Capítulo 3

4121 Words
Matt despertó temprano, y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, tratando de no hacer mucho ruido. Monder había vuelto a salir en la madrugada, tras quedarse un rato viendo a Sara dormir, y había despertado al hada para decirle que estaría en el pueblo de los enanos resolviendo unos “asuntos”. Alguien tocó la puerta, y al escuchar aquella voz dulce y grave al mismo tiempo, se puso helado. -¡Hey Matt, ábreme! ¡El olor a pan de frutas llega hasta la laguna! Era Marco, su amigo mago-ninfo del que le había hablado a Sara. No se esperaba para nada la visita del mago, él siempre se pasaba por el reino de las hadas y las ninfas los fines de semana, y que llegara justo en estos momentos, cuando la protegida de Monder estaba en su casa, no era para nada bueno. -¡Un momento, no estoy vestido! – mintió Matt, y corrió hacia la cama de Sara. -Hey, humana, despierta – le susurró a Sara, zarandeándola del hombro. -Hmmm ¿Qué pasa? – preguntó Sara, aun medio dormida. -¿Recuerdas al amigo mago-ninfo del que te hablé? Va a entrar aquí, y por nada del mundo te puede ver. -¿Qué tiene de malo? No pienso caer en sus encantos – dijo ella tranquilamente, estirándose para desperezarse. -¡Mathlon! ¿¡Por qué demoras tanto!? – escucharon gritar al mago. -Por favor, ve al segundo piso y escóndete en el armario, enserio, no te puede ver, él y Monder se odian. -Ok, me esconderé – dijo Sara de mala gana, y subió rápidamente pero con el suficiente cuidado de que sus pasos no se oyeran. Cuando el hada estuvo seguro de que Sara estaba escondida, abrió la puerta, y su amigo lo saludó con un fuerte abrazo. -¡Matt, hace mucho no te veía! – dijo Marco, pasando directo a la cocina. -Sí, hace tres días que no nos veíamos – dijo el hada, enojándose al ver que su amigo prácticamente se comía todo el pan en un 2x3 –. No esperaba tu visita. -Ya salí a vacaciones en el instituto mágico ¿no te había dicho que salía esta semana? -No me acordaba…- y era la verdad, Matt no recordaba, ya que cuando Marco le había dicho, él estaba ebrio gracias a la cerveza de los enanos. -¿Y que más que pasar mis vacaciones aquí? con bellas ninfas y hadas – dijo Marco, terminándose el pan, y mirando seriamente al hada –. Te noto raro Matt. -¿Yo? ¿Raro? ¿Por qué tendría que estar actuando raro? -Escúpelo todo Matt, no eres bueno ocultando cosas – dijo el mago, tomando un sorbo del jugo de fresa que había preparado el hada –. Además, hablé con tus vecinas y…me dijeron que ayer hubo mucho escandalo aquí, y que la vocecilla del escándalo era de una hembra – dijo el mago, y Matt se heló –. Y que también te habían visitado los idiotas de Monder y Permian. -Bueno, ellos vinieron con…alguien, pero ya se fueron – dijo Matt, con voz temblorosa. No era bueno mintiendo. Sara casi no escuchaba lo que los chicos estaban hablando. Sintió un pinchazo en el tobillo, y al agachar la cabeza para mirar, vio que se trataba de una hormiga. El dolor que le había causado la picadura, y su miedo a todos los insectos, la hizo gritar y salir del armario. -¿Sara? – gritó Matt, mirando al segundo piso, preocupado. -¿Se llama Sara? – Preguntó el mago –. Bonito nombre. En cuestión de segundos, el hada y el mago ya habían llegado al segundo piso, y encontraron a Sara sentada en el suelo, frotándose el tobillo. -¿Qué pasó? – le preguntó Matt, agachándose a su lado. Ya que el cabello de Sara estaba suelto y tapándole la cara, a Marco le era imposible verla. Intentó leer su aura, pero se extrañó al notar que…no tenía, y dudaba que fuera una vampiresa, podía escuchar su respiración con su avanzado sentido auditivo, así como los