CORAZÓN AJENO (continuación)

4985 Words
                 Hacía más o menos una hora que había salido de paseo. Necesitaba acción y todos lo sabían. Sus miradas lo exclamaban a gritos. Ellas fulguraban de odio, debido a la maligna necesidad de ver sangre. El intenso olor a perfume caro invadía aquel hediondo ambiente. De pronto divisó a una presa fácil. Su víctima caminaba distraída, resultaba entrada en años o carcomida por la pobreza. Posiblemente, y era lo más probable, que ambas cosas. Dio una orden chasqueando sus dedos, e ipso facto, los dos más osados de sus aduladores corrieron velozmente en pos de la miserable y desafortunada mujer. Al poco rato la colocaban a su entero alcance. La tiraron al suelo con magna rudeza, golpeándola con las enormes rocas que había en ese basurero. Cayó tratando de taparse la cara para evitar golpearse en ella. Romualdo sin vacilar, la emprendió contra la miserable mujer a puntapiés.            Fue despojada de sus harapos atestados de suciedad. Era un esqueleto forrado con una piel escuálida que parecía más bien un pergamino. No cabían más arrugas y suciedad en ese ser. Lloraba amargamente tras cada golpe que recibía, y por presentir la horrible muerte que se le avecinaba. La maliciosa fama ya se había apoderado de todos los rincones, y ella la conocía también. La inmensa navaja surcó los aires haciendo un ruido que parecía dictar una sentencia. Repentinamente se escuchó un horripilante grito que dejó a todos atónitos. _No me mates hijito. Soy Ifigenia, tu mamá….           Los ojos de Romualdo parecieron que se iban a salir de sus orbitas, y para sorpresa de todos, inclusive de él mismo; un leve destello de compasión se apoderó de inmediato de sus sentidos. Se paralizó por completo. Ni siquiera respiraba. Contemplaba el rostro de su madre que sangraba tras la lluvia de patadas que él mismo le había propinado. Por primera vez en su azarosa vida, sintió verdadera compasión. Misericordia, lástima y piedad. La dejó tranquila. La recogió del piso y ordenó que la  asearan, la vistiesen con ropa limpia y le dieran de comer. Luego de verla más calmada, pidió que lo dejaran solo y se alejó caminando con pasos temblorosos. Ya cerca de una transitada avenida, la gran navaja surcó nuevamente los aires, firmando una nueva sentencia de muerte; la suya. Sin tapujos cortó su cuello, cayendo pesadamente en el asfalto colmándolo de inmediato de su sangre, la que nadie quiso probar ni rayarse la cara con ella. La navaja dibujó una elipse en el aire, y nadie supo a donde fue a parar.           Un transeúnte que lo miró caer desde la distancia, e ignorando que él mismo se había infringido la mortal herida, lo creyó victima de la delincuencia y corrió por ayuda. Quienes lo socorrieron no dudaron de que lo hubieran intentado atracar, resultando herido antes de emprender la huida evitando así; el atraco. Deducción ésta que hacían, dada las elegantes ropas que vestía, el aroma de su perfume que se delataba oneroso y la gran gama de anillos del fino metal amarillo que poseía en todos sus dedos. Anillos que fueron sustraídos de inmediato mientras era socorrido. Falleció camino al nosocomio. De inmediato fue sometido a una exhaustiva búsqueda de documentación, no encontrando más que un vacio oportuno. Tras no presentarse ningún familiar al hospital, por dictamen de una ley reciente, fue trasladado al quirófano, donde procedieron a extraerle varios de sus órganos, entre ellos el corazón. Corazón que le devolvería horas después la salud a Gabriel.            