Alessandra Al subir al departamento tomados de la mano como dos enamorados felices, mirándonos de vez, en vez y sonriendo como dos niños traviesos por sus fechorías cometidas. Estoy viviendo un sinfín de emociones y culpa, mucha culpa. —Guarda silencio— le advierto al abrir la puerta. Las luces están apagadas, lo más probable es que Rita ya duerma plácidamente. Entramos y me rodea por la cintura, apegándose por mi espalda. —Quieto—lo aparto—, no vivo sola. Estamos aquí solo para curar la herida. Está bien. —Entendido— aparta sus manos y sonríe ligeramente. Enciendo y lo conduzco a la pequeña sala. —Ponte cómodo, ya regreso con el botiquín. Apresuro el paso hasta el baño, no evito detenerse frente al espejo unos segundos, me arregla un poco, y salgo con el botiquín en las manos. Al

