EL RASTRO PERDIDO

1394 Words
La caravana avanzaba por los caminos polvorientos del sur bajo un sol implacable. El calor se levantaba del suelo en ondas que distorsionaban el horizonte. Los caballos sudaban. Las carromatas crujían. Los niños lloraban de calor dentro de las lonas. Y en el interior de la carreta de Tobías, el aire estaba viciado, pesado, como si respirar fuera un castigo. Melina iba sentada en el fondo, con las rodillas flexionadas contra el pecho y la frente apoyada en los brazos. No había hablado en horas. No había comido. No había bebido. Solo miraba la lona de la carreta moverse con el viento y pensaba en un callejón oscuro donde una vez tocó a una bestia y el fuego se apagó. La lona se abrió de golpe. Tobías entró con brusquedad. Portaba un cuenco de madera humeante en las manos. El olor acre y punzante de la ruda, el romero y las raíces secas invadió el espacio de inmediato. Tan denso que se podía masticar. Tan fuerte que Melina tosió y apartó el rostro con los ojos llorosos. —Basta, padre. Me ahogo con esto —protestó Melina, llevándose una mano a la nariz, con la voz rota. —Es necesario, hija —respondió Tobías con una seriedad férrea que no admitía réplica. Comenzó a untar el ungüento amargo en las esquinas de la carreta. En el dobladillo de las ropas de Melina. En el suelo. En las ruedas. En todas partes—. Un Alfa herido no se rinde por las buenas. Su olfato es una maldición que no podemos subestimar. Si no quiero que ese lobo te encuentre y destruya a nuestra gente, tu rastro tiene que desaparecer de la faz de la tierra. Melina apretó los dientes. Una punzada de dolor le atravesó el pecho de lado a lado. Sabía que su padre solo intentaba protegerla. Sabía que tenía razón. Sabía que era lo correcto. Pero al ver cómo las hierbas ahogaban el último vestigio de canela y tierra mojada que le quedaba en la piel, sintió que le borraban los brazos de Kael del cuerpo. Como si lo estuvieran matando. Como si lo estuvieran borrando del mundo. Como si cada capa de ungüento que su padre echaba fuera un cuchillo que le arrancaba un pedazo de él. —No es un monstruo, padre —murmuró Melina, con la voz temblorosa, sin levantar la mirada. —Es un lobo, Melina —la cortó Tobías, sin detenerse en su tarea—. Y los lobos poseen. Los lobos marcan. Los lobos destruyen todo lo que tocan. Tu madre... Se detuvo de golpe. Como si se hubiera mordido la lengua. Melina levantó la cabeza. Lo miró. Y vio algo en los ojos de su padre que nunca había visto antes. Miedo. No miedo de Kael, miedo de ella miedo de lo que Melina le recordaba. Miedo de algo que llevaba años enterrando. —¿Mi madre qué? —preguntó Melina, con el corazón acelerado. —Nada —Tobías desvió la mirada. Siguió untando hierbas con manos que ahora temblaban—. Olvídela esto es lo que importa ahora. Las hierbas, el rastro y tú seguridad. —Padre... —¡Basta, Melina! —el grito de Tobías llenó la carreta y los hizo callar a los dos. El padre cerró los ojos. Respiró. Bajó la voz—. Solo... confía en mí. Por favor y por nada del mundo te quites este amuleto. Melina no dijo más, se abrazó las rodillas y cuando la carreta siguió rodando por el camino del sur, cerró los ojos y buscó ese latido lejano que llevaba semanas sintiendo en el pecho. Seguía ahí, lejos muy lejos. Pero vivo. Te voy a encontrar, le decía siempre ese latido. Espera Melina apretó los ojos con fuerza. Y una lágrima le resbaló por la mejilla. Sin ruido, sin sollozo, solo la lágrima. Lo sé, pensó. Lo sé. A leguas de distancia, en los linderos donde el sendero del sur se abría entre los cañadones, Kael se detuvo en seco. Llevaba horas caminando a pie. Solo con la manta de Melina echada sobre los hombros y el amuleto