Nadie reclamó el cadáver de Romualdo. Pasados los días reglamentarios, fue inhumado en una fosa común vestido con una simple colcha que había tenido tiempos mejores. Hasta su ropa fue sustraída para darle un mejor uso, según. El diablo lo rechazó por haber sentido ese minúsculo acto de compasión que tuvo justo antes de su muerte. Era necesaria una maldad en todo su resplandor, para hacerse poseedor de alguna de las pailas del infierno; según las exigencias del demonio. Era tal vez que satanás no quería ningún tipo de competencia. Su corazón hubo albergado ese fugaz sentimiento hermoso. Corazón que entonces estaba en otro pecho. Se trataba de un corazón ajeno, un corazón que era poseído por otro hombre. Un corazón vivo, el mismo que le había devuelto la salud a Gabriel y que albergaba toda la bondad del mundo. Necesitaba el alma impía de Romualdo, que se ennegreciera ese “pedazo de carne” llamado corazón, para satisfacer las exigencias del diablo y adentrarse definitivamente en sus dominios; tal como lo había soñado desde siempre. Se encargaría de ello utilizando todos los subterfugios necesarios.           Poco a poco Romualdo se acercaba a Gabriel, al hombre que le había robado su corazón, órgano este al que el espanto malvado sentía como el único culpable de que el diablo no lo hubiese aceptado para poder “gozar” de lo siempre anhelado, tanto en vida como entonces, después de su muerte; del, únicamente para él, maravilloso infierno. Vagaba el alma en pena por los diversos sitios donde detectaba la presencia de su corazón. Necesitaba ennegrecerlo de manera irreversible para lograr sus propósitos. Y no descansaría hasta lograr su objetivo, costase lo que costase. Le habían asignado poco tiempo para ello, y vaya que se ocuparía de que el mismo no se agotara sin obtener su cometido. No se imaginó jamás el horrendo espíritu, que la tarea sería titánica dada la enorme calidad humana de Gabriel, el flamante nuevo dueño de su otrora corazón.   III (Romualdo versus Gabriel)             Quienes conocían a Gabriel, y era mucha gente quienes ostentaban ese privilegio, estaban desconcertados por los últimos sucesos protagonizados por este insigne caballero; poseedor de una intachable hoja de vida y de una envidiable calidad humana. Hasta él mismo no se explicaba aquellos arrebatos que exteriorizaba ocasionalmente, y que ya le trastocaban su tranquilidad y por ende, su salud mental. El psicólogo que había llevado las riendas en sus episodios depresivos, al igual que su amigo psiquiatra; no se explicaban el porqué de esos comportamientos, que sucedían cada vez más a menudo. Por más análisis y psicoanálisis que le practicaban, no encontraban una respuesta a sus interrogantes. Freud debería estar revolcándose en su tumba, pensaban ambos.           Había sentido mucho temor Gabriel por lo que le estaba pasando. Cuando sentía que su corazón daba un “vuelco” dentro de su pecho y lo sentía desbocarse, de inmediato un incontrolable ataque de ira lo invadía. No sabía qué era eso que le ocurría. Tal vez era un efecto adverso del fármaco que ingería a diario para evitar el rechazo del corazón ajeno, pensó. Lo mismo habían pensado los científicos que llevaban aquel curioso caso. Luego de muchas experimentaciones, descartaron cualquier vinculación de la droga con los súbitos arranques de ira del Gabriel. Tal vez fue el prolongado reposo al que debió someterse durante su enfermedad y la larga convalecencia. Tal vez, se había tratado de la gran cantidad de medicamentos recibidos. Hasta había achacado su comportamiento inusual, a alguna de las tantas transfusiones que había recibido a lo largo de tan extensa intervención quirúrgica. Ese lunes, lejos de haber tomado unas vacaciones que creyó prudentes y sentirse colmado de una inigualable normalidad, Gabriel decidió continuar su vida de siempre. Y así, posterior a elevar sus oraciones al creador, le pidió a Dios su protección. De esa manera, sintiéndose colmado de su fe y del poder del todopoderoso llamó a Jorge, su chofer, para que lo trasladara a su trabajo. Este acudió solícito tan pronto recibió la orden de su patrón. Gabriel abordó muy callado el vehículo.               