Capitulo 3. Realidad.

2036 Words
Capítulo 3. *Realidad. *Esmeralda Harper. Siento la presión en mi vientre mientras juega con dos de sus dedos dentro de mí, tocando algo adentro que me debilita. Él lo llama el punto G; para mí es la gloria que me pone a su merced ante la sensación que me tiene jadeando de manera intensa sobre la cama. Mueve sus dedos como si me follara con ellos. Me pierdo ante tanta sensación que me hace temblar al sentirlo entrar en mí de golpe. Aprieto su espalda rasguñando un poco su piel, mientras correspondo a su intenso beso, ante su fuerte agarre en mi mandíbula y la manera agresiva y excitante con la que muerde mi labio inferior, que retiene hasta que por fin me libera sin soltar mi mandíbula, que aún sostiene apoyando su frente con la mía. Jadeamos con intensidad, estamos sudados y con ganas de no parar, hasta que un fuerte orgasmo nos invade. Él va disminuyendo sus embestidas hasta quedar con movimientos lentos, pero excitantes, mientras nos miramos a los ojos, terminando en un corto beso. Me muevo un poco para darle espacio y lo dejo acomodarse a mi lado; de la nada lo noto buscar en una de las gavetas de la habitación; de ella saca una pequeña caja con una botella de agua mineral sellada que me entrega. —Tómatela. —Ordena y yo lo hago ante su mirada fría. —Saca la lengua. —Vuelve a ordenar y así lo hago. Al comprobar que me he tomado la pastilla, se acerca y une su lengua con la mía y, con maldad, me toma el cuello llevándome contra la cama de nuevo, donde lo observo detenidamente mientras juega con mis senos y mi vientre, que muerde y chupa sin previo aviso, sacándome fuertes jadeos que me descontrolan, haciéndome cerrar los ojos mientras le acaricio el cabello. Al abrirlo, me asustó ante su cercanía; lo miro a los ojos mientras lo acaricio, llegando a sus labios, que recorro con mi pulgar, tomando la iniciativa para besarlo. * Entre un beso tras otro, pierdo la noción del tiempo; no sé cómo funciona esto. Lo último que recuerdo es que le hacía cariño en su nuca con mis uñas mientras nos besábamos. Él me ha hecho una pregunta, no recuerdo muy bien, creo que preguntó mi nombre, y le respondí muy débil ante mi cansancio, que me lleva a cerrar los ojos, quedándome dormida, y él también. De repente siento que me abofetean un poco fuerte y abro los ojos asustada, notando al hombre que me ha traído hasta aquí esta noche. Me hace una señal para que me levante y lo haga con cuidado; no quiero irme, pero me obliga a levantarme y así lo hago. Me levanto de la cama con mucho cuidado, tomo mis cosas y me visto lo más rápido que puedo; apenas me deja terminar. El hombre cierra un poco la puerta, esperando que termine de vestirme, evitando que la luz del exterior entre y despierte al hombre que aún duerme boca abajo. Esos pocos minutos me sirven para despedirme de él; lo veo por unos segundos, aún lleva su máscara y yo la mía; en este paquete está prohibido quitarla, no para proteger nuestra identidad, sino la de ellos. Es evidente que es alguien importante, pero a mí no me importa; me ha dado una noche que sin duda no podré olvidar. Me agacho un poco a él; está boca abajo, dormido. Me acerco sin tocar la cama y le doy un beso suave en los labios y el hombro, me despido de él y salgo de la habitación, donde el hombre me toma del brazo, asustándome. —¿Qué pasa? ¿Qué hice mal? Pregunto muy asustada ante su actitud. —Tienes que salir de ahí cada vez que se queden dormidos. A ver, abre las manos. No entiendo qué hace hasta que empieza a revisarme; cree que soy una ladrona, que quizás me robe alguna prenda o dinero. No nos