latiendo contra su costilla como un segundo corazón. El sol le caía encima sin piedad. El sudor le corría por la espalda, las botas levantaban polvo. Pero no le importaba, nada le importaba excepto el rastro. Inhaló profundamente, ensanchó el tórax. Buscando con desesperación el hilo olfativo que lo había guiado hasta ahí. Canela, tierra mojada, humo de leña. El aroma de ella. Su ancla, su cordura. Lo único que mantenía a Vorak dentro de su jaula. El aire entró en sus pulmones y se estrelló contra un muro invisible. Nada, cero y vacío, como si Melina hubiera dejado de existir. Como si se la hubiera tragado la tierra. Como si la hubieran borrado del mundo. —No —murmuró Kael, con los ojos ámbar abiertos de par en par, negándose a aceptarlo. Volvió a inhalar. Con más fuerza. Hasta que le dolió el pecho. Hasta que le ardieron las fosas nasales. Pero solo encontró el rastro artificial de humo denso, ruda y raíces amargas —. No, no, no... ¡NO! Golpeó el aire con el puño, se agachó y hundió la nariz en la tierra del camino. Nada, se movió a la izquierda. Nada, a la derecha. Nada, corrió cincuenta metros hacia delante. Nada, volvió atráa y nada. El rastro de Melina había muerto en ese punto exacto del camino. Como si la hubieran envuelto en una burbuja que ni siquiera un Alfa podía penetrar. —¡Maldición! —rugió Kael al cielo—. ¡LO HAN BLOQUEADO! ¡NOS HAN CORTADO EL CAMINO! —Vorak rugió en su cabeza como un trueno, golpeando las paredes de su conciencia con una furía ciega que le sacudió los huesos. El lobo interior se levantó de golpe dentro de él, empujando, arañando, destrozando—. ¡Se están burlando de nosotros! ¡Esa basura de gitano nos robó el rastro! ¡Rómpeles el cuello! ¡Encuéntrala! ¡Muévete, muévete, MUÉVETE! —¡Cállate, Vorak! —siseó Kael entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y la piel se le agrietó. La sangre le brotó en las palmas. ¡No me callo! —Vorak era un huracán dentro de su cráneo—. ¡Se aleja! ¡Cada segundo que pierdes oliendo esta basura de hierbas, el rastro se muere más! ¡Búscala, carajo! ¡Ve y tráela de vuelta antes de que la perdamos para siempre! ¡ANTES DE QUE LA PIERDAS COMO PERDISTE A TU PADRE! Eso lo golpeó más fuerte que cualquier zarpazo. Kael se quedó paralizado. Con los ojos abiertos. Con la respiración cortada. Vorak sabía dónde dolía. Vorak siempre sabía dónde dolía. Y acababa de clavarle el cuchillo en la herida más vieja. —No la voy a perder —dijo Kael, con la voz rota, casi un susurro—. No como a él. ¡ENTONCES MUÉVETE! —¡DIJE QUE TE CALLES! —bramó Kael al aire, golpeando con el puño cerrado el tronco de un pino. Una vez. Dos veces. Tres veces. Hasta que la corteza saltó en astillas. Hasta que la sangre le cubrió los nudillos. Hasta que el árbol se quejó. Pero por más que la bestia le arañaba las costillas exigiendo sangre y persecución inmediata, el camino frente a ellos era un callejón sin salida olfativo. El truco de Tobías había funcionado a la perfección. Ruda en los cruces. Romero en los descansos. Salvia en los pasos. El rastro de Melina se había esfumado por completo. Y Kael se quedó de pie en medio del camino. Solo. Con la manta de ella sobre los hombros y la sangre de él goteando en la tierra. Y Vorak gruñendo en el fondo de su cráneo como un animal herido que no entiende por qué su presa desapareció. —La voy a encontrar —le dijo a Vorak. O se lo dijo a sí mismo. O se lo dijo al viento. O se lo dijo a ella, a kilómetros de distancia, dentro de una carreta que se alejaba por un camino de polvo—. Aunque me cueste la vida. La voy a encontrar. El amuleto le latió en el pecho. Caliente. Dorado. Como si ella lo hubiera oído.
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