EL MÉDICO

2785 Words
         Jairo llevó una vida plagada de privaciones ya que, al tenor de una familia numerosa, los trabajos a destajos de Perucho, su padre, no dejaban buenos dividendos y aun así; si comían todos los días era porque Inés, su madre, hacía verdadera magia para estirar el mercado y lograr que lo poco que adquiría alcanzara hasta que cayera otro dinerillo y poder surtir nuevamente la despensa. A pesar de ello, esa valerosa mujer se las ingeniaba para que sus hijos fueran a la escuela a tratar de formarse un futuro distinto. Perucho dejaba las espaldas en las faenas rudas de la construcción con tal de que a su familia no le faltara nada. Siempre decía que se arrepentía de no haber aprendido mucho en la vida.  Pedro (Perucho) e Inés se casaron hacía veinticinco años ya. Ana Luisa, la hija mayor, nació de una inestable relación anterior que Inés nunca mencionaba. Perucho siempre la trató como suya, y hasta le dio su apellido para sellar ese pacto con su mujer; nadie extraño sabía que no había nacido de su sangre. Todos lo sabían en la familia, pero nadie mencionaba nada porque sencillamente no tenía importancia. Los otros cuatro integrantes eran varones, a saber, Miguel quien al igual que Ana Luisa, ya habían formado su hogar separado de papá y mamá. Le seguían Antonio, Regulo y el más chico de la prole, Jairo. Todos eran unos muchachos bien formados en principios, educación y sobre todo, en una sólida formación cristiana.            Con sobrado sacrificio todos recibieron las luces de la formación académica, pero los más grandes no completaron siquiera la secundaria, debido a las necesidades apremiantes que sofocaban cada vez con más intensidad. Ana Luisa contrajo matrimonio con un pequeño comerciante a quien no le iba mal. Los tres que seguían en orden de edades, pudieron con mucho esfuerzo, formalizar un curso técnico de refrigeración y, de igual manera, crearon una pequeña sociedad a la que también le iba viento en popa. Jairo sí pudo estudiar más allá de la educación media. Comenzó sus estudios de medicina y cabalgó en ellos de manera eficiente, con excelentes calificaciones. Finalmente llegó a su meta con una mención honorífica, cubierto completamente de blanco. Fue un episodio muy emocionante el que vivió toda la familia el día del acto académico de grado. Jairo había colmado el proyecto que decidió emprender, y lo hizo con ahínco, dedicación y con muchas ganas de superarse y ayudar a sus padres a salir de la vida de privaciones que habían llevado desde siempre. Quería más que a nada en el mundo, ayudar a su madre a quien amaba por sobre todas las cosas. El primer día de universidad juró ante Dios, que de cumplir su meta, lo primero que haría sería darle una nueva vida a toda su familia, pero en especial a su mamá, a esa noble mujer quien significaba para él, la máxima representación  del sacrificio.           Jairo desde niño siempre se destacó en todas las actividades que se proponía. Se diferenciaba de sus hermanos, porque era exigente en todo, pero de manera determinante, con él mismo. Quería siempre la excelencia. Le gustaba la literatura, la música clásica, la opera, en fin; todas las actividades que a otros jóvenes por lo regular no les agradan. Pero en lo que más era exigente era en cuestiones de amor. La mujer ideal para él, era lo más parecido a la perfección y en esa búsqueda había dejado una estela de corazones rotos, ya que su físico era sencillamente deseado por cualquier dama.  Era en extremo exigente Jairo. Siendo niño, su mamá le preparaba algo de comer diferente al menú decidido; porque sencillamente a él no le agradaba lo preparado. Su abnegada madre cooperaba en esa actitud, podría decirse egoísta de su bebé, como ella misma le decía. El joven resultaba demasiado exigente en todo. La mayoría de sus requerimientos resultaban costosos. Perucho, a pedidos de su mujer, tenía que partirse aún más las espaldas soportando insolaciones, para poder cubrir las caprichosas exigencias del muchacho. Así creció, exigiendo cada vez más. Afortunadamente su padre encontró un mejor empleo y podía de esa manera, alcahuetear a Inés para que su hijo no se molestara, y mantener lo que el padre de familia tanto anhelaba; la paz en la familia. Afortunadamente el muchacho merecía todo los esfuerzos, lo denotaban las excelentes calificaciones que ostentaba con crecido orgullo.           