Desde siempre, el Jefe al abordar el lujoso automóvil, no decía otra cosa que no fuese un: “¡Hola compadrito!” Para lo cual Jorge le refutaba con un: “¡Hola Compadrote!”. Ese era el permanente grito de guerra, desde que Jorge había acudido como padrino al bautizo de sus dos hijos Rodrigo y Gonzalo, y haber él hecho lo mismo con Paola, la hija de Jorge. Era algo más allá de una relación laboral. Por ello, Jorge recibió aquel silencio como una magna indiferencia que le hirió en demasía. Pero tan pronto Gabriel sintió el palpitar en su pecho, comenzó a emitir un rezo que para el chofer resultaba un parafraseo ininteligible. Luego de lo cual, la calma regresó a él y mirando fijamente en los ojos a su amigo y máximo colaborador; le dio las gracias. Jorge sin entender del todo lo ocurrido, siguió conduciendo el automóvil, consternado por aquello que sentía como el más grande enredo que había tenido durante toda su vida.            Trató y logró durante el traslado, que el mismo resultara placentero. A medida que avanzaban en el trayecto, Gabriel sintió en dos oportunidades que su corazón intentaba desbocarse y expresar una ligereza en su palpitar. Sabía el caballero lo que se vertería a su existencia después de ello. Por esa razón rezó nuevamente en silencio, y en sus oraciones se encomendó a Dios, con lo cual se sintió cubierto por la eterna e inmensurable fortaleza que solo brinda el señor a sus hijos, producto de su fe. Fue gracias a ello que Gabriel se conservó sereno y alejado del odio, de algún sentimiento mezquino que quisiera colarse en su existencia, apartada de esos oscuros sentimientos. Llegaron así, sin contratiempo alguno a la fábrica. Sintió aquel señor que había obtenido un inmenso logro, toda vez que habiendo sentido aquel ingrato impulso, no se dejó dominar por el mismo.           Al bajar se su vehículo y dirigirse a la enorme puerta automática del edificio, al notar su presencia, el viejo Ramiro, poseído de inmenso temor trató de correr. No lo hizo porque a sus casi noventa años, sus movimientos no eran ágiles, por lo que en lugar de ello, se quedó petrificado. Gabriel, saturado de infinita ternura, se le acercó para colmarlo de abrazos. Pero sucedió que, apenas a pocos metros de lograrlo, sintió aquella odiosa sensación; la misma que procuraba que surgiera de él, un sentimiento que contrariaba lo que en realidad sentía. Pero su fe se acrecentó de inmediato y, abrazando al anciano, lo comprimió contra su pecho toda vez que iniciaba unas perfectas oraciones dirigidas con la fe que surgía de su alma. De esa manera, lo que pudo ser un sentimiento nefasto, se convertía de ese modo en una maravilla. Abrazaba así Gabriel a otro de sus más fieles servidores, no exteriorizando tampoco, algún improperio que abriera una enorme brecha por donde se colara ventajosa, la maldad; el arma del diablo y por ende, de la pecaminosa ánima de Romualdo.           El viejo Ramiro sintió aquel abrazo como un presagio. A su edad había vivido cualquier tipo de situación. Sintió de manera tajante, una ráfaga de maldad que trataba de llegar al entorno que conformaban él y su patrón, al fundirse por un momento en aquel fraternal abrazo. Por otro lado, sintió la enorme fe que se irradiaba de Gabriel, y que magnificaba la creencia desmedida de ambos en el creador supremo. Era así, combatida la maldad de manera momentánea. El malévolo espíritu de Romualdo se alejó por un tiempo de la apacible vida de Gabriel, de su familia y de todos quienes le rodeaban. Intentó colarse luego de sus continuos fracasos, por alguna ranura, a los predios ardientes del sitio donde el gusano nunca muere, y el fuego nunca se apaga y todo le resultó fallido también. Comprendió vagamente con qué facilidad se podía hacer el bien antes que el mal, y no pudo soportar la inmensa impotencia que sentía. Juró para sí, que encontraría la vil manera de lograr que aquel hombre pecara brutalmente, y que su corazón, otrora valiosa fuente de maldad, se convirtiera nuevamente en lo que alguna vez fue, cuna de ideas crueles y malas intenciones.           