A la mañana siguiente, el campamento gitano estaba envuelto en un silencio tenso. El sol apenas se levantaba sobre las carretas cuando Don Tobías ordenó reunir a todo el clan en la plaza central. Lucas, pálido, con la cara amoratada, el hombro vendado y apoyándose apenas en la pared, fue llevado a la fuerza por dos hombres hasta el centro del círculo. Su padre, Roberto, estaba de pie a un lado, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños, intentando disimular su desesperación y su odio reprimido. Tobías, con el rostro duro como la piedra, alzó la voz para que todos escucharan: —Las leyes de nuestro clan son sagradas. Nadie, absolutamente nadie, pasa por encima de la integridad de nuestras mujeres. Lucas... vas a confesar ante tu gente lo que hiciste anoche. Lucas tembló de terr

