helados con los cuales trataban casi en vano, de apagar una especie de quemazón que les descuartizaba las entrañas. No fue sino hasta superadas las dos de la tarde, cuando los arcaicos seres se apersonaron con una botella de whisky añejo entre sus manos. Iniciaba de ese modo el segundo round de aquella aventura paradisiaca prepagada, y llevada a cabo en un costoso yate el cual ya había elevado sus anclas. No se percató el ignaro senador, que una tempestad se dibujaba en el horizonte cercano, y que se había oscurecido el ambiente. Pronto se presentaban en el cielo, los destellos de una tormenta eléctrica. Las gotas de lluvia cayeron tímidas al principio. Con el pasar de los minutos ya se insinuaba un pequeño diluvio. Todos miraban preocupados al yate que, con las máquinas apagadas, se adentraba cada vez más al océano. Augusto, confiando siempre en que sus secuaces hacían todo por él, no se había preocupado de que la embarcación estuviera en óptimas condiciones para el zarpe. No se había percatado de que la falta de mantenimiento pasaría factura de un momento a otro. La algarabía de los excitados y embriagados sentidos, no permitió que sus olfatos percibieran el olor característico de un desperfecto eléctrico. En un destello de lucidez, comprobó que todas las luces estaban apagadas. Le preocupó hondamente la situación.
El sistema eléctrico de esa embarcación estaba constituido por una fuente de energía eléctrica (Batería) la cual, mediante unos cuadros de distribución y un tendido de cables, permitía distribuir la corriente que regulaba el servicio tanto de iluminación como de otras necesidades de la misma. Ignoraba el regordete y calvo individuo, que para que todas las funciones y necesidades de la embarcación que habían sido confiadas a la energía eléctrica funcionaran debidamente, tanto los equipos generadores como las redes distribuidoras debieron ser montadas a bordo con una calidad que permitiera garantizar su fiabilidad a costa de un pequeño mantenimiento de vigilancia. Y fue precisamente eso lo que se había descuidado, el debido mantenimiento por personal especializado. De igual manera, debería ese gran yate ser tripulado por una persona docta en la materia, y el senador estaba bien lejos de serlo.
Ya la lluvia se transformaba en una desquiciada tempestad, con vientos atroces que hacían que las entonces mansas aguas límpidas, ya fuesen una enfurecida mezcla de poder y peligro. Estaban en una tormenta, y el yate navegaba descontrolado y a la deriva, gracias a la ineptitud e irresponsabilidad del viejo senador. Los motores estaban “fuera de circulación.” Sorpresivamente apareció por la popa, una monstruosa muralla de agua de más de veinte metros de altura que, al chocar, estremeció violentamente el yate y barrió la cubierta, haciéndolo desaparecer bajo el agua por algunos segundos. La inmensa ola no fue vista hasta que estuvo al costado del buque, pero fue peculiar, mucho más grande que las que hubo observado cierta vez en un film de terror. Los tomó de sorpresa.
Justamente cuando Augusto iba a llevar a cabo su fatídico plan homicida, se produjo un fenómeno natural, confabulado con la negligencia creciente del estúpido senador, quien solo sabía hacerse millonario sin medidas; malversando fondos públicos. El veneno había sido servido en el trago de César, quien yacía muerto en algún sitio impreciso. Las mujeres ya ebrias, serían arrojadas directo a las fauces de los escualos hambrientos, los cuales frecuentan aquellas cálidas aguas, las mismas que había escogido el corrupto personaje para esa pérfida finalidad. No había tenido tiempo de eso último, la recia tempestad amenazaba con destruirlo todo.
Salida de la nada, según la apreciación de parlamentario y a una distancia aproximada de una milla, apareció otra ola de altura doble a la sentida ya; el yate descendió como en caída libre. La nave cayó en la profunda garganta que se abría delante de la ola, más o menos la altura de treinta metros. Era exactamente como una montaña, una pared de agua viniendo hacia ellos desde una dirección como de treinta grados de la proa por la amura de estribor. El puente pareció explotar, Belén fue eyectada violentamente hacia atrás y, luchando contra libros y almohadones, tuvo que realmente nadar y arrastrarse tratando de resguardarse; pero finalmente cayó al embravecido mar. Se perdieron los radares, los girocompases, el ecosonda y parte de los equipos de comunicaciones. La ola también abolló un alerón de acero de la estructura del puente.
