El resto del turno transcurrió con calma, atendiendo casos menores, llenando informes y ayudando en lo que podía. Todo parecía en orden, pero mi mente seguía enredada en lo que Luis había dicho en el comedor. "No vuelvas a preguntar." Sus palabras retumbaban en mi cabeza como una advertencia, pero solo lograban alimentar mi curiosidad.
Cuando mi turno estaba por terminar, sentí la necesidad de despejarme. Había un lugar que siempre me ofrecía consuelo: la azotea del hospital. Subía ahí cuando necesitaba un respiro, cuando el peso de la vida se sentía demasiado.
El aire frío me recibió con su abrazo, moviendo suavemente mi cabello mientras me acercaba al borde. Desde ahí, podía ver la ciudad iluminada, un contraste con la oscuridad que sentía dentro. Saqué mi teléfono y marqué el número de mi madre.
-¿Mary? ¡Por fin llamas! -su voz era cálida, familiar.
-Hola, mamá. ¿Cómo estás?
-Bien, bien. Aunque, como siempre, extrañándote. La casa está tan vacía sin ti.
-Yo también te extraño. Aquí todo va bien, aunque los días son largos.
-Es normal, hija. Estás luchando por tus sueños, y estoy tan orgullosa de ti. ¿Estás comiendo bien? No quiero que te enfermes.
-Sí, mamá. No te preocupes. Tú sabes cómo soy con la comida del hospital, no hay mucha opción. -Reí suavemente, intentando tranquilizarla.
Ella suspiró al otro lado de la línea.
-Te extraño tanto, Mary. Me encantaría que estuvieras aquí, aunque sé que este es tu lugar ahora. Solo prométeme que te cuidarás, ¿sí?
-Te lo prometo, mamá. Cuida de ti también, ¿de acuerdo? Dale un beso al perro de mi parte.
Ambas reímos, compartiendo ese pequeño momento antes de despedirnos. Colgué y guardé el teléfono en mi bolsillo, sintiéndome un poco más ligera.
Estaba a punto de volver al interior cuando un escalofrío recorrió mi espalda. Algo, o alguien, estaba allí. Me giré y mi corazón se detuvo.
Él estaba frente a mí.
El hombre de la otra noche, el mismo que había estado buscando desesperadamente. Su figura imponente destacaba bajo la tenue luz de la luna. Llevaba el mismo porte elegante, aunque sus ojos ahora parecían aún más oscuros, más intensos.
Me quedé inmóvil, atrapada en su mirada.
Sin decir una palabra, él comenzó a caminar hacia mí. Cada paso resonaba en mi mente, cada movimiento suyo parecía medido, controlado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano y tomó mi barbilla con delicadeza, obligándome a mirarlo directamente.
-¿Cuál es tu nombre? -preguntó con una voz fría y autoritaria.
Mi garganta se secó. No pude responder.
-Te he hecho una pregunta -insistió, su tono ahora más firme.
-Mary -murmuré finalmente, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza.
-¿Cuántos años tienes?
-Veintitrés.
-¿De dónde eres?
-De un pequeño pueblo, a unas horas de aquí.
Sus ojos no se apartaron de los míos mientras me soltaba, pero su presencia seguía siendo abrumadora. Dio un paso atrás, cruzando los brazos mientras su mirada se volvía aún más penetrante.
-Escucha con atención, Mary. Deja de hacer preguntas. No quieres descubrir lo que no te corresponde saber. No sigas buscando lo que no has perdido.
No sé de dónde saqué el valor, pero las palabras salieron de mis labios antes de poder detenerlas.
-¿Y si no lo hago?
En un instante, él cerró la distancia entre nosotros. Me tomó por el cuello de la bata, atrayéndome hacia él. Su rostro estaba a centímetros del mío, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios se encontraron con los míos.
Fue un beso salvaje, lleno de hambre y pasión, como si quisiera reclamar algo en mí que ni siquiera yo sabía que existía. Mi mente se nubló mientras me aferraba a su traje, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
Cuando se separó, sus ojos ardían con una mezcla de deseo y furia.
-Mantente alejada de mí -murmuró con voz áspera antes de dar media vuelta y desaparecer en la oscuridad de la noche.
Me quedé allí, jadeando, con los labios aún ardiendo por su contacto. No sabía quién era ese hombre ni qué escondía, pero una cosa era segura: mi vida nunca volvería a ser la misma.