Cierta noche, un vecino que miraba distraídamente por su balcón, visualizó algo extremadamente raro. Una extraña sombra husmeaba por uno de los grandes ventanales de la lujosa vivienda, en la que vivía Gabriel junto a su familia. Alarmado, realizó una llamada telefónica a su vecino para advertirlo del peligroso inminente, que podía traducirse en un acto vandálico. Gabriel tomó las debidas precauciones, pero nada físico, lastimosamente, podía contener la arremetida de un espíritu maligno, el cual trataba por todos los medios de posesionarse de lo que un día fue suyo; de lo que ahora significaba, un corazón ajeno.           El espíritu inmundo se dejó sentir en cada rincón de esa casa, y en un instante comenzaron a caer vajillas, se cerraban abruptamente las puertas, se encendían y apagaban las bombillas y los muebles pesados del recibidor, eran apartados de sus puestos y volcados al piso pulido. Afortunadamente el único presente en ese momento en la casa era Gabriel, quien se armó de valor y de fe y, presagiando algo del más allá, inició una oración a viva voz que se intensificaba, a medida que se sentía con más fuerzas las arremetidas del espíritu enviado desde los infiernos. Eran oraciones perfectas, súplicas al creador, rezos que enaltecían la benevolencia de Dios y el enorme poder de este contra los hacedores de la maldad.           Había retado el diablo a Romualdo. No pudo él lograr en los muchos días con sus noches allá en el desierto, que Jesús cayera en las inmensas tentaciones lujuriosas y que sucumbiera ante el pecado. Lo retó. Lo conminó a tratar que Gabriel pecara, so pena de desterrarlo para siempre de los infiernos. Aceptó Romualdo aquel maléfico reto. Se transformó nuevamente en la aparición macabra que el vecino había detectado, y se ubicó en el gran sofá que Gabriel había regresado nuevamente a su lugar. Era la estampa pura de la maldad la que se había instalado en la pacífica vivienda, para tratar de convertir una plácida existencia, en un averno pérfido.            Gabriel miró con asombro a un maquiavélico espectro sentado en medio de la sala. Era una horripilante figura. Grotesca significaban sus facciones y azarosa su mirada. Vertía en ella, una plétora de maldad y pecado que quería trasladar a aquel ser poseedor de una gran fe cristiana y cubierto desde siempre, por los brazos benévolos de Dios. Se iniciaron una serie de sucesos macabros en aquel hogar, con los que intentaba Romualdo resquebrajar la fe de su oponente. Era una batalla del mal contra el bien. Así como la llevada a cabo hacía siglos en los predios de un árido desierto. El caballero alertó a su esposa sobre la situación que se presentaba con la aparición, la misma que tal vez se quería apoderar de su corazón para transformarlo en cuna de malévolas actuaciones. No quiso invocar la ayuda de nadie más, porque difícilmente le creerían. Al contrario, era casi seguro que lo tildarían de desequilibrado mental, de esquizofrénico o víctima de algo derivado de algún otro detrimento psiquiátrico. Su mujer se presentó aterrada, dejando a medias, una visita que amablemente hacía a una vecina.           