VALENTINA Me siento, el sobre aún apretado contra mí como una segunda piel. Él se sienta frente a mí, pero no me mira fijamente; observa el jardín, dándome espacio. Al momento, la mujer entra sin hacer ruido, coloca una bandeja con dos tazas humeantes de café n***o, unos panecillos sencillos y un pequeño cuenco con mermelada casera. Asiente levemente a Marco y se esfuma, cerrando la puerta de tras de sí. —Coma algo —dice él, no como una orden, sino como una sugerencia médica, señalando los panecillos—. Aunque sea un bocado. Pero no puedo. Mi garganta está cerrada por un nudo de angustia. Las preguntas me asaltan como avispas: ¿Cómo vuelvo al orfanato? ¿Qué excusa daré por mi ausencia? ¿Dónde esconderé este dinero maldito que me quema las manos? ¿Y después? El vértigo es total. —¿Quiere

