DORIAN
Ahí estaba. La envidia, verde y viscosa, saliendo a la superficie. No era solo por la asignación de la tarea; era porque Gaetano había sido el elegido para algo que tocaba, aunque fuera tangencialmente, el punto ciego de mi obsesión. Algo que a los ojos torcidos de Matteo, le daba un estatus, una cercanía que él anhelaba.
—El problema de Grimaldi es negocio —dije, pausando cada palabra—. Se resuelve con plomo y con miedo. El del orfanato… es distinto.
—¡Distinto! ¡Claro que es distinto! —Matteo dio un paso adelante, el olor a alcohol y a rabia barata llegando hasta mí—. Es personal. Es tu punto débil. Y todos lo ven. Primero fue esa noche en la capilla, luego el chantaje, ahora esto… ¡Estás dejando que una mujer con hábito nuble tu juicio! Gaetano puede ser tu mano derecha, pero incluso él no puede limpiar el desastre que estás haciendo por pensar con la entrepierna.
El insulto directo colgó en el aire cargado. Los hombres que vigilaban las puertas, invisibles en la penumbra, debieron de contener la respiración.
—Cuidado, Matteo —susurré, y el peligro en mi voz era tan palpable que él retrocedió un instante, instintivamente—. Estás hablando de cosas que no entiendes.
—¡Lo que entiendo es que estás fallando! —espetó, recuperando su bravuconería con un último resto de valor estúpido—. Grimaldi te robó a la cara porque sabe que estás distraído. Porque tu obsesión por esa mujer te hace lento, predecible. Y ahora, en lugar de cortar por lo sano, de quemar ese maldito orfanato y a todo lo que hay dentro para que dejes de mirar hacia atrás, tú… tú les mandas un cheque. ¿Qué viene después, Dorian? ¿Invitar a la monja a cenar?
Virado en el reflejo del cristal de la ventana, vi mi propio rostro. Imperturbable. Pero dentro, sus palabras, por venir de él, por ser tan burdas y a la vez tan certeras en su descripción de la percepción externa, encendieron una furia nueva. No era la ira fría y calculadora de antes. Era algo más primitivo. Porque tocaba la única verdad que me negaba a mí mismo: que en esta partida, por primera vez, no tenía el control absoluto. Que Valentina, sin hacer nada, estaba ganando terreno.
—Mi obsesión, como tú la llamas, es mía —dije, avanzando un paso hacia él, hasta que apenas un metro nos separaba—. Y mis fracasos, si los hubiera, también. Tú no estás aquí para analizarlos. Estás aquí para ejecutar órdenes. Y tu orden ahora es ayudar a Guiseppi a encontrar a Grimaldi. No a cuestionar mis motivos.
—¿Ayudar a Guiseppi? —escupió Matteo, la envidia devorándole ya toda cordura—. ¿Para que pueda seguir siendo el niño bonito que soluciona todos tus problemas personales? ¿Mientras yo me ensucio las manos con la basura de la calle?
Eso fue lo que colmó el vaso. No su insolencia, sino su mezquindad, su incapacidad de ver más allá de su propio rencor.
—No —dije, y la palabra fue un muro de hormigón—. Para que aprendas lo que es lealtad verdadera. La que no pide explicaciones. La que no envenena a niños para fastidiar a una monja y llamar mi atención.
Sus ojos se abrieron de par en par. Un destello de pánico genuino, delator, cruzó su mirada por una fracción de segundo antes de que pudiera ocultarlo tras una máscara de indignación.
—¿Qué… qué estás insinuando? —tartamudeó.
No le respondí directamente. Solo sostuve su mirada, dejando que el peso de mi sospecha, de mi conocimiento de todas sus pequeñas traiciones y ambiciones, cayera sobre él como una lápida.
—Cuarenta y ocho horas, Matteo —repetí, volviéndome de espaldas, despidiéndolo—. O serás el primer c*****r de la guerra que, según tú, yo estoy perdiendo. Ahora, lárgate de mi vista. Hueles a derrota y a whisky barato. Me da náuseas.
Lo dejé plantado en medio del vestíbulo, palideciendo bajo la luz de la araña de cristal. Subí las escaleras hacia mi estudio, pero la victoria del momento era agria. Porque las palabras de Matteo, nacidas de la envidia, resonaban con una verdad incómoda: mi obsesión era un agujero en mi armadura. Y en mi mundo, un solo agujero era suficiente para que todo se desmoronara. Grimaldi lo había visto. Matteo lo veía. Y yo, en el silencio de mi estudio, con un vaso de whisky en la mano que no lograba calmar el frío interno, tenía que admitir que ellos tenían razón.