Todas las búsquedas que se llevaron a cabo resultaron infructuosas, no se encontraron sobrevivientes ni restos del naufragio. La teoría más plausible que encontraron los organismos de rescate, fue que el yate había encontrado una ola descomunal como sucedió en efecto, la cual produjo una vuelta de campana; o la inundación de sus bodegas, hundiéndose casi instantáneamente. Justo antes de que la embarcación fuese tragada por el océano, desesperado, Augusto se dirigió hasta donde estaban los botes salvavidas y se apresuró a montar en uno. Lo dejó caer pesadamente al agua. El golpe del contacto, hizo que se tambaleara enormemente; pero se mantuvo finalmente a flote. Sintió que algo pesado caía al bote cuando ya se prestaba a soltar las amarras. Era una de las mujeres que se había lanzado al vacío, yendo a parar a sus pies. El golpe fue tremendo, la fémina chocó su cara contra la dura estructura. De seguido, un charco leve de sangre se depositó bajo ella. Quedó inmóvil, como muerta. El viejo senador, dominado por el extenuante esfuerzo realizado para tratar de salvar su vida, aunado a la creciente embriaguez de la que era dueño, se quedó dormido.
Cuando abrió los maliciosos ojos inyectados de sangre, ya la calma había retornado. El bote estaba flotando en un sitio impreciso. Cerca de él, inmóvil, tal vez sin sentido, yacía una mujer que no lograba identificar; pero que sentía que respiraba, aunque se trataba más bien de un resuello, un estertor. Arrastrándose hacia ella, le descubrió el rostro y se percató de que el mismo era una sanguinolenta masa amorfa. La sangre estaba coagulada bajo ella. La mujer se quejaba con lamentos débiles. Decidió de inmediato lanzarla a las cristalinas aguas, las cuales a esas alturas del naufragio, estaba completamente atestada de escualos. Las minúsculas gotas de sangre que habían ido a parar al agua luego que hubo movido bruscamente sus manos, las cuales habían tocado el rostro de la mujer, los atrajo de inmediato. No tuvo las suficientes fuerzas para arrojar el cuerpo, así que no tuvo más alternativa que compartir su espacio con alguien que ya no era alguien en realidad.
Los grandiosos depredadores del océano estaban enloquecidos, y daban vueltas eternas alrededor del pequeño bote con las aletas afloradas. Al poco rato llegó la noche negra y temida. El frío era espantoso. El zarandeo del pequeño habitáculo por las aguas, le provocaba nauseas. No escuchaba que la mujer emitiera sonido alguno. Estiró la pierna para tocarla, y un agudo dolor lo paralizó. El hueso estaba roto sin duda alguna. Palpó despacio su extremidad con el propósito de determinar su integridad, pero al sentir un traqueo característico, una maldición floreció en su pensamiento. Estaba metido en un tremendo lio y trataba de pensar cómo salir de él. Intentaba abrasarse a sí mismo para tratar de mantener algo del calor que creía poseer; pero nada lograba dada su enorme grosor. Temblaba en demasía. La mujer probablemente había muerto, pensó.
El tiempo transcurría demasiado despacio, no era denotado, nada miraba dada la densa oscuridad. Sólo se escuchaba el choque de las aguas contra el bote y en ocasiones, extraños ruidos nunca escuchados llegaban a él. No sabía ni rezar para tratar de pedir ayuda a Dios. Estaba al garete, y la incertidumbre crecía a cada instante mientras era castigado severamente por las heladas bocanadas de brisa marina, las cuales chocaban contra su adolorida y vieja humanidad. Tenía mucha sed. La mañana llegó por fin, y a su alrededor no visualizaba nada más que agua. El sol comenzaba a calar posición, sentía delicioso el agradable calor que le rescataba del gélido abrazo de la noche. Miró a su acompañante quien, inmóvil, dibujaba una escena macabra. No pudo moverse para tratar de lanzarla al mar. Al fin y al cabo, era esa la idea con la cual zarpó en su lujoso yate. Esas eran siempre sus ideas, solicitaba prostitutas bonitas y jóvenes a sus “asistentes”, para armar sus farras y satisfacer sus bajas pasiones. Luego de lo cual, para evitar lo más mínimo que pudiera perjudicar su imagen como respetado político, embriagadas las damas hasta los tuétanos; las arrojaba al mar para que sucediera lo obvio. Disfrutaba al máximo cuando se teñía de rojo el agua, al ser devorados aquellos cuerpos esbeltos por los depredadores marinos. El dolor en su pierna era inaguantable ya. Estaba horriblemente hinchada, deforme y ya se asemejaba a una berenjena.