latidos de su corazón, un corazón muy fuerte. -No eres alérgica a las hormigas ¿verdad? – le preguntó Matt, y ella negó con la cabeza. Sara pudo ver la figura de alguien más cerca de ellos, y al levantar su rostro, se encontró con un rostro que la dejó casi que en shock. Aquel chico, que no aparentaba tener más de 20 años humanos,  era inexplicablemente hermoso, su belleza era comparable con la de Monder y Permian, era poseedor de unos ojazos color ámbar, casi brillantes, facciones fuertes pero delicadas a la vez, una estatura que debía ser la misma de Monder, y un cuerpo bastante fornido; su cabello era de un color castaño rojizo, casi llegando a pelirrojo, y le llegaba por más debajo de las orejas, orejas que por cierto, eran puntiagudas como las de Matt. Marco, por su parte, también quedó hipnotizado, la chica era realmente hermosa, incluso superaba en belleza a muchas ninfas. -Tengo un ungüento especial para las picaduras, voy a buscarlo – dijo el hada, ayudándola a levantar y corriendo hacia donde tenía una caja llena de cosas curativas. -Hola preciosa, soy Marco Ganger – se presentó el mago, ofreciéndole su mano. -Soy Sara…Sara Wood – dijo ella, estrechándole desconfiadamente la mano, para soltarse rápidamente. No quería que se la besara. -Con este ungüento te pasará el dolor – dijo el hada interrumpiéndolos y agachándose para aplicarle el ungüento. -¿Qué clase de criatura eres? – le preguntó Marco a Sara. -No es de tu incumbencia – le respondió ella bruscamente. -Está bien Sara, podemos confiar en Marco – dijo el hada, incorporándose. -Soy…humana – dijo ella incomoda. Se sentía como un bicho raro en aquel mundo. -¿Humana? – Preguntó Marco, asombrado - ¿Y qué haces aquí? -Es la protegida Monder, y no hagas más preguntas – dijo Matt, cortante. A Marco se le hirvió la sangre al escuchar el nombre de aquel ángel detestable. -Si alguien se entera de que hay una humana aquí, los primeros en cazarla serán los vampiros – dijo Marco, y Sara no evitó sentir un escalofrío. -Es por eso que no saldrá de aquí – dijo el hada, mirando a Marco –. Y será mejor que no sigas aquí para cuando Monder vuelva. -No pensaba quedarme aquí mucho tiempo de todas formas, unas ninfas me están esperando en la laguna – dijo, dedicándole una mirada coqueta a Sara –. Estaré ahí por si me necesitan – mira a Matt –. Nos vemos esta noche en la taberna. -Si a Monder se le da por irse en la noche, no puedo dejar sola a Sara – comentó el hada. -Pues…la llevas – dijo el mago, sonriendo pícaramente –. Todos en la taberna estarán ebrios, ni siquiera se darían cuenta de que ella no tiene aura, cosa que por cierto me causa curiosidad, pero luego hablaremos de eso.     Ya con las cosas calmadas en el mundo mortal, los arcángeles ya estaban menos estresados. Rafael se dirigió a los aposentos de Miguel, dispuesto a recibir respuestas. Cuando se trataba de asuntos del cielo y el infierno, Dios siempre le contaba a Miguel y a Gabriel, y después de que en el Conclave Dios hablara a solas con Lucifer, todos los ángeles habían quedado intrigados. Rafael ingresó sin siquiera tocar la puerta, y vio a su hermano, sin la armadura que siempre usaba y en vez de eso con una camisa fina blanca, pantalones blancos y sin calzado, apoyado en el barandal del balcón. Prácticamente los únicos que podían ver a Miguel en su faceta domestica eran Rafael, Gabriel y Monder. -Tú y tu costumbre de no pedir permiso para entrar a mis aposentos – dijo Miguel, mas como comentario que como regaño. -No soy otro de tus subordinados, soy tu hermano – dijo Rafael, apoyándose de espaldas contra el barandal, mirando fijamente a Miguel - ¿Todo