Entonces me di cuenta de que ya no tenía miedo por mí o por lo que pudiera pasar, sino por la posibilidad de que pudieran herir al sheriff y a su esposa. No tenía miedo de que me hicieran daño a mí. Tenía miedo de que esto no terminara bien, por un malentendido. Si me atrevía a decir algo, ¿alguien me escucharía? Al menos lo intenté. —Espera, Alexander… ¡Por favor! ¿Por qué no le escuchas? Dice que solo quiere hablar. El aludido entrecerró los ojos y dio un paso hacia nosotros. —¿Hablar, eh? ¿De qué quieres hablar, felino? —demandó, con la barbilla en alto. —Creo que tú y yo sabemos muy bien de qué vine a hablar. No voy a disparar a nadie si tú tampoco lo haces. Fue difícil para Alexander tomar una