Más de una vez Inés dejaba de comer para darle su bocado. Otras tantas, dejaba de comprar algún calzado que le urgiera, para gastar el dinero en algo que su hijo según ella, merecía. Sus pies seguían cobijados por la piltrafa que eran sus destartalados zapatos; pero bien valía la pena el sacrificio. Nunca faltaba una privación para Inés, con tal de poder cumplir un deseo a Jairo, por más pequeño que este deseo resultara. No necesitaba el bebé pronunciar palabra alguna, su madre parecía poseedora de un sexto sentido y como pitonisa, sabía lo que el muchacho quería; lo que a su muchacho se le antojaba. Así transcurrió su vida, entre malcriadeces, berrinches y todas las artimañas que lograban el cometido de satisfacer cualquier antojo suyo, no importando el precio que costara. Y así moldeó su futuro, queriendo lo mejor de lo mejor. Queriendo satisfacer todos sus deseos a costa de lo que fuese. Y era acentuada esa enorme exigencia cuando se trataba de llamar la atención del sexo opuesto. Desde que era adolescente, siempre procuraba la mejor ropa, la mejor loción, lo mejor de todo. Malamente esos deseos se presentaban lejos de la realidad financiera de Inés y Perucho, por lo tanto se presentaban los sacrificios de Inés que hasta una pocas prendas de oro que le había dejado su madre al morir, había vendido para cumplir los caprichitos de su hijo.         Y al llegar el momento propicio luego de graduarse, se ubicó frente a un trampolín que significó una mujer mayor que él por quince años; pero con una verdadera fortuna tanto bancaria como en propiedades diversas, dejadas por su fallecido esposo. Se casó con la dama y de inmediato estaba en el país norteño especializándose en cardiología, especialidad esta que le había cautivado desde siempre. Sofía siguió el camino iniciado por Inés, y complacía a su maridito en todo cuanto se le antojara. Claro está, a ella le sobraba el dinero que nunca tuvo la suegra. Ya ubicado en el exterior, al principio llamaba a su madre con frecuencia. En los cinco años que permaneció lejos de sus fronteras, no realizó alguna visita a su familia. Sólo eran llamadas, las cuales cada vez se tornaban más distantes hasta que desaparecieron con el transcurso del tiempo.            De vez en cuando les enviaba algo de dinero. Muy poco en realidad, tomando en cuenta que la fortuna que su esposa había poseído, y que esperanzado le había dejado su primer esposo, ya estaban en sus arcas. Su madre justificaba aquella vil acción escudándolo en sus estudios, los cuales deberían ser exigentes allá en ese país tan lejos, según sus propias palabras. Pronto no llegaban ni las llamadas ni el dinerito, pero Inés insistía en que no era a propósito tal alejamiento. Sabía que su bebé estaba progresando para por fin darle la mejor vida que le había ofrecido. La realidad era que hasta de su esposa se había distanciado. Gastaba a manos llenas el dinero lejos de su hogar en lujos extensos y en caricias compradas. La pobre mujer venida entonces a menos, permanecía la mayor parte del tiempo sola. Pronto fue sacada de su otrora residencia, quedando prácticamente en la mendicidad; porque su esposo la había despojado de todo cuanto tenía. Jairo no escatimaba gastos para calar posiciones y sumar dinero a sus cuentas. Se especializó finalmente en cardiología, y prosiguió más allá de ello hasta llegar a un doctorado. Regresó a su patria siendo un potenciado. Decidió ejercer su pasión, y aunque no necesitaba un puesto de trabajo, se perfiló a un cargo en el hospital de su ciudad, ganando evidentemente dicho cargo de especialista adjunto a la unidad de emergencias cardiológicas. La mortalidad era elevada. A ese hospital público acudía la gente humilde, quienes no tenían fácil acceso a los costosos medicamentos que eran necesarios en las patologías más frecuentes. Acudían casos extremados de gravedad. Infartos en su mayoría, insuficiencias cardíacas, crisis hipertensivas y enfermedad cerebro vascular, solo por mencionar algunas patologías. Enfermedades estas, incapacitantes en extremos cuando no producen la muerte de inmediato.           