bien? -Luc quiere acelerar el apocalipsis – respondió el príncipe del cielo, refiriéndose a Satanás –. Y llevarse el alma de la última de la descendencia de nuestro Padre. -Sara ¿verdad? – preguntó Rafael, y su hermano asintió. -No es bautizada, así que puede manejarla a su antojo, e incluso si fuera bautizada, rompería las reglas y se la llevaría de todos modos – dijo Miguel y bufó –. Pero tendrá que vérselas conmigo primero. -Crees que esa chica, Sara ¿sea la de la profecía? ¿La que dará a luz a los dos hijos de la luz? -Con todo lo que está pasando, no habría duda – exhaló, como si estuviera conteniendo el aire –. Tal vez Luc también cree eso y por eso quiere llevársela. -Nuestro Padre no lo permitiría, Él es el Todopoderoso, bajaría él solo al infierno para rescatar a Sara. -Si lo hace, Luc no dudará en volver a causar un cataclismo mucho peor, y esta vez en ambos mundos – dijo el arcángel, cruzándose de brazos –. A veces me pregunto por qué nuestro Padre no acaba con él de una vez por todas. -A Sara no le pasará nada, está en buenas manos – dijo, y Miguel lo miró sorprendido –. Hey, yo también confío en Monder. -¿Y si Luc supone que Sara está en el mundo mágico? – escucharon hablar a Uriel. No habían notado su presencia, esta al parecer había estado un largo tiempo a un lado de las puertas del balcón. -Es ilocalizable, nuestro Padre inhabilitó su aura – dijo Rafael. -Les recuerdo que en ese mundo hay brujos por todas partes, y son muy amigos de los demonios – dijo la arcángel, sentándose en el barandal. -Ella está en una zona segura, el pueblo de las hadas y las ninfas es sagrado, ningún ser oscuro se ha atrevido a entrar ahí desde la tregua que se hizo después de la guerra – dijo Rafael. -Pero sí hay un habitante del reino de los brujos que entra constantemente – mira a Miguel - ¿O me equivoco? -El hijo de Oslakit no representa ningún peligro – dijo el arcángel, refiriéndose a Marco –. Además…no es un brujo, es un mago, no tiene contacto con los demonios. -Nunca hay que confiar en nadie – dijo Uriel, bajandose del barandal, dispuesta a irse, pero voltea antes de salir del balcón –. Recuerden que Lucifer antes era la mano derecha de nuestro Padre.      Sara estaba acostada, mirando al techo. No había mucho que pudiera hacer, ya había tratado de distraerse con asear un poco la casa, y hasta había ayudado a Matt con el almuerzo (que solo constó de frutas y verduras) y luego habían ido a una riachuelo que estaba cerca para que Sara pudiera bañarse. Sara había estado mirando las cosas que Matt tenía en su “habitación”, y entre ellas habían muchos libros, pero en un idioma que ella desconocía. -¿Estás aburrida? – escuchó la voz de Monder, y vio que el ángel estaba sentado en el marco de la ventana. -Deberías dejar de aparecerte así – dijo Sara, sentándose en la cama. -¿Qué tal se ha portado Matt? – preguntó el ángel, mientras caminaba alrededor de la cama. -Se ha portado muy bien, ha sido mejor guardián que tú. -¿Disculpa? Que sea tu ángel guardián no significa que deba estar pegado a ti las 24/7. -Tampoco es que quiera que estés pegado a mí – dijo ella empezando a enojarse. -¿Estás enojada? Puedo sentirlo. -Dímelo todo…todo lo que está pasando ¿Por qué deben protegerme tanto? – dijo ella, y notó como Monder se tensionaba - ¿Qué quieren de mí? -Eres más valiosa de lo que te puedes imaginar, y Satanás quiere aprovecharse de eso – dijo el ángel, sentándose en una esquina de la cama –. Si él te llega a encontrar, te llevará al infierno. -No puede hacer eso, es…ilegal – dijo ella, en su corto conocimiento de las cosas divinas e infernales. -Al rey de las tinieblas