Mercedes al llegar a su casa, encontró a su esposo de rodillas rezando en voz alta, y con un rosario sostenido con ambas manos. No miraba nada más, salvo un montón de loza quebrada en el piso de la cocina y algunos de los muebles de la sala volcados contra el piso. De inmediato, sintió una enorme risotada que le erizó la piel y le heló la sangre. Llorando, se escabulló en la recámara presa del agudo ataque de un pánico bien infundado. Desde allí, con sobrada excitación nerviosa, escuchaba golpes y más golpes por toda la casa, producto de los desmanes que Romualdo provocaba con los diversos objetos de la casa. Vajillas, cristalería, espejos y un sinfín de utensilios, eran vueltos añicos al chocar contra el piso, producto de la ira de aquella penosa alma que reclamaba lo que un día fuera suyo. Quería su corazón. Quería a un corazón ajeno.           A medida que se intensificaban los estragos que se producían en toda la casa, Gabriel magnificaba sus oraciones dirigidas a Dios. No se inmutaba siquiera. No sentía miedo alguno en ese momento. Mercedes por su parte, rezaba desesperadamente también, pidiendo al creador; mucha fuerza y mucho valor para ella y para su esposo. Era eso lo único que necesitaban para contrarrestar la envestida del demonio. Y así, entre ambos, unidos sus ruegos, lograron por lo menos, en esa oportunidad; vencer al maligno. Todo quedó en silencio. Se escuchaba únicamente, las oraciones que hacían a viva voz los esposos. El bien se había ubicado un paso adelante, en aquella guerra sin cuartel que se presentaba ante Gabriel y su familia.           Siendo aún muy joven, y habiendo palpado los ásperos tentáculos de la pobreza, los amargos sabores del hambre, del frío y de las inclemencias de todo cuanto lo rodeaba; Romualdo en una oscura ceremonia, había hecho un pacto con el diablo. Tenía que hacer infinidades de actos malévolos: Acabar con esperanzas, robar purezas, quitar vidas y un sinfín de atrocidades para obtener los “favores” del infierno. No solo quería adentrarse al morir, en los predios del infierno, no, quería ubicarse nada menos que a la izquierda de satanás; ser su lugarteniente, su mano siniestra. Y bastó un leve soplo de compasión por su madre, para echar por tierra todo el mal que había logrado. Fueron sometidas a valoración sus negras actuaciones, pero el diablo era muy quisquilloso en cuestiones de maldades. Fue tan solo el pequeñísimo gesto para con su madre, lo que se opuso a las fuliginosas pretensiones de Romualdo. Además de ello, el cuerpo estaba incompleto, faltaba, además de otros órganos, el corazón. Y ese corazón ajeno estaba siendo utilizado para el bien. Albergaba lo más grande que puede tener un ser. Albergaba amor por Dios. Albergaba pureza, alegría; pero sobre todo, albergaba un intenso amor hacia la familia, hacia el prójimo, hacia los más necesitados.           Era precisamente por ello, que el malvado espíritu se había volcado en pos de Gabriel. Desde los primeros tiempos cuando se volcó el elegante caballero a su vida cotidiana, ya restablecida su salud, algo extraño comenzó a sentir. Su corazón repentinamente palpitaba más de la cuenta y acto seguido; oscuros pensamientos se apoderaban por instantes de su mente. Sentía un furor inexplicable, sentía repentinamente un odio hacia quien estuviera cerca de él, acometiéndolo con rudeza sin causa alguna. Era precisamente por eso que se apartó momentáneamente de su rutina, muy avergonzado. Sentía cada día esa sensación más fuerte y más atrevida. Eso era inexcusablemente lo que Romualdo quería, por mandato del maligno ente de las tinieblas infernales. Ningún docto en la materia pudo determinar que sucedía con Gabriel. Solo él presentía algo, ya que el corazón ajeno parecía prevenirle de las oscuras intenciones que quería sembrar el leviatán; insaciable desde siempre de maldades.           