Procuraba no mover para nada su humanidad para conservar energías y calor. Además de eso, su inmovilidad disminuía un poco el dolor. Sentía, desconcertado y asqueado, la macabra presencia del cadáver a su lado. El sol subía de tono, y ya apreciaba los quemantes rayos que comenzaban a calcinarle, además de ello; la descomposición del cuerpo de la mujer no se hacía esperar. No sabía que pensar, solo deseaba ser rescatado de las horribles garras de la muerte, la cual sabía que llegaría irremediablemente sino recibía ayuda pronto. Sería una muerte espeluznante. Ya la sed le quemaba la garganta. Sentía hambre también, pero era esa sed suprema la que le arrancaba gimoteos cobardes. Al mediodía, ya la situación era irresistible. La insolación le hacía delirar y sentir alucinaciones depravadas. Era torturado por la sed que se acrecentaba a cada instante. Quiso lanzarse al mar y terminar con aquel sufrimiento, pero le fue imposible moverse. Ya de por sí, dada su anatomía peculiar, se le dificultaba incorporarse al estar acostado en el piso, por ejemplo; más lo sería en ese momento cuando su m*****o inferior izquierdo parecía un adefesio inservible al que ni siquiera lograba mover, y que le dolía con mil demonios.
Debió haber transcurrido veinticuatro horas aproximadamente, desde que sucedió la tragedia en la cual el detestable “politiquero” tuvo que abandonar el yate, cuando sintió la inmensa ola que los azotó y que hizo que se hundiera la lujosa embarcación. De tanta lujuria y tanta diversión, no había medido el tiempo y por ende, no supo en qué momento del día había sucedido todo. Lo que si era denotado con exactitud, era el gran padecimiento que ya no soportaba. La sed intensa en primer lugar, el terrible dolor, los quemantes rayos solares que literalmente lo estaban asando vivo; y aquel nauseabundo olor que ya le castigaba el olfato y que sabía por lógica razonable, que se haría cada vez más intenso. Pensó que era ese un castigo divino por las tantas monstruosidades que había llevado a cabo desde que se hubo sentido arropado, protegido y alcahueteado por las altas esferas de una corrupción sin parangón, la cual envolvía al gobierno de su nación y del que era su más fiel servidor; la estampa misma de la concusión, detestable proceder que tanto daño hace a todos los pueblos del mundo. Tardíamente se sintió arrepentido. Trató de voltearse para evitar que los martirizantes rayos solares chocaran directo con su rostro, y por fin, luego de tanto esfuerzo, de tanto dolor y asco; logró su cometido y logró ubicar estrepitosamente su cara contra el piso del bote. Sintió un levísimo alivio. Al rato, sus espaldas se quemaban sin clemencia. La sed le producía una exasperación nunca antes sentida. Todo se había convertido en un cruel e interminable tormento. Resignado se entregó a su suerte, ya que nada más podía hacer.
Dormía por instantes creyendo que lo había hecho durante largas horas. Sintió llegar la noche por lo gélida que le llegaba la brisa marina, y por la oscuridad que entonces comenzaba a adueñarse de todo. Era una situación tétrica, sufría demasiado. La pestilencia era ya insoportable, pero a la vez inevitable. Quería que la muerte se apersonara cuanto antes y le rescatara de aquel suplicio. El náufrago estaba desesperado, y se dio perfectamente cuenta de que todo el dinero robado y todo su poder, no le servían para nada en ese trance perverso que estaba viviendo. Lo daría todo por salvarse, tal como lo expusiese un legendario monarca cuando imploraba un caballo que facilitara su huida. Escuchaba de todo a su alrededor. El chapotear de alguna criatura marina, hacía extremo el terror del náufrago. Se sintió el resoplido de algún cetáceo en una cercanía demasiado comprometedora. Trataba de rezar y solo expelía incoherencias. Intentaba rogarle a quien fuese, ya que nunca había aprendido a pedirle algo a Dios, y mucho menos, ofrecer alguna cosa en su bendito nombre; que le llegara la muerte prontamente. Ella no llegaba. La vida misma no permitiría que fuese así tan sencillo. Cada quien paga sus pecados de la manera que se lo merece.