le gusta romper las reglas, y contigo no hará una excepción. Sara se dio cuenta de lo seria que era la situación. El demonio, aquel ser al que le temía desde pequeña, aquel que se aparecía en sus pesadillas desde que tenía memoria, la quería, y no para nada bueno. Monder se dedicó a hablar con Matt, mientras que Sara se entretuvo en la cocina haciendo tartas y experimentando con los raros ingredientes que el hada tenía en su cocina, hasta que cayó la noche. -Iré a la taberna de los enanos – dijo el hada cuando terminaron de comer de las tartas que Sara había hecho, que por cierto, habían quedado exquisitas. -¿Irás a la taberna solo? – preguntó Monder sorprendido. -No…yo…Marco está aquí – dijo el hada, y Sara pudo ver como la expresión de Monder cambió drásticamente. -No lo dejaste entrar a la casa mientras yo no estuve ¿o sí? – le preguntó Monder, muy serio. -Sí entró, pero no te preocupes, no hizo muchas preguntas sobre Sara – dijo el hada, y el ángel no quedó muy satisfecho con la respuesta. -Trata de no embriagarte en la taberna, no vaya a ser que la cerveza te haga contarle a todo el mundo que hay una humana en tu casa – le dijo el ángel, casi que gruñendo. -No te preocupes – dijo Matt. El hada se fue, y Sara y Monder se quedaron sentados en el pequeño comedor. Monder parecía perdido en sus pensamientos, y Sara dio un chasquido cerca de su cara para llamar su atención. -¿Hasta cuándo piensas en tenerme aquí? – preguntó ella, cruzándose de brazos –. Ya me estoy empezando a aburrir. -¿Y qué quieres? ¿Un tour por todo el mundo mágico? ¿Qué te lleve a las islas paradisiacas a tomar agua de coco mientras te bronceas en la playa? – Respondió el ángel, con una voz que no le gustó para nada a Sara - ¡Por si no lo has notado, estás en peligro! ¡Debes quedarte aquí hasta que Dios solucione las cosas! -¡Pues intenta detenerme en mi intento de huir de aquí! – gritó Sara, y salió corriendo lo más rápido que pudo. Sabía que era estúpido, ella sabía perfectamente que los ángeles muy posiblemente tenían súper velocidad o se teletransportaban, pero quería por lo menos correr y desahogarse. Agradecía que el árbol de Matt tuviese escaleras (y era la única de todo el bosque de las hadas que las tenía al parecer, supuso que por Marco) y las bajó rápidamente, pero con cuidado. Corrió y corrió sin saber a dónde, ya que no conocía el lugar, solo sabía el camino al riachuelo en donde Matt la había llevado en la mañana para que se bañara, pero ese quedaba en la dirección contraria a la que se había dirigido ella. No le importaba perderse en aquel bosque, solo quería correr y correr, esa era su forma de desahogarse, de hecho, practicaba atletismo en la escuela. Llegó a una zona en donde los árboles ya no eran los frondosos árboles con las casas en donde vivían las hadas, sino que ahora parecían ser pinos. No le importó sentirse ya sin respiración y con el corazón a punto de estallar, y siguió corriendo, con las lágrimas nublándole los ojos. Tropezó con una roca y calló de bruces al suelo, en donde se quedó un buen rato. Escupió la tierra y hojas que habían entrado a su boca al caer, y gritó, como queriendo liberar toda la ira y tristeza que tenía contenidas. Sintió un dolor punzante en los pies, en uno más que en el otro, y al mirarse, se dio cuenta de que sus pies estaban lastimados, y uno de ellos, el que había tropezado con la roca, estaba sangrando, y el dedo gordo, estaba anormalmente ladeado. Había salido tan rápido de la casa que no se había calzado. -¿Ya te cansaste? – escuchó la voz de Monder, y volteó a mirar a la dirección de donde venía la voz. El ángel estaba parado, observándola