Diariamente rezaba pidiendo la protección oportuna de Dios. Sentía mucho miedo Gabriel. Pero el tamaño de su fe era su mejor arma contra la malevolencia. Afortunadamente sus hijos estaban fuera del territorio patrio, encargándose de unas gestiones financieras que tenían que ver con sus múltiples negociaciones. Le calmaba un poco que ellos no estuvieran presentes y sintieran también aquellas retaliaciones venidas desde el infierno mismo. Una noche, habiéndose quedado profundamente dormidos, luego de un día de interminable lucha con el monstruoso ente diabólico que significaba el alma oscura de Romualdo; Gabriel comenzó a experimentar una pesadilla desastrosa, la cual le hacía sudar copiosamente a pesar de la potencia del instrumento acondicionador de aire. En su mente, aquella feroz pesadilla se presentaba aterrante. En ella, Gabriel se miraba harapiento, se contemplaba asechando a una niña quien candorosamente, jugaba en un inmenso patio desolado. No tenía más de cinco añitos la pequeña nena. Él se presentó ante la inocente criatura simulando bondades inexistentes.           Ella se atemorizó, dada la horrenda manera de vestir, sus toscos movimientos, su fealdad incomparable y su enorme pestilencia. Pero pronto fue timada con un inexistente dulce que aquel menesteroso decía llevar en su mano colocada tras la espalda, y así, sin mucho esfuerzo; la inocente víctima caía en sus redes. De nada le sirvieron a la niña los gritos proferidos. Dominada sobrada facilidad, fue llevada a un sitio apartado donde él sacó a relucir una enorme navaja, cercenado seguidamente el cuello de la niña. Mientras la penetraba con rudeza con el inmenso órgano viril que desgarraba toda su inocencia, mojaba su dedo índice en la sangre que brotaba incontenible del cuello de la víctima, pasándolo posteriormente por la mejilla diabólica aquella. Luego  de ello, volvía a mojar el dedo y lo llevaba a su boca succionando su contenido de manera deleitosa.           Se escapaba la vida de la muchachita, y él aún la seguía invistiendo con pecaminosa saña. Despertó desesperado Gabriel y descubrió sobre sí, al demoníaco ente que una vez había sido Romualdo. Estaba sobre él, su mano izquierda penetraba en su pecho, palpando el corazón ajeno tratando de inocular aquel inmenso odio, aquella monstruosidad, aquella desmedida maldad. Gabriel se incorporó bruscamente para sorpresa de Mercedes. Ya de pie, sintió al macabro espíritu abocado a su mujer, increpándola para que provocara la ira de aquel ser de inquebrantable fe. Ella lo hizo, sacaba satíricamente su lengua y abría sus ojos de manera desmedida profiriendo insultos inimaginables contra su marido; improperios insospechados y ofensas hacia sus padres. Gabriel no caía en los juegos del malévolo ente, y rezaba insistentemente en voz muy alta. Emitía cánticos sagrados alabando con ellos al Creador. Pedía, con su enorme fe, la presencia de nuestro señor Jesucristo. Con esas grandes proezas sagradas, logró ahuyentar momentáneamente a aquella malvada aparición, que con sus malvados poderes quería que él pecara.           Mercedes estaba exhausta, no era para menos. Ambos estaban hechos prácticamente añicos. El miedo inmensurable se colaba por sus poros, estaban a punto de enloquecer. No asimilaban las insistencias de esas perversas fuerzas. Ambos sabían que se presentaría nuevamente, un ataque cada vez más fuerte. No había podido Romualdo hasta entonces, con la fe de aquel hombre íntegro e intachable. No había podido sembrar odio en él, hacer surgir de su otrora corazón; aquellos sentimientos impuros que habían brotado en su fenecida vida, y que lo hubo conminado a cometer los más horrendos asesinatos. Debido a aquel temor supremo, la pareja, en su desespero; había literalmente tapizado la casi totalidad de la mansión con miles de páginas de la biblia. Usaron muchas de ellas con esa finalidad, creyendo erróneamente que esa idea podía alejar a aquella ánima malvada que iba en busca de lo suyo, de lo que era en ese momento, un corazón ajeno; aquel noble corazón que una vez había sido suyo, que prácticamente durante toda su vida, fue colmado de maldad y de odio.           