permiten tener nada, ni propina, a menos que ellos personalmente no la den. —Bien, camina. Aún me sostiene del brazo llevándome al coche. —Puedo caminar, puedo sola. —Digo soltándome de su agarre. Él me mira con enojo y yo lo miro de igual manera; me irrita su maltrato. Me abre la puerta del coche y yo subo sin esperar que me obligue a hacerlo; en cuanto estoy lista, él sube, sacándome del lugar que guardo en mi mente. Los recuerdos se quedan grabados en mí; ese hombre no sale de mi cabeza, aunque no pude verle bien su rostro; lo que me hizo sentir me eriza la piel de solo pensarlo. Al llegar a la enorme casa repleta de seguridad, camino directamente a mi habitación. Parece que todos están durmiendo; no se ve nadie más que los hombres de seguridad, ninguna de las chicas está, así que sin perder más tiempo me encierro en mi cuarto. Al hacerlo, una alarma suena; me acerco para mover la perilla de la puerta con una intuición que resulta correcta: me ha encerrado. No puedo creer que realmente sea cierto. Camino por el lugar notando sobre la cama varias bolsas; al empezar a sacarlas, noto que es ropa, mucha ropa, casual, íntima de estar en casa. Tomo lo que puedo y me voy a la ducha, donde noto los chupones que me ha dejado ese hombre; solo tocarlos me hacen recordar cuando me los hacía. Se me eriza la piel de solo recordarlo, jadeo al pensar en él dentro de mí; no puedo explicarlo, pero me hace sonreír a pesar de todo. Mi primera vez superó mis expectativas, aun no siendo con la persona que amo. Al terminar de bañarme, me cambio de ropa y me subo a la cama, donde me quedo dormida. No pasa mucho tiempo cuando siento otra fuerte bofetada. Este es el límite; abro mis ojos y ahí está él, así que me levanto de golpe y reacciono dándole una fuerte bofetada como respuesta. —¿Qué carajo? —dice muy serio. No le bajó la mirada; al contrario, se la mantuvo. —Eres una hija de puta. —Dice, tomando mi cuello y arrojándome a la cama de manera agresiva. —No vuelvas a bofetearme. —Le escupo la cara sin pensar en lo que hago y él me levanta en el aire. —Te voy a enseñar a respetarme. —Me abofetea fuerte con su mano libre y yo rasguño su piel. —Haaa, perra. No pienso dejarme maltratar por este hombre que no tiene ningún derecho a hacerlo. —Para, Esmeralda, bájala, Ismael. Llega, la mandan ante el escándalo y él me arroja sobre la cama donde toso con dificultad ante la asfixia que me ha provocado. —Mira cómo me ha dejado la hija de puta. —Dice muy enojado. —Tú no tienes ningún derecho a abofetearme cada vez que te viene en gana, no te lo voy a permitir. —Basta los dos ya, Esmeralda, acércate. La mujer me mira con seriedad y yo me levanto caminando a su encuentro; al estar frente a ella, me quita la mano que tengo sobre mi cuello, notando las marcas de la mano de ese animal. —Ve a desayunar, tienes mucho que hacer hoy. Pantera, indícale la salida. Me volteo para verlo y le saco el dedo medio al imbécil que me mira con seriedad. Los dejo solos, no sé de qué hablan, pero discuten. Camino junto a Pantera al comedor, donde por fin conozco al resto de las chicas; vaya que son muchas, muy hermosas, casi unas niñas como yo. Todas platican distraídas hasta mi llegada. —Bienvenida, Esmeralda, siéntate en esta mesa. —Dice Pantera mientras todas me miran de manera extraña. Me siento y en pocos minutos Pantera llega con una bandeja con algunos panqueques y cremas, un buen desayuno; hay de todo, huevos, tocino, crema de leche. Muero de hambre, así que tomo un poco de todo y lo como despacio. —Cuéntame, ¿cómo fue tu noche? ¿Te divertiste? Al decir eso, Pantera llama la atención de