Una Margot golpeaba, herida y levemente humillada, abandonó la oficina de Enzo con el mentón alzado. No le importó la sangre que goteaba de su mentón, ni el dolor abrazador que le escocía el estómago. Ella no dejó que ninguna mano la sostuviera, ni que las mismas lenguas que la llamaron puta por la infidelidad, se ofrecieran a ayudarla. Si ella era ese ser despreciable que merecía todo lo malo que pudiera sucederle, tampoco merecía que la apoyasen de forma hipócrita al verla herida por el jefe. Por supuesto el cuchicheo de pasillo no tardó, y más que nada porque ella recogió sus cosas y se marchó del edificio al entregar el gafete. Margot cerró por completo ese capítulo de su vida, y así golpeada como Enzo la dejó, llegó al apartamento. Cassie se encontraba redactando un trabajo para fin