Después de llegada el alba, y de haberse tranquilizado un poco ambos, Gabriel quiso salir al patio un momento, para inhalar un poco de aire fresco. Extrañamente sus vecinos no habían escuchado nada de lo que hubo sucedido dentro de aquel hogar, a pesar de los fortísimos ruidos expelidos en medio de que aquella guerra entre el bien y el mal. Sus apariencias desastrosas eran sólo un subterfugio del diablo, el resto de la humanidad no percibía cambió alguno en ellos. Inés, la chica del servicio de la casa de al lado, a quien Gabriel había visto a diario acompañando a su madre desde que era una niña; le saludó con sobrada amabilidad notándolo rozagante de bienestar. Él, extrañado en extremo de la simpleza del saludo y de que no preguntara nada acerca del escandaloso episodio suscitado la noche que recién había terminado, se adentró de inmediato en la lujosa residencia, y haciendo caso omiso a la necesidad de ingerir alimentos que tenía, se adentró a la recamara y lo que miró en ella, vaya que lo sorprendió en demasía.           Mercedes estaba tumbada sobre la cama, completamente desnuda. Lo miraba con deseos ardientes, como no lo hacía desde un tiempo lejano, cuando llevaban pocos años de casados. Era una mirada provocativa, una mirada golosa. Mientras lo contemplaba fijamente, sus ojos brillaban de lujuria y su lengua acariciaba sensualmente su labio superior, como señal inequívoca de lo que solicitaba. Era extraña esa actitud en ella. No porque no podía sentirlo, no. Ellos poseían aún, un poderoso poder s****l que explotaban muy a menudo y con mucha imaginación; con muchísima creatividad. Era extraña esa actitud, porque hacía poco tiempo ella estaba embargada de un horroroso temor. No encajaba esa actitud en ese momento aterrante.           Mercedes mostraba su sexo de manera grotesca. Se tocaba ávidamente, manteniendo aquel fulgor en su mirada. Se trataba de una mirada extraña. Reclamaba sadismo con sus movimientos libidinosos. No decía palabra alguna, era como una hembra deseosa de un macho. Él descubrió en aquellas miradas vacías, que no era ella la dueña de esos gestos. Elevó nuevamente una oración a Dios con su voz potente. Mercedes se incorporó colmada de odio. Era Romualdo quien estaba poseyendo a aquel hermoso cuerpo. El malvado espectro, incorporado en Mercedes, le envistió con fuerza tomando un enorme puñal en su mano, gritando nuevamente improperios en su contra. Le atacaba de manera sorprendente. Trataba de adentrar en sus carnes, aquella filosa hoja metálica que embestía una y otra vez. Él la evitaba de manera ágil e inteligente, como había aprendido en sus años de mozo; cuando practicaba ejercicios de defensa personal.           Evidentemente que Romualdo no quería matarlo, si llegase a hacerlo, no le valdría de nada un corazón vacío de vida, que no fuese capaz de albergar maldad, la maldad suprema que le faltaba para poder colocarse para toda la eternidad, a la izquierda del demonio. Lo que sí quería era que Gabriel, tratando de defenderse, le hiciera daño a su mujer, mejor aún, que la matara; de esa manera, lograría felizmente su cometido. Dios acudió nuevamente en su ayuda. El aterrado hombre expresaba unas palabras nunca antes empleadas en su vida. Era un extraño dialecto lo que se le escuchaba hablar a Gabriel. Se trataba de rezos antiguos, eran palabras expresadas en arameo, idioma que se usaba en los tiempos de Jesús, el Redentor; que de manera gloriosa alejaban nuevamente al demoníaco ente. Cayó Mercedes estrepitosamente sobre el frío piso golpeándose muy fuerte. De inmediato y antes que se incorporara, Gabriel colocó sobre ella, el afelpado cobertor que antes había cubierto la cama. La tomó delicadamente ayudándola a ponerse de pie, recibiendo de ella, aquella mirada preciosa colmada del amor que siempre ella le regalaba. ¡Cuánto la amaba! Cuidaría de ella por siempre, jamás se perdonaría que sucediera algo nefasto le sucediera. Se sintió con más fuerzas para batallar hasta el final con la fuerza maligna que se ensañaba en su contra.   