Capítulo 4.
*Fuera de lugar.
Me despierto con un dolor de cabeza insoportable que me domina; apenas puedo abrir los ojos mientras trato de sentarme, confirmando que estoy en una de las suites del edificio de las damas de compañía. Los detalles de la noche vienen a mi mente en pequeñas fracciones de recuerdo que completo ante las manchas de sangre en las sábanas y la imagen de una dama que me entregó a mí su pureza, como lo llaman. Me levanto de la cama notando que es la primera vez que se van sin que les dé la orden de hacerlo; reviso mis pertenencias y todo está intacto. Camino a la ducha, donde tomo un baño de agua tibia y me preparo para volver a mi departamento. Antes de salir, un recuerdo fuerte viene a mi mente, llevando a una parte de la intimidad en la que ella me aprieta la espalda; el ardor en la zona confirma lo que mi mente recuerda: me ha rasguñado. Eso me irrita un poco. ¿Qué demonios me pasó con esa chica? Al salir de la ducha me cambio y tomo mis cosas saliendo del lugar. Al llegar a la entrada, enciendo mi moto BMW S1000RR negra y me coloco mi casco, saliendo del lugar al cual frecuento en diferentes ocasiones. Una noche algo agitada me incomoda ante el ardor de mi espalda y lo que pudo haber pasado anoche.
Conduzco directamente a mi casa, donde me quedo todo el día, pasando la resaca. Es de noche y estoy revisando algunos documentos que me ha enviado mi abogado. Mi padre, sin duda alguna, después de muerto, aún me sigue fastidiando la vida ante esta cláusula que se supone que, para mis 26 años, ya debería ser liberada; parece que para él no soy lo suficientemente capaz y responsable para asumir lo que por ley me corresponde y por lo que me ha hecho sacrificar parte de mi vida. Simplemente, me castiga dejando a mi tío de albacea de todo hasta que cumpla sus estúpidos caprichos; me frustra que quieran limitarme a lo que quiero. Soy del tipo que lo que quiere lo consigue, cueste lo que cueste, y esto no será la excepción.
*
Tras pasar la noche verificando algunos documentos, me preparo para ir a la gran empresa Fernel, un corporativo internacional automotriz que produce todo tipo de repuestos para autos; además, sé su venta a nivel nacional de coches de la última generación que se traen para clientes exclusivos de alta gama, fuera de las dos sucursales automotrices de la familia, junto a una gran distribuidora de vino cosechado por la gran familia, pasado por generación en generación, de la que me han impuesto aprender todo, siendo el legítimo heredero a la cabeza de mi familia, viviendo bajo las sombras de mi insoportable tío Roberto Fernel.
—Ahí estás. ¿Estuvo muy buena la fiesta?
—Veo que no pierdes el tiempo para joderme la vida, Roberto.
Lo noto mover su silla de ruedas en mi dirección y me aparto con seriedad.
—No me hables así, cuando lo único que yo he hecho es cuidar de ti, de tu hermana y tu madre, velar por sus intereses.
—Y los tuyos, porque te adueñas de lo que no te pertenece.
Me mira con seriedad; estoy siendo claro porque no soy hipócrita ni mucho menos, odio a la gente falsa y la desecho sin pensarlo.
—Estás molesto, entiendo, a ti no se te puede complacer.
—Me estás limitando el dinero, ¿quién carajo te crees?
—Tu tío, eso soy, tu albacea.
—Es mi dinero, me corresponde, he trabajado por él desde que tengo memoria, ¿Y ahora me salen con que tengo que casarme para poder recibirlo? ¿Acaso te volviste loco? Yo quiero ser miserable como tú.
—Tu padre, solo deseaban asegurarse de que sientes cabeza, Ricardo; tu vida de libertinaje no nos ayuda en nada, nos llevarás al fracaso.
—Es mi dinero, ¿qué carajos le importa a él si me caso o no? Ese dinero me pertenece. —Digo, golpeando la mesa fuerte.
—Pues solo lo tendrás cuando te cases, es la decisión de tu padre y así la respetaremos.
—Tú no tienes derecho a imponerme nada.