muchas de las presentes en la mesa. —Sí, Esme, cuéntanos. Yo sonreí algo incómoda por ser el centro de atención hasta que llega una chica. —No la agobien, le tocó la suite dorada; de seguro ese hombre la trató como a una sumisa. —Sí, es muy dominante, muy intenso. —A mí me ha torturado hasta el punto de hacerme orinar. Todas ríen como si lo que dijeran fuera algo normal, empiezan a hablar de mi hombre y de otros hombres que se pierden en mi respuesta. Parecen amigables, muy buenas personas, confiables; me río al igual que ellas de sus locuras; lo hacen parecer que no es tan malo. El desayuno se pierde entre historias hasta que muchas se van retirando y poco a poco nos van dejando solas a Pantera y a mí. —¿Bien? ¿Qué tal fue? Algunas chicas me miran con seriedad, otras están atentas a mi respuesta; yo me sonrojo, ya que él no fue lo que todas creen que fue, y me sorprende saberlo, si es que hablamos del mismo hombre. —Lo hicimos, él se portó tan bien, incluso se quitó el preservativo para no lastimarme. Todas se quedan heladas. —¿Qué hizo qué? Al ella decir esas palabras, algo suena, y la mandan aparece de la nada, como si todo esto fuera planeado para sacarme información. —Llévenla al sótano —ordena. De inmediato veo a Pantera. —¿Pantera, qué pasa? —preguntó incrédula. Unos hombres se acercan a mí, entre ellos Ismael, quien me toma de los brazos a la fuerza. —No, ¿qué hacen? SUÉLTENME, Pantera, ayúdame. —Lo siento, Esme. La veo a los ojos confirmando lo que pensaba: nadie se mete, ni siquiera le dan importancia, y en ese momento entendí que en esta profesión, nadie es amigo de nadie. Me llevan a rastras por unos pasillos que jamás había visto; por más que grito y peleo, nadie me hace caso. Puedo ver en los labios de Ismael una sonrisa; quizás esta sea su venganza. No sé qué me harán, así que empiezo a moverme con más fuerza y logro liberarme. Corro a la salida para pedir ayuda, siendo atrapada por Ismael, quien me sostiene mientras una mujer me pone una inyección que no tarda en hacerme sentir débil. Me llevan a una camilla donde Ismael me desnuda por completo; no puedo moverme, me siento tan débil que mi cuerpo no cede a lo que mi mente ordena. La mujer empieza a revisarme, me toca los senos, mi abdomen, notando los chupones que me ha dejado ese hombre. Puedo ver qué es una evaluación médica; la mujer coloca dentro de mí un espéculo y me saca algunas muestras. Me tiene abierta a su merced; estando ella y yo sola, la miro y tomo con debilidad su mano. —Ayúdeme. —Le pido débil y ella no me da respuesta. —Relájate, solo es una evaluación médica. Dos hombres llegan y ella les entrega la muestra; empiezan a analizarla, mientras ella me analiza haciéndome una ecografía. —Tranquila, no aprietes, afloja. Así lo hago, permitiendo que terminen con esta tortura. Me hacen muestras de sangre, me evalúan por completo; en poco tiempo le dan a ella los resultados y de la nada saca una caja de la gaveta y toma mi brazo izquierdo, lo ata a la camilla y me coloca la aguja en el brazo. —Implante insertado, está totalmente sana —dice la doctora a la mandan que llega. —Excelente. Llévenla a su habitación. —Ordena la manada. Ismael me coloca una bata y me carga en sus brazos. Me lleva de vuelta; puedo ver a varias chicas en la piscina mientras que otras hacen fila en uno de los pasillos que guían a una habitación. Al llegar a mi habitación, Ismael me deja sobre la cama y me da una pequeña bofetada con una ligera sonrisa mientras lo miro agonizante para no dormirme. —Ya no eres tan fiera, ¿no es así, cariño?
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