IV (La batalla final)             Había pasado mucho tiempo desde que se dio inicio a aquella guerra macabra, en la que se sucedieron muchas batallas que habían vencido al diablo y a su enviado tenebroso, Romualdo. Gabriel y Mercedes ya no podían con tanto sufrimiento. Sentían que sus fuerzas ya fallaban. Pedían a Dios que llegara el final de aquello tan terrible. Por su parte, el maligno espíritu de Romualdo planificaba otra estrategia desesperada. Ahora quería tomar materialmente su corazón y llevarlo al infierno. Pensó que solo así, podía adentrarse a ese sitio al que desde siempre había soñado llegar. Escogió a un menesteroso que dormía plácidamente una borrachera reciente, para que fuese su “cajón”. Lo estranguló de forma despiadada. El pobre hombre adentrado en su mundo beodo, no pudo oponerse mucho a la pretensión malévola del maligno ser. Aún así, para no dejar pasar por alto su maligno proceder de siempre, la asquerosa alma de Romualdo le mordió directo al cuello y bebió su sangre cual conde del mito. Posteriormente, mojando un dedo en el rojo líquido que escapaba aún del cuerpo inerte; dibujó una raya en la nada. Luego de ese placentero actuar, se adentró en aquel cuerpo ya vacío de vida y, decidido, buscó la forma de llegar hasta donde estaba su corazón. Quería, afanosamente, llegar hasta donde se ubicaba aquel corazón ajeno para él y que necesitaba con urgencia, ya que el tiempo dado por el diablo se extinguía de manera inevitable. Ya rondaba la casa. Estudiaba meticulosamente la manera de adentrarse en ella y llegar sin ser sentido a la recamara donde sabía que estaría Gabriel.           Casualmente Rodrigo y Gonzalo habían retornado de su extenuante viaje de negocios y descansaban cada cual en su respectiva habitación. Ninguno se percató de la presencia de una “persona” que, con extraordinaria pericia, se había introducido por un sitio en el que difícilmente podría pasar un adulto. Romualdo, adentrado esa vez en un cuerpo humano, pudo introducirse en la casa. Subió lentamente por la larga escalera, y ubicado entonces frente a la habitación matrimonial, sacó una inmensa navaja; la misma que había rescatado de aquel oscuro agujero en que había caído la tarde cuando se hubo suicidado. Con ella en su mano izquierda, abrió lentamente la puerta. En ese preciso instante, Rodrigo, de manera casual, salía a tomar un bocadillo dado su apremiante apetito. Notó que un intruso se adentraba a la recamara de sus padres, llevando en su mano lo que divisó que se trataba de algún puñal o algo parecido. Desesperadamente acudió, semidesnudo como estaba, a resguardar la vida de ellos que a esa hora, posiblemente ya estarían dormidos.           Un grito del joven alertó a la pareja, pero también lo hizo con aquel pordiosero que, armado, intentaba atacar a sus padres. De inmediato Gabriel se activó. No se había quedado dormido aún esperando una agresión mayor que algo en su interior le había advertido que sucedería de un momento a otro. Evidentemente que ese algo era su corazón. Supuso Gabriel que era el diabólico ente que estaba contenido en aquel hombre, que se asemejaba a un zombi de los muchas veces vistos en las fantasiosas producciones fílmicas. Se preparó Romualdo para atacar. Antes de hacerlo contra Mercedes, lo haría contra aquel intruso recién llegado y que de seguro, podría truncar sus pretensiones.                       
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