—Pues te recuerdo que soy tu tío.
—Me da igual, no eres quién para prohibirme tomar lo que me pertenece; soy el dueño de todo esto.
—Entonces cumple con tu deber, estás fuera de control, haces lo que quieres cuando quieres, no sientes cabeza, esta familia necesita un heredero.
—¿Y por qué no se lo das tú? Así, cierto, no puedes, entonces te aferras a mí porque te quedaste en una puta silla de ruedas y pagas tu amargura conmigo; te recuerdo que tú eras peor que yo.
—Y por eso quiero lo mejor para ti. Esas salidas con mujeres perdidas, esas no te darán un heredero, por lo menos, no uno digno. Mira, entiendo que te hirieron, hijo, esa mujer no va a volver, solo piensa en lo que haces, toma buenas decisiones y haz lo correcto. Las putas que frecuentas solo pueden proporcionarte placer, no son nada más que eso, putas, pagas por su servicio, nada más, no son mujeres que sirvan, son repugnantes.
Lo miro con seriedad ante sus palabras, cambiando mi expresión a burla.
—Te ha jodido una de ellas, puta como la llamas, ¿No es así?
Noto cómo se acerca un poco más a mí y retrocedo.
—Escucha, si tan solo te comprometes con alguien real, te daré las empresas por las que tanto peleas.
—No quiero miseria, lo quiero todo o nada, y tú no puedes interponerte en que lo tome.
—Entonces no tendrás nada. Quieres el dinero y el poder de tu gran nombre, trabaja para conseguirlo, cumple los deseos de tu padre, es simple, demuéstrame que has sentado cabeza y te daré lo que es tuyo.
Lo miro con seriedad; odio cuando me obligan a hacer las cosas que no quiero. Nadie se burla de mí, eso lo tengo por seguro; esto lo pagará caro, como que me llamo Ricardo Fernel. Tomo la carpeta y lo miro con seriedad antes de salir arrojando la puerta que tiembla ante la fuerza que emito al cerrarla; sin duda, él sabe cómo sacarme de quicio. Al salir de la empresa, me subo a mi coche, conduciendo directamente a la familia automotriz en la que laboro desde que tengo memoria, un cargo humillante ante el hecho de que soy el dueño de todo esto y que ante los demás ahora soy un títere más de mi tío. Estoy bastante enojado por la situación; que arrojo algunos documentos que están sobre el escritorio.
—Señor, señor…
—¿Qué pasa, Gabriela?
—Un hombre quiere verlo.
—¿Qué hombre es ese?
—Dice que viene de parte del príncipe Mohamed, es su representante, señor.
—Bien, solo dile que pase. —Digo, calmándome un poco.
—Sí, señor, permítame recoger este desastre.
Le hago una señal a la mujer, que se mueve de inmediato. Al estar listo, me reuní con uno de los representantes del mayor socio de la empresa. Nos acaban de hacer un enorme pedido y quieren que seamos nosotros los que cubramos el envío. Para la empresa no hay ningún problema, siempre nos hacemos cargo de grandes envíos al país y este no es la excepción, pero esta vez voy a jugar a mi manera. Empiezo a tocar la puerta y el hombre accede a hacer la transferencia a mi cuenta personal, no hay problema, ya que la empresa y sus alrededores llevan mi apellido por doquier, una gran entrada ante la estúpida idea de mi tío de limitarme el dinero, mi única fuente de diversión por la cual consigo todo lo que se me viene en gana, un acuerdo justo, que me complace, pero no es suficiente, nunca lo es para mí, cuando soy un hombre que no se conforma con migajas; lo quiero todo y no voy a descansar hasta que lo obtenga.
*Dos días después.