Las noches eran sumamente movidas. Parecía que era solo por las noches cuando la gente se agravaba. Para el eminente galeno era excitante su trabajo. Incluso, le resultaba divertido resolver con exactitud y acuciosidad, los casos más graves para lo cual era llamado. Entonces su madre continuaba justificándolo. Expresaba muy inquieta, que su comportamiento que asemejaba a un grandioso descuido era por su trabajo, el cual resultaba exigente en extremo. Justificaba la dolida madre, el mezquino hecho de no acordarse siquiera de ella, de la mujer que le había dado la vida. En realidad, el desagradecido ser no se acordaba de toda su familia. No le importaba que teniendo tanto dinero y poder, su familia, en especial su madre, sufriera tantas privaciones, más, cuando Perucho había fallecido de una penosa enfermedad. Enfermedad esta de la que él nunca estuvo pendiente a pesar de ser un destacado médico. Parecía que se avergonzaba de su familia. Sus hermanos vendieron todo cuanto tenían, con la esperanza de salvar a su padre; pero todo fue en vano. Quedaron en la completa inopia, y Jairo ni siquiera les dedicaba una mirada. Inés siempre se molestaba cuando alguno de sus hijos reprochaba el mezquino proceder de Jairo. No pedían otra cosa que no fuera, que el hijo por siempre consentido se acercara a su madre, a aquella mujer que había dejado hasta de comer para complacerle sus caprichos.            A la mujer que permaneció noches eternas de desvelos vigilando los sueños colmados de fiebre en su infancia. A la mujer a quien había ofrecido lo mejor de todo. Ya la vida del médico estaba dedicada a lograr fama como el respetado y millonario especialista que era, dueño de una afamada clínica privada, la cual le rendía excelentes ganancias. No quiso saber más de su familia, escudaba esa decisión cruel con el hecho de estar sumergido cada vez más en sus múltiples ocupaciones; pero la realidad era que se avergonzaba de todos ellos. Todos quienes conocían a la familia conocían esa realidad, hasta la propia Inés; pero como siempre, justificaba aquella bestial actitud. La pobre mujer se molestaba enormemente cada vez que se hacía referencia a ese tema en específico, aunque no dejaba de escapar unas cuantas lágrimas de dolor por sentir la enorme pena que le ocasionaba el cruel abandono de su hijo; el mismo que poseía tantas riquezas y quien le había prometido una mejor vida.           Ya con el tiempo Jairo no supo más de su familia. No supo más de ellos. No le interesaba saber nada de ellos. A su parecer, tenía otras cosas importantes en su camino por lo que sentía pavor el solo hecho de pensar que algún día se presentara su madre en busca de dinero o de lo que fuese, y supieran sus conocidos y amigos que era su madre; esa mujer humilde y arropada de pobreza. Sentiría inmensa vergüenza de llegar a revelarse semejante realidad, la cual no le convenía para nada en la vida. Sus hermanos no querían saber nada de él. No porque necesitaran algo que sabían que nunca lo obtendrían de sus manos, sino por el amargo y detestable trato que recibía Inés. No era solamente el trato indebido, no. Lo que los indignaba era que sencillamente, él la había borrado inmisericordemente de su existencia. Ya solo le interesaba amasar riqueza y ejercer su profesión, su eterna pasión. Existía algo muy particular en aquel mezquino galeno. Se trataba de las guardias nocturnas en la unidad de emergencias cardiológicas de aquel hospital público, en el cual se presentaban los más graves casos. No era por salvar vidas ni ganar prestigio. Era algo que iba más allá de ello, no le importaba ninguna de las dos cosas. Tampoco era por el pírrico salario que devengaba. Lo que alimentaba el supremo egocentrismo suyo, significaba el hecho de ser llamado cuando ya nadie sabía qué hacer en aquellos casos de extrema gravedad.           