CAPITULO 29

963 Words
DORIAN Las luces del Club Inferno parpadean como un pulso enfermo. Rojo, azul, rojo otra vez. El humo espeso huele a tabaco n***o, alcohol derramado y deseo viejo. Todo aquí late con una promesa que nunca se cumple. Estoy sentado en mi mesa, inmóvil, con la mirada fría recorriendo el escenario. Mientras las chicas se contorsionan, ofreciendo sus mejores pasos y sonrisas por horas. Giuseppe ríe con dos de ellas a su lado; sus carcajadas suenan huecas, como monedas golpeando el fondo de un vaso. Yo solo bebo, observo como un animal encerrado que huele sangre, pero desprecia la carroña. La rabia me sube lenta, espesa, porque Valentina sigue ahí. ¿Cómo se atreve a desafiarme? ¿Cómo osa mirarme sin miedo, sin rendirse? Su maldita negación me persigue. Cuanto más parece odiarme, más la deseo. Cuanto más intento arrancarla, más se me incrusta. La tomé y aun así, no fue mía. —¿Ninguna te apetece, jefe? —murmura Giuseppe—. Hay una nueva. Recién llegada, es muy hermosa. No respondo. Hasta que veo a una de ellas. No es Valentina. Pero hay algo: el gesto tímido, la forma en que aparta el cabello oscuro del cuello, la manera insegura en que sostiene la copa. Es un reflejo imperfecto. Pero basta. —Esa —digo, señalando con el puro—. Al privado. Ahora. Arriba el ruido se amortigua. Solo queda el latido sordo de la música atravesando el suelo. Ella entra con una sonrisa ensayada, demasiado dulce y falsa. —Hola, guapo —dijo, y su voz tenía un deje eslavo, un arrastre que intentaba sonar seductor—. Me dijeron que buscabas algo… exclusivo. Algo diferente. —Cállate. Dos sílabas planas, cortantes. El efecto fue instantáneo. La máscara se quebró por completo. El miedo, auténtico, primitivo que emanaba de mí, inundó sus ojos y tensó cada músculo de su cuerpo. Un temblor casi imperceptible recorrió sus manos. Algo que podía manejar, moldear, destruir si me placía. Dejo mi asiento y me acerco a ella, levanto una mano y le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos. Su piel estaba fría, como mármol en una cripta, pero húmeda de un sudor nervioso. Mi otra mano descendió, deslizándose por la curva de su muslo, la tela sintética del vestido crujió débilmente bajo la presión de mis dedos, y continuó su ascenso. Encontré la piel, suave y tensa, el músculo contraído bajo la superficie. —Mírame —le ordeno—. Aquí no hay espectadores que impresionar. No hay un público que engatusar. Solo existe mi mirada. Y esta noche —añadí, acercándome más aún—, tu única razón de existir es llenarla. ¿puedes hacerlo? —Sí, señor. —No, si, amo. —Si, amo. La levanté con facilidad, la apoyé contra la pared con un golpe sordo, y no hubo delicadeza en el gesto, solo la mecánica eficiente, brutal, de la posesión. Mis manos no acariciaron; trazaron mapas de dominio sobre su cuerpo, afirmando territorio. Mi boca no besó; dejó marcas en su cuello, en sus hombros, que no eran muestras de afecto, sino sellos de propiedad, como el hierro candente sobre el pellejo del ganado. Cerré los ojos, buscando aislarme en la oscuridad, en la pura sensación física. Y, sin embargo, la vi a ella. No la monja humillada y llorosa de después, sino la mujer de antes, la del instante preciso de su entrega. La que, en el clímax de su sacrificio, me había mirado con una claridad de hielo y fuego que me había desnudado por completo. No con el miedo tembloroso ante un demonio, no con la devoción ciega hacia un dios. Sino con el reconocimiento devastador, terrible, de un igual en la caída. —¡Maldita seas! —gruño Redoblé la furia, convirtiendo el acto en un exorcismo violento. No era sexo. Era un ritual de expulsión, un intento de ahuyentar a un espíritu indeseable a fuerza de carne, sudor y dominio. La llevé al borde una vez, y su gemido fue agudo, sorprendido. No me detuve. Otra vez, y su cuerpo se convulsionó, los músculos de su vientre palpitando bajo mi mano. Una tercera, y sus sonidos ya no eran más que susurros quebrados, caricaturas deshilachadas de placer. Busqué en cada una de esas rendiciones físicas, en cada espasmo incontrolado, el eco lejano, el reflejo distorsionado, de otra rendición, más profunda, más significativa, que se me había negado. La rendición del alma, no del cuerpo. Finalmente, cuando ya no quedaba nada más que tomar de ella, cuando el vacío dentro de mí seguía tan intacto y hambriento como al principio, un rugido sordo, nacido de las entrañas de mi frustración, me desgarró la garganta. Me hundí en ella hasta el fondo, con un último acto de conquista violenta y desesperada, vertiendo en su interior no vida, sino una marca. Una posesión física total, como si, al llenarla por completo, pudiera, por un solo y efímero segundo, dejar de sentirme yo tan vacío. El silencio que siguió fue absoluto, pesado, roto solo por el jadeo entrecortado y agónico que salía de sus labios cuando me separé de ella. Me ajusté el cinturón, arreglo mi traje y saco un fajo grueso de billetes sin contarlos. Con un gesto de desprecio total, los arrojo a sus pies, donde yacía desmadejada, su piel brillante bajo una capa de sudor frío y marcada con el rojo violáceo de mis dedos y mis dientes. —Es más de lo que valen tus servicios. Y sobra decir que esto no se repite. Giro sobre mis talones y salgo de la habitación cerrando la puerta tras de mí. El clic del cerrojo al encajar fue el sonido más elocuente, que había escuchado en toda la larga y ruinosa noche.
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