Transcurría pausadamente la noche que castigaba con sus helados abrazos y con su negrura determinante. El aterrado náufrago de pronto sintió una brillantez a su alrededor, y una minúscula esperanza se hizo presente. Disminuyó levemente su desesperación, y un halo de fe se dibujó en su rostro. Pensó que se libraría por fin de ese suplicio, al creer que alguien le alumbraba para rescatarlo. Craso error. Él no lo sintió así, por lo tanto, se apresuró en regresar a su anterior posición para determinar visualmente de que se trataba; de donde provenía aquella luminosidad. Se intensificaba cada vez más aquel gran brillo. De repente se hizo un ensordecedor silencio, se acrecentó de igual manera el terror del náufrago. Sentía el resplandor en medio de una noche intensa. El misterio de aquella refulgencia lo confundía sobremanera. En el cielo no se divisaba una estrella por más lejana que se ubicara. Estaba en medio de un todo y a la vez de la nada. Los incrédulos ojos confundidos por la enceguecedora luz, no daban crédito a lo que se dejaba sentir.
Desde lo más profundo del mar, una figura humana se presentaba con altivez. Aparecía desde lo más profundo del espacio submarino. Se trataba de Belén, la chica antes alegre, quien había salido expelida por la briosa ventisca que terminó por hundir al lujoso yate. Por supuesto que no había sobrevivido. Se elevó hasta tres metros sobre la superficie, y descendió justo en el rincón del bote donde ya Omaira se incorporaba. Ya la pestilencia se había desvanecido. Se colocaron una al lado de la otra con sendas miradas vacías de vida, pero colmadas de odio y de sed de venganza. Pero apenas esa espeluznante visión estaba comenzando. De todas direcciones emergían las almas de las doce jóvenes esclavas sexuales, quienes habían sido embaucadas y horrendamente asesinadas por ese despreciable espécimen colmado de maldad y de corrupción. Se iban acercando al pequeño bote paulatinamente. Pasaban frente al horrendo y minúsculo personaje, mirándole a los ojos para que recordara cada rostro con sobrados detalles. Cada malévolo instante era rememorado en la mente del atormentado ser. Recordó forzadamente que a cada una de ellas, luego de haber aprovechado sus favores sexuales, ya ebrias y atrapadas en los efectos psicodélicos de alguna sustancia ilícita, las arrojaba vivas para deleite de los tiburones que destrozaban y tragaban aquellos hermosos cuerpos.
Al cabo de un tiempo indeterminado, todas las almas de las mujeres asesinadas por esa bestia, danzaban a su alrededor. Se burlaban de él, lo enloquecían sus alaridos siniestros y aterrantes. Cuando ya estaba al borde de la enajenación, entre todas, lo tomaron lentamente por los extremos inferiores y comenzaron a sumergirlo en aquel sitio atestado por bestias depredadoras. Bajaba y subía en un juego macabro. Ya al término de una tortura grandiosa, sentía aquel tenebroso ser, como se incrustaban en sus carnes rancias, los numerosos y afilados dientes de los animales. Sentía como arrancaban aquellas bestias, trozos de sí. Fue un martirio espantoso. Su muerte por demás cruel, se demoró más de la cuenta en llegar. Por cada mordida, era elevado. Nuevamente otra sumergida y así, otra mordida; hasta que solo salió un trozo del corrompido tejido que ya ni los animales quisieron. Quedó un trozo de ser, un pedazo del siniestro hombre que tanto daño había hecho. Luego de aquel festín, todo regresó a la usual normalidad. Un pedazo del senador quedó en medio del bote que, lentamente, comenzó a vagar en aquel mar que se había tragado al lujoso yate. Se había terminado por fin el terror del náufrago.