El coche salió disparado a toda velocidad calle abajo. Ni siquiera me dio tiempo a ponerme el cinturón, así que me di prisa para abrocharlo lo antes posible. Quién sabe lo que podría pasar con un conductor cansado circulando por Nueva York como si fuese Flash.
—¿Cómo te llamas, cielo?—. Pregunté, para romper el hielo.
Al mirarlo me di cuenta de que no tenía intención siquiera de hablar, ya que su mano estuvo a punto de encender la radio. Aún así, al escucharme decidió ser educado y conversar.
—Zachary, llámame Zac si quieres que responda. ¿Tú?
Reí levemente. A pesar de su tono distante, sabía que le había gustado aunque fuese un poco. Tenía experiencia suficiente con hombres como para saberlo.
—Como tú quieras, cariño—. Respondí de forma mecánica.
—Vamos, déjate de juegos, no necesitas comportarte así conmigo—. Rodó los ojos y yo le seguí.
—Perdón, es costumbre... Me llamo Ingrid.
—Que bonito—. Respondió al instante, como si le hubiese sorprendido.
Bufé de forma irónica. Me hacía gracia ver que a algunos les sorprendía descubrir que éramos seres humanos normales y corrientes.
Me acomodé en el asiento, mirando esa vez por la ventanilla bajada, mientras el viento hacía mover mi cabello hacia atrás.
—¿Ahora me dirás a dónde vamos?—. Pregunté de nuevo, todavía mirando el exterior.
Él pareció sorprenderse por mi tono directo, totalmente contrario al anterior, pues hubo una pequeña pausa.
—A mi hotel—. Respondió, deteniéndose en un semáforo en rojo.
Me giré de nuevo hacia él, con un poco de intriga y con ganas de hacer más preguntas. Supongo que él debió notarlo, pues apartó las manos del volante y me miró expectante.
—¿Qué quieres hacer conmigo?—. Cuestioné observando su rostro.
Debía estar equivocada, pero estaba casi segura de que lo había visto en alguna parte.
Quizá se pareciese a algún cliente que no lograba recordar.
—Lo verás cuando lleguemos—. Replicó igual de seco que las anteriores veces.
A pesar de su actitud, se me hacía divertida la situación, así que en ningún momento perdí la esperanza de encontrar las respuestas que buscaba.
—¿Es la primera vez que...?—. Comencé, pero él me interrumpió.
—¿Sueles haces tantas preguntas con el resto de... clientes?—. Volvió a poner el coche en marcha unos segundos antes de que el semáforo se pusiera en verde.
Rodé los ojos.
—No suelo estar con clientes como tú—. Contraataqué entrecerrando los ojos.
Contra más hablaba, más familiar se me hacía su aspecto, aunque por el acento británico marcado, supuse que no llevaba en América mucho tiempo.
—¿A qué te refieres?—. Preguntó después de unos segundos.
—A que los hombres nos contratan para follar, básicamente, y no tengo ni idea de qué vas a hacerme, quizá seas un asesino en serie o algo parecido—. Contesté tal y como me vino la idea a la mente, sin pararme a pensar en lo que decía, aunque tampoco me arrepentí.
A Zac pareció divertirle, pues comenzó a reír a carcajadas, aunque no muy alto.
—No haber aceptado—. Dijo mirando al frente, sin dejar de conducir.
—La curiosidad mató al gato—. Me encogí de hombros.
Me miró, con una sonrisa ladeada y después volvió la vista al frente. Negó lentamente y se humedeció los labios.
—¿Siempre tienes respuesta para todo?
—Puede—. Me encogí de hombros.
—¿Cuál es la raíz del número Pi?
Esbocé una sonrisa amplia.
—Búscalo en Google.
—No me has respondido—. Replicó.
—Técnicamente sí, pero no como esperabas—. Reí.
Otra pausa.
—Ahora mismo sí que me acostaría contigo—. Murmuró.
Volví a mirar por la ventanilla, ignorando sus ojos sobre mí de vez en cuando.
—Tú pagas tú mandas.
El coche se detuvo lentamente en la entrada de un edificio, más bien, un hotel de lujo.
—No deberías haber dicho eso—. Bromeó y salió del coche.
Agarré el bolso para colgarlo de mi hombro y abrí el coche, al mismo tiempo que Zac.
—Oh, vaya, gracias—. Sonreí sorprendida, pues no acostumbraba a obtener ese tipo de trato.
Me tendió una mano para ayudarme a bajar del coche y yo la acepté sin dudar.
Aquella zona de la ciudad estaba menos transitada, y las pocas personas que pasaban frente a nosotros vestían con ropa de marca.
Por suerte me había puesto uno de mis mejores vestidos. No era de una tienda común, fue un regalo de uno de mis antiguos clientes fijos; un hombre con dinero.
Al menos podía pasar un poco desapercibida.
Zac carraspeó para que reaccionara. No me había dado cuenta de lo que pasaba a mi alrededor, y él ya estaba en la puerta, mientras que yo aún seguía al lado del vehículo, observando todo.
Me apresuré lo máximo que pude con mis zapatos de tacón alto hasta llegar a su lado.
—Bonito vestido—. Dijo, percatándose de lo que llevaba puesto.
Al recogerme apenas se había fijado, pero ahora que lo hacía pareció aprobar mi vestuario.
Asentí a modo de agradecimiento y esperamos a que la puerta girase de nuevo para poder entrar a la recepción.
Como odiaba esos chismes, me agobiaba esperar tanto para poder cruzar al otro lado.
¿No era más fácil poner una puerta normal y corriente?
El interior era más impresionante si cabía.
El mármol blanco junto a las paredes le daba una sensación de amplitud, que era equilibrada con la decoración dorada y los muebles marrón oscuro.
Todo aquello apestaba a dinero, al igual que las personas.
Las mujeres llevaban trajes o vestidos que parecían sacados de las pasarelas de moda más sofisticadas, mientras que los hombres lucían los trajes más varoniles y elegantes que había visto en mucho tiempo.
Aquella vez me obligué a no quedarme ensimismada y seguir a Zac a través del vestíbulo, para pedir la llave de su habitación.
Me quedé a una distancia prudencial, no quería ser invasiva, y cuando terminó lo seguí de nuevo hasta el ascensor.
No había nadie más esperando, así que al presionar el botón no tuvimos que esperar más de unos segundos para que llegase el ascensor.
El botones nos sonrió.
—¿Suben?
Zac asintió y me indicó con un ademán que pasara frente a él.
Otra cosa que odiaba: los ascensores.
Tenía una claustrofobia horrible, y que hubiesen dos personas más conmigo no ayudó.