MARCO
Mientras él se alejaba para dar las órdenes, me quedé allí, clavado en el barro helado. La estructura del orfanato, medio calcinada, se recortaba contra el cielo plomizo. Necesitaba hablar con Valentina. De verdad. Sin intermediarios, sin las miradas vigilantes de la madre Agnes. Tenía que romper su caparazón de miedo y silencio, y para eso necesitaba un contexto donde ella se sintiera fuera del control del orfanato. Donde no fuera la hermana Valentina, sino simplemente una mujer asustada.
Un plan empezó a tomar forma en mi mente. Era una locura. Arriesgada, poco ortodoxa y personal. Demasiado personal. Pero era la única forma de acercarme a ella sin que las paredes de ese lugar nos ahogaran.
Mañana. La enviaría un mensaje anónimo, una nota dentro de una de las cajas de medicinas que llegaría por la tarde. Una cita en un lugar público pero discreto, a media tarde. La biblioteca municipal de la calle Vecchia. No como detective, sino como Marco. Sin uniforme, sin gabardina. Le pediría que acudiera, que confiara. Le diría que tenía información sobre el verdadero benefactor que pagó las medicinas del hospital, el "empresario extranjero". Era un cebo que no podría ignorar, porque tocaba el único punto vulnerable que había mostrado: su instinto protector hacia los niños.
No era un plan profesional. Era un plan de un hombre desesperado por alcanzar una verdad que se escurría entre los dedos. Un plan que dependía de que ella sintiera curiosidad, o tal vez, sólo tal vez, una chispa de la misma desesperación que yo sentía. Si fallaba, lo perdería todo. Si funcionaba... quizás, por fin, tendría a alguien de mi lado en este infierno.
Mientras nos retirábamos del patio, el barro crujiendo bajo nuestras botas, pensé en lo frágil que era mi plan. En lo tonto y sentimental que sonaba, y en el milagro que necesitaría para que esa nota llegara a sus manos sin ser interceptada.
—Será imposible —dije en voz alta, más para mí que para nadie.
—¿De qué hablas? —preguntó Rinaldi a mi lado, encendiendo un cigarrillo.
—Pensaba en una forma de verla lejos de este lugar. Necesito hablar con ella, Rinaldi. De verdad. Sin estos muros, sin la madre Agnes respirándole en la nuca.
Le conté la idea de la nota en la caja de medicinas, la cita en la biblioteca. Se terminó riendo, una carcajada seca que echó humo al aire frío.
—Bellini, Bellini… si tanto quiere hablar con ella, llegue con una orden judicial. Una citación formal. Eso nunca falla. —Tomó una calada larga—. Yo lo hice para… entrevistar a un testigo renuente hace años. Funciona. Los pone nerviosos, los saca de su entorno. Es pura psicología.
—¿Enserio? —pregunté, escéptico pero intrigado.
—Claro. Se sientan en una sala gris, con un oficial en la puerta, y de pronto las historias que antes eran de mármol empiezan a tener grietas. —Nos detuvimos junto al coche—. Pero para que funcione, debemos enviar a terceros. Yo conozco a un par de tipos… agentes de otro distrito, de paisano. Por unos billetes de la caja negra, hacen el trabajo a la perfección. Llegan, muestran la citación con todo el protocolo, y se la traen. Limpio, profesional, sin que pueda achacarse a ti ni a mí directamente.
Ambos terminamos riendo, una risa cansada y cínica. No era la solución ideal, pero en ese momento, rodeados de ceniza y desconfianza, no sonaba del todo descabellada. Era un plan sucio, pero tenía la virtud de la claridad: la sacaría de allí. Después… después tendría que depender de mi capacidad para conseguir que esa g****a en su mármol se convirtiera en una brecha por donde escapara la verdad.
—Haz los preparativos —dije finalmente, abriendo la puerta del auto—. Pero que sea discreto. Y Rinaldi… que sea hoy. No quiero darle más tiempo a la madre Agnes para adoctrinarla o asustarla aún más.
—Queda hecho —asintió él, arrojando la colilla al barro—. Para esta tarde, la hermana Valentina tendrá una cita ineludible con el Departamento de Policía.