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609 Words
Podría haberme pasado toda la noche haciendo de maniquí para ellas. Habría sido fácil acostumbrarse a todo eso, pero claramente debía volver a la realidad tarde o temprano. Y en cuanto me hubieron maquillado y terminado de peinar mi liso cabello la realidad me golpeó el rostro. Zac tocó a la puerta varias veces y las tres nos pusimos en pie, ellas detrás de mí. Por suerte ya estaba lista para ser vista, así que no hubo problema en dejarlo pasar. —Necesito...—. Comenzó, pero se detuvo al observar mi nuevo aspecto. Su mirada viajó desde mi rostro hasta mis pies, lentamente y sin intención de fingir indiferencia, al contrario, asintió sorprendido. —Buen trabajo señoritas, ahora si me disculpan necesito llevarme a la señorita conmigo—. Pidió, sin apartar sus ojos de mí. —Por supuesto, nos marchamos enseguida—. Las Barbies no perdieron ni un sólo segundo y recogieron todo lo que habían traído con ellas en un abrir y cerrar de ojos. Yo les sonreí a modo de despedida, y me quedé quieta, esperando a que Zac terminase de entrar en la estancia. —¿Es lo que esperabas?—. Pregunté, dando una vuelta para dejarme ver. —Es mejor, pero no se lo digas o se les subirá a la cabeza—. Murmuró acercándose a mí oído. Ambos reímos levemente por su comentario. Al principio lo dudé, pero resultó ser simpático. Al menos en lo que llevaba de noche me había tratado mucho mejor que la mayoría de mis clientes. Tomó una de mis manos con la suya y besó el reverso de la misma, cual caballero a una princesa. Alcé las cejas, ya que no sabía qué pretendía. Parecía querer ligar conmigo o algo así, pero debía recordar que a mí me pagaban por llegar a donde él pretendía. —Ahora necesito que me sigas la corriente —comenzó a explicar, estirando de mi mano hacia fuera de la habitación—. Voy a hacer una videollamada con mis padres, que viven en Londres, y les voy a presentar por fin a mi novia—. Concluyó, indicando que me sentase en el sofá. La mesa del café había vuelto a su sitio original, y encima de esta había un ordenador portátil. —Es decir, yo—. Comprendí. Él asintió y se sentó a mi lado. —Pero allí debe de ser muy tarde, son... la una —dije, mirando la hora en su reloj de mano—. Si aquí son la una y media, allí son como las... ¿Cinco y media de la mañana? —Son las seis y media, se despiertan a esa hora. En teoría han terminado de desayunar, así que es hora de la videollamada diaria. Asentí de nuevo. Tendría una vida muy ocupada como para hacer llamadas a esas horas de la madrugada. Aún así, no dije nada más. —Por favor, no me juzgues, es una historia muy... —Tranquilo, lo que se me paga en la habitación queda—. Bromeé para tranquilizarlo. Pareció funcionar y me dedicó una sonrisa. Aún no comprendía por qué pagar a una prostituta para fingir ser su novia, cuando un hombre como él podría tener a cualquier mujer. No lo iba a negar; era condenadamente atractivo y varonil. —Ah, y no digas nada de lo que escuches en la conversación—. Dijo, como si acabase de recordarlo. —No hay problema, en serio. Entonces al ver la fotografía de fondo de escritorio lo supe. Supe porqué me había sonado tanto su cara. Era el hijo del famoso empresario Ralph Collins.
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