En aquel congestionado hospital echaba a volar su vanidad. Si estaba cansado no se movía de su lujoso cuarto de descanso, el mismo que él personalmente había decorado con innecesarios e inoportunos lujos. Si algún paciente se defecaba, era motivo de repugnancia. Dejaba de tratarlo, sencillamente porque no soportaba semejantes olores. No le importaba la vida de nadie. No sufría para nada cuando un paciente dejaba de existir como le pasa ordinariamente a cualquier médico. A Jairo solo le importaba sentirse el centro mismo del universo. Quien más sabe, quien más posee, el más importante. Llegaba al hospital de incognito, tratando de evadir la posible presencia de algún familiar. Moriría de vergüenza y rabia de llegarse a encontrar con alguien de su familia, a quienes consideraba pobres diablos. Le causaba terror el solo hecho de toparse con alguno de ellos, sobre todo si era su madre quien buscara solícita ayuda. ¿Qué diría la gente si llegaran a saber que esa insignificante y sucia mujer era su madre? Por eso solo acudía de noche, y llegaba oculto de alguna manera temiendo ser reconocido. Se instalaba esperando que su autoestima se inflara, cuando resultara requerido para actuar en un caso extremo en el cual ya los otros médicos  intentaran todo cuanto sabían.           Claro, siempre y cuando no estuviese cansado y no se tratara de alguien arropado en malos olores, o vestidos con harapos, ya que sabrá Dios que enfermedad le podía contagiar tanta mugre. Una noche como tantas otras, se ubicaba en su lujoso cuarto de descanso del hospital cuando fue requerido para tratar una gran emergencia. Se trataba de una anciana cuya familia había trasladado, y quien se encontraba gravemente enferma. En primer lugar ignoró los repiques del teléfono. No le dio la gana de atender la llamada. Luego fueron varios los toques a su puerta, tampoco quiso atender a dichos llamados. Necesitaba que le rogaran como en efecto ocurrió. Un médico residente del primer año, le suplicó que fuese a atender a la señora infartada quien estaba en muy malas condiciones. Superaba los setenta años la señora en cuestión, le señalaba el principiante. El novel médico fue tratado con suprema descortesía. Jairo insistía en que no se debería perder el tiempo ni los recursos en un vejestorio. Vociferaba el petulante personaje, que se le hacía un favor al mundo si esa gente no existiera. De todos modos, con infinito desgano solicitó la descripción del caso. Cuando el joven médico residente especificó lo referente a la inevitable relajación de esfínteres que le había sucedido a la anciana, menos que menos quiso atender a la paciente en cuestión. Pidió que la asearan completamente primero, luego, si se decidía, iría a ver que se podía hacer. Eso sí, sin tocar mas allá de lo necesario.            La constante complacencia de los caprichos de Jairo por parte de su madre, habían fabricado ese monstruo en que se había convertido. Finalmente el infernal médico decidió no ir a valorar a la anciana infartada. De todos modos, no era nadie productivo. No iría a ver a esa “vieja” que estaba gravemente enferma, le dijo a quien había osado llamarlo nuevamente. Al poco rato se sintió una algarabía de llantos. La familia de la anciana la lloraba amargamente. Por no recibir la atención especializada permaneció por largas horas en un extenso pasillo, y en él falleció sin que el afamado especialista la valorara e indicara un tratamiento oportuno. Todo esto debido al grave pecado de ser tan pobre. Cuando se retiraba el médico al concluir su jornada, pasó necesariamente por el pasillo al que había preferido obviar. Aún el cuerpo de la anciana estaba en la camilla. No habían tenido tiempo para llevarla a la morgue. En su mano derecha estaba asido un rosario, y en la otra sostenía la fotografía de un joven muy agraciado. Cuando el médico pasó por su lado la miró y aguantó la respiración al sentir el olor a heces que manaba del delgado cadáver. La miró al rostro al mismo tiempo que nacía una sonrisa de satisfacción en su boca, y un brillo de alegría en sus ojos. Ya no tendría más miedo a la vergüenza. Al mirar aquel rostro vacío de vida identificó a Inés, a su madre; quien había fallecido sin que su hijo hiciera nada por tratar de salvarla. 
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