sin expresión alguna en el rostro. -Creo que…- dijo Sara con una mueca de dolor, mirándose bien los pies –. Creo que me rompí un dedo. -Debería dejarte aquí sola, a la intemperie, toda la noche, para ver si así aprendes a portarte bien – dijo el ángel, evidentemente enojado ¿acaso los ángeles tenían ese tipo de sentimientos? Sara bufó mentalmente. -Pudiste haberme detenido – dijo Sara, con una evidente expresión de dolor. -No puedo irrespetar tu libre albedrio, si quieres matarte no puedo evitarlo – dijo el ángel, acercándosele. El dolor en sus pies, y sobre todo, en su dedo roto, se intensificaba y ya las lágrimas se colaban en sus ojos. El ángel la cargó sin dificultad como si de un bebé se tratase, y en cuestión de un segundo ya estaban frente a un gran lago. Sara estaba segura de que Monder se había teletransportado, o había corrido muy rápido. Monder sacó de su chaqueta un frasco blanco, y echó una gota al lago, y tras decir unas palabras en un idioma que Sara nunca había escuchado, vio que casi la mitad del lago se iluminaba de blanco, como si hubiese una gran estrella debajo. -Mete los pies – dijo el ángel, mientras sentaba cuidadosamente a Sara cerca del lago. Sara metió lentamente los pies en el agua, y sintió un frio terrible, tanto que llegó a creer que los pies se le habían congelado. El agua dejó de brillar, y al sacar los pies, vio que estaban como nuevos, como si no hubiese corrido descalza unos cuantos kilómetros. -No me vuelvas a hacer usar la poción curativa de nuevo, solo es para ocasiones especiales – dijo el ángel, sin siquiera tenderle la mano para ayudarla a levantarse. -¡Tenía un dedo roto! – dijo esta, incorporándose lentamente. -Era una buena razón para que te quedaras acostada en cama y dejarás de molestar. -Eres un ángel detestable ¿ya te lo había dicho? -Oh querida, y eso que todavía no has conocido mi verdadero lado detestable – dijo el ángel, tendiéndole la mano - ¿Vienes? ¿O piensas regresar por tu cuenta?     Matt ya iba por la segunda cerveza, y sabía que no podía pasar de esa, porque se le subiría a la cabeza, y se embriagaría, y no quería decir cosas que no debía decir. Marco estaba en frente suyo, con dos ninfas sentadas en sus piernas, una en cada pierna, y ambas lo estaban besuqueando y diciéndole cosas al oído. -¿Seguro que no quieres divertirte con alguna, querido amigo? – le preguntó Marco. -¿Debo repetírtelo cientos de veces? – Dijo el hada con fastidio-. No, gracias. -¿Nos pueden permitir un momento a solas, chicas? – les dijo Marco a las ninfas, y ellas, tras besuquearlo un rato más, se fueron al otro lado de la taberna. El mago miró seriamente al hada –. Oye amigo, ya tienes 100 años y sigues siendo un virgen ¿¡No me digas que esperarás guardarte hasta el matrimonio!? -No soy como tú – dijo el hada, dándole otro sorbo a la cerveza. -¿Y cómo soy yo, según tú? – preguntó el mago, aprovechándose de que el hada siempre decía la verdad cuando bebía. -Un idiota que se aprovecha de su encanto para acostarse con cualquier hembra que le llame la atención, sin importarle ir al infierno por eso – dijo el hada, dando otro sorbo –. Eso es lo que creo que eres. El mago le iba a responder, pero calló cuando su sexto sentido le dijo que los enanos que estaban en la mesa de al lado estaban hablando de algo importante, agradecía tener el oído desarrollado de las ninfas. -Te lo juro que se lo escuché a una fuente confiable – decía un enano. -A los humanos siempre los azotan catástrofes naturales, según las malas lenguas ¿¡Por qué esta sería diferente!? – dijo otro. -¡Porque fue causada por el diablo! – dijo otro. -También escuché