CAPITULO 51

794 Words
VALENTINA Sin decir nada más, reanudé la marcha, esta vez a un paso normal. Clara me siguió en silencio. El camino de regreso al orfanato fue un túnel de pensamientos sombríos. Pero ya no eran pensamientos de derrota. Al llegar, fui directo al pequeño confesionario, escondido en un rincón del templo. El Padre Vittorio estaba allí. Me arrodillé. —Bendígame, Padre, porque he pecado —comencé. Y esta vez, las palabras no fueron la fórmula aprendida de memoria. Fueron piedras arrancadas de un muro interior que se desmoronaba—. He mentido por omisión, una y otra vez. He guardado odio en mi corazón, y lo he alimentado con mi silencio. He mentido deliberadamente desde el momento en que decidí salvar a Dorian Martinelli, sin saber quién era, sin querer saberlo. Mi vida… mi vocación… ha ido en picada desde entonces. He dejado de sentir la motivación, la luz que me guiaba. Y he deseado… —la voz me falló un instante— cosas impuras. Cosas que me aterran. Hice una pausa, tragando el nudo de vergüenza y miedo que me cerraba la garganta. Luego, crucé el umbral de lo decible. —Y hoy… estuvo ahí. En la cita con el supuesto benefactor. Era él. Quiere que pierda mi fe a cambio de salvar el orfanato. Al otro lado de la celosía, el silencio se volvió denso, pesado. —Hija mía… —su voz sonó apesadumbrada, vieja de repente—. El precio que ese hombre pide no es dinero. Es tu alma. Y es un precio que no se puede pagar, porque una vez entregada, ya no hay salvación posible, ni para ti, ni para lo que intentas salvar. —Lo sé, Padre… pero no sé qué hacer —susurré, y el dolor que exprimía esas palabras era tan genuino que me quemó los ojos—. Él es el hilo n***o que envenena todo lo que toca. Lo sé. Del acoso, de la desgracia que nos persigue… Pero si no juego su juego, ¿cómo nos salvamos? ¿Existe un camino que no pase por entregarme a él… o por condenarnos a todos a la intemperie? La pausa que siguió fue larga, tortuosa. Podía casi oír el crujir de sus pensamientos, el forcejeo entre el pastor que quiere dar consuelo y el hombre que ve la trampa mortal. —Dios nunca abandona a sus hijos, Valentina. Pero a veces, el camino que Él traza no es el más evidente. Quizás la salvación no está en enfrentar al monstruo en su terreno, sino en ser más astutos. En encontrar grietas en su armadura. En buscar aliados donde no parecen haberlos. —Hizo una pausa—. Reza, por fortaleza, por claridad y observa. Hasta los muros más altos tienen una piedra suelta. Encuéntrala. Pero no te acerques a ese fuego. Te consumirá. —Padre… —mi voz se quebró, y esta vez las lágrimas, contenidas durante tanto tiempo, empezaron a caer, calientes y silenciosas, sobre mis manos entrelazadas—. Dorian… no es solo una amenaza externa. Está incrustado bajo mi piel. Siento sus marcas en cada centímetro de mi alma, no las físicas, sino otras… más profundas. Me está ahogando, y al mismo tiempo… estoy luchando contra algo que siento por dentro y que no debo sentir. Es una batalla que estoy perdiendo, y me da miedo. Un miedo… que no es a la pobreza, o a la calle. Es miedo a mí misma. A lo que puedo llegar a hacer, o a desear, si me quedo sin nada a qué aferrarme. El silencio del otro lado fue ahora compasivo, un océano de comprensión dolorosa. —Ese miedo, hija mía —dijo suavemente—, es la última trinchera de tu conciencia. No lo ahuyentes. Aférrate a él. Porque mientras sientas ese miedo, tu alma aún lucha. Y donde hay lucha, hay esperanza. Reza por discernimiento. Y recuerda: la piedra suelta en el muro de tu enemigo… a veces, puede ser la misma que use para construir su fortaleza. Encuéntrala. Pero con las manos limpias, o terminarás siendo parte de los escombros. Salí del confesionario sintiéndome no absuelta, sino diferente. La desesperación había mutado. Ya no era un pozo, sino un filo. El Padre no me había dado una solución, pero me había dado una dirección: no rendirse, no ceder, pero tampoco enfrentar al dragón directamente. Había que ser más inteligente. Miré hacia las ruinas del ala norte, donde el humo aún se elevaba débilmente. Allí estaba la piedra suelta. La g****a. Y yo, aunque temblorosa y asustada, era la única que podía intentar sacarla. Por Clara. Por los niños. Por lo poco que quedaba de la fe que, contra todo pronóstico, aún no se había apagado del todo dentro de mí.
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