Zac encendió el ordenador e inició una videollamada, sin darme tiempo a realizarle la pregunta que tenía en mente.
Pero en cuanto vi a sus padres obtuve la respuesta.
En efecto, era él.
Cuando dijo "vamos a mi hotel" lo dijo en todo el sentido literal de la frase, pues su padre poseía una cadena de hoteles mundialmente conocida.
Y estábamos en uno de ellos.
—¡Zachary! Como te hemos echado de menos cielo, ¿Estás bien?, ¿Has dormido mejor?—. La voz extremadamente aguda de la mujer, su madre, se me hizo molesta a los oídos.
Él pareció tener la misma reacción, pues bajó el volúmen del portátil considerablemente.
—Madre por favor, estoy bien—. Respondió carraspeando.
Casi me reí de que se avergonzase de su madre.
—Marian, no lo atosigues, es mayorcito ya—. La voz grave del padre era imponente, y la mujer se tranquilizó enseguida.
Zac asintió en su dirección, agradeciendo que interviniese.
—De todas formas, hoy no me quiero centrar en mí, quiero presentaros a alguien—. Al escuchar su presentación, me acerqué más a él para hacerme ver en la cámara.
—¡Oh, hijo, que bonita! ¿Quién es?—. Comenzó de nuevo Marian.
—Me llamo Ingrid, señora Collins, es un placer conocer...les—. Me presenté, con la voz más dulce y educada que supe poner, esforzándome por usar el "usted".
Zac se quedó con la boca abierta, pues iba a hablar él por mí, pero le dediqué una sonrisa para hacerle saber que lo tenía bajo control.
Habían muchas cosas de mi vida antes de la prostitución que me servirían para esa ocasión.
Mis padres nunca habían carecido de dinero, y me criaron con unas expectativas altas. No era una lady, pero sabía comportarme.
Ellos esperaban que fuese doctora, por lo menos, así que al cursar auxiliar de enfermería se decepcionaron un poco.
Aún así aquello no fue lo que me alejó de mi familia.
Sacudí levemente la cabeza para volver a la conversación y centrarme.
Zac hablaba con su madre sobre cómo "nos conocimos".
—... Y ahí estaba ella, como caída del cielo, dispuesta a ayudarme—. Terminó, haciendo suspirar de ternura a Marian.
Yo sonreí ampliamente, aunque no tenía ni idea de qué les había explicado.
—Eres una joven muy afortunada, Zac apenas nos presenta a sus...
—Papá—. Se quejó él, negando con el rostro.
Yo reí a carcajadas sin poder evitarlo, y por suerte los tres me acompañaron.
Me sequé los ojos por si alguna lágrima amenazaba con correrme el maquillaje, y miré a Ralph a través del ordenador.
—No me cabe duda de que lo soy—. Afirmé, palmeando la pierna de Zac, que casi salta del sofá de la impresión.
Sus padres parecieron divertidos con el gesto, mientras que él apartó mi mano disimuladamente.
—¿Entonces asistireis juntos a la gala benéfica de mañana?—. Preguntó Marian, juntando sus manos con emoción.
Yo fruncí el ceño, y miré a Zac, que parecía tan confundido como yo.
—¿No era la semana que viene?—. Preguntó, mirando la agenda de su teléfono.
—Han cambiado la fecha, ¿No te llegó el mensaje?—. Habló esa vez su padre.
De reojo vi que en su calendario tenía la fecha correcta, así que no había sido un fallo de organización.
—Claro, lo había olvidado—. Murmuró más para sí que para nosotros, pero los tres alcanzamos a oírlo.
—Allí estaremos—. Asentí yo, tomando la mano de Zac, el cual me miró como si estuviese loca.
Si tenía la oportunidad de vivir todo aquello de nuevo, obviamente la tomaría.
—¡Perfecto!—. Aplaudió efusivamente Marian.
—Nos vemos mañana, hijo—. Concluyó su padre y dio por finalizada la videollamada.
Cuando comprobamos que el programa se había cerrado, Zac saltó del sofá y me miró con los brazos en jarra.
—Solamente te he contratado dos horas, lo de mañana no entraba dentro del plan—. Me reprochó casi gritando.
Yo conservé la calma, como casi siempre, y me levanté despacio, aún sonriendo.
—Querías que fingiese ser tu novia, pues seré la mejor que hayas tenido nunca—. Me encogí de hombros.
Él bufó y se pasó las manos por el rostro.
—Podría haberles dicho que rompimos antes de la gala—. Replicó, caminando hacia el balcón.
Rodé los ojos y me acerqué a él, pero quedándome aún dentro de la habitación. El exterior era muy frío y apenas tenía tela cubriéndome el cuerpo.
—Puedes hacerlo, pero les he caído muy bien—. Me apoyé contra la pared, mirando su espalda.
Se giró a mirarme unos segundos, dándome la razón con los ojos, pero negándose a admitirlo en voz alta.
Metió sus manos en los bolsillos y de una de ellas sacó un paquete de cigarrillos, mientras que la otra alcanzó un mechero.
—¿Puedo hacerte una pregunta?—. Le interrumpí mientras pensaba.
—Lo harás de todos modos—. Alegó, sin molestarse en apartar el cigarro de sus labios.
Apoyó los codos en la barandilla y miró la ciudad.
Yo decidí ir a su lado, a pesar del frío que hacía.
—Podrías haber contratado a una actriz profesional, o conseguir a una chica con sólo chasquear los dedos —me miró y me ofreció un cigarrillo, que tomé, pero esperé a terminar de hablar para llevármelo a los labios—. ¿Por qué yo?
Mientras me encendía el cigarro pensó la respuesta. Se negó a mirarme, parecía avergonzado.
—En teoría iba a presentarles a mi novia... Real. Pero cortó conmigo minutos antes de verte en la calle y... Se me ocurrió la idea —se encogió de hombros—. No podía echarme atrás, ya les había dicho que tenía que presentarles a alguien, y odio negarles algo.
Asentí lentamente, pues comprendía el sentimiento.
—¿Entonces qué les dirás mañana?—. Solté el humo por la boca, haciendo un círculo en el aire.
Me miró pensativo y él también dio una calada.
—Que iré a la gala benéfica con la mejor novia del mundo—. Respondió, apagando el cigarro en el cenicero de la mesa, antes de volver a entrar a la habitación.
Yo reí irónicamente y lo imité.