que el diablo está buscando a una humana…y que cree que está en nuestro mundo – dijo el enano que había hablado inicialmente –. Ya todos los reyes brujos están informados, y la buscarán a como dé lugar, aunque eso implique romper las reglas de las treguas. Al mago se le erizó la piel ¿Sería Sara de la que estaban hablando? ¿Y por qué Satanás la quería? Marco miró al hada, y este por la cara que tenía, supo que también había escuchado a los enanos. El mago dejó unas monedas sobre la mesa para pagar las cervezas (y la excelente atención de las ninfas) y tomó a Matt por el brazo, y lo sacó prácticamente que a rastras de la taberna. -¿De qué está protegiendo Monder a Sara exactamente? – le preguntó el mago al hada una vez estuvieron lejos de la taberna. -Debo volver, debo preguntarle a ese enano quién le dijo eso…- dijo Matt, dispuesto a volver a la taberna, pero Marco le cerró el paso. -¡Cometerías una imprudencia! – Dijo el mago - ¿Me vas a contar todo sobre Sara, sí o no? -Satanás la quiere, no sé exactamente para qué, pero Monder la trajo aquí, solo será por unos días, aquí está más segura que en su mundo. -Pues ya sabemos que no, y que la están buscando aquí – dijo Marco, quedando pensativo por un momento –. Ese enano, el que habló, lo he visto, es el que forja las armas para los soldados de mi pueblo. -Dijo que todos los reyes brujos estaban informados – comentó el hada. -Los Waldermon lo saben – dijo Marco, refiriéndose a los reyes de su pueblo –. Y han corrido la voz. -Tus reyes no se atreverían a romper la tregua solo para buscarla – dijo el hada, no estando muy seguro de lo que decía. -A los Waldermon no les importaría empezar otra guerra con tal de contentar al diablo – habló el mago, con seguridad.     Monder estaba contando las estrellas, recostado sobre el techo de la casa. Una que otra rama del árbol le dificultaba la vista, pero aun así, contar estrellas siempre lo relajaba. Todo iba bien hasta que sintió una peculiar presencia a su lado. -No deberías estar aquí, Permian – dijo el ángel, sentándose. -Le conseguí algunas cosas a tu protegida – dijo él, mostrándole una gran bolsa negra –. Ropa, utensilios de higiene que las humanas necesitan… ¿no pensaste en eso, mi querido querubín? -Se me pasó – respondió Monder de mala gana. -¿Qué pasa? Tienes cara como si hubieses visto a Satanás. -No quiero fallar, Permian – mira a su amigo a los ojos –. No otra vez. -Escúchame bien, amigo – dijo el ángel, tomando a Monder de los hombros –. No pudiste salvar las almas de los anteriores descendientes de Santiago el Justo, pero no fue tu culpa, respetaste su libre albedrio. -Eso no es lo que dicen en el cielo – dijo Monder, quitando con delicadeza las manos de Permian de sus hombros –. Pude haberlos acercado al evangelio. -Sabes que no estamos autorizados para predicar, además…ellos ni sabían de tu presencia, no te les podías manifestar físicamente, como sí lo puedes hacer con Sara. -Pero sí podía haberlo hecho por medio de sueños – dijo Monder, con cansancio en su rostro –. Y no lo hice. -Si de algo te consuela, de 1.000 humanos que he custodiado…- dijo Permian, extendiendo sus brazos y haciendo visibles sus marcas de todas las almas que custodió – solo 105 han sido salvas. -Esto de ser ángel guardián no es lo mío…- dijo Monder, viendo como las marcas en los brazos de Permian se desvanecían. -¿Crees que eres el único que ha sufrido al ver como sus protegidos se condenan al fuego eterno? Pues no – dijo el ángel, incorporándose, y extendiendo sus gloriosas alas –. Hasta Dios sufre, Monder.                          
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