Despierto nuevamente ante el sueño del cuello de una dama; un lunar que logro tocar y acariciar me incomoda. El recuerdo de fuertes jadeos me despierta de golpe. Estoy tan duro ante ese sueño que me levanto tocándome para bajar la ansiedad que los recuerdos de esa extraña mujer ocasionan en mí. Tardo mucho para controlar mi pulso y me enoja el hecho de que permito que una mujer cause este efecto en mí, sobre todo una a la que ni siquiera le vi el rostro. Dos noches seguidas y no lo controlo; cierro los ojos y el recuerdo de ese lunar está en mi mente. Es increíble que después de tanto tiempo esté pasando por esto. Desde Alejandra no había pensado en una mujer de manera tan constante; incluso con ella a mi lado, no tenía sueños húmedos, ni ninguna de esas estupideces como recordar el cuello de una mujer y el lunar en él. Me está sacando de mí, ya casi una semana de esa noche y los recuerdos llegan cuando más relajado estoy; incluso estar con otras mujeres me hace compararlas; sin querer las detallo y me detengo ante lo loco que parezco pensando en esa extraña.
En este momento estoy en mi oficina tratando de trabajar; estoy, como de costumbre, muy enojado ante las nuevas estupideces de mi tío. Ahora ha llamado a mi madre para que ella trate de convencerme de que Estefany Miller, la distinguida empresaria sobrina del mejor amigo de mi tío, es un gran partido para mí. Aún no le cabe en la cabeza que no quiero ningún compromiso con nadie, no deseo pasar por esa idiotez del amor y las relaciones; eso no está hecho para mí. Estoy que exploto ante el hecho de que quieran arreglarme la vida a su antojo, que mi madre y mi hermana se presten para semejante farsa; de seguro esa mujer no le interesa más que mi dinero. Así son todas y, cuando te ven sin nada, se van con el mejor postor, como Alejandra, que no dudó en cambiarme por cualquier imbécil con más dinero, pero tarde se dio cuenta de que lo que le ofrecía valía más que eso. Ahora que se vaya al demonio; disfruto más como estoy, soltero, sin preocuparme por estupideces; tengo lo que quiero, hago lo que quiero y follo con quien me viene en gana. Muchos dicen que el dinero no compra la felicidad, pero mientras me pague todo lo que deseo, para mí sí lo puede todo.
—Disculpe, joven, el señor Lorenzo Jones.
—Dígale que pase.
—Como ordene, señor.
—Ricardo.
—Lorenzo.
Ambos nos saludamos con un fuerte abrazo.
—Por fin logro verte, hermano, ¿qué te pareció mi regalo?
—Precísame de ello, quiero hablarte. Quiero su código, dame la tarjeta de esa chica.
Le hablo un poco serio y enojado, llamando su atención.
—Hermano, no la tengo, la perdí, ¿por qué? ¿Qué pasa?
—Encuéntrala, la quiero.
—¿Me dirás qué pasa?
Pregunta con preocupación ante mi actitud; me levanto y camino hacia la ventana metiendo mis manos en mi bolsillo. Me detengo por unos segundos y, sin pensarlo más, me volteo en su dirección.
—La quiero en mi cama de nuevo, ¿se te hace difícil de entender?
Le digo sin darle tanta vuelta al asunto y él sonríe con maldad.
—No quiero imaginar lo que pasó en esa habitación para que te pongas así; lo averiguaré. Estaba muy drogado y ebrio esa noche; buscaré su código y te lo daré.
—Bien, ahora cuéntame, ¿cómo te fue en Londres?
Cambio el tema rápidamente, porque no soy hombre de divulgar lo que hago en mi intimidad; Lorenzo me conoce y, aunque se muere por saber, no hace más preguntas sabiendo que no logrará sacarme nada.
*Semanas después.
Las semanas pasan y es como si se la hubiera tragado la tierra; no la saco de mi mente, pero no me incomoda. Ese lunar en su cuello me lo sé de memoria, al igual que el que tiene en el lado derecho de sus caderas. Aun cuando Lorenzo no logra hallar su código, encontró una tarjeta, pero no era ella. Me enviaron a otra chica y, así como ella, han pasado varias por mi cama y ninguna con las descripciones de ella; simplemente lo he obviado, a pesar de que no puedo evitar levantarme en ocasiones, tan duro que empieza a molestarme. Esta noche saldré a un club con Lorenzo y Steven; tengo la noche asegurada y las ganas de perder el control con buen sexo agresivo, promete, y no hay nada más excitante que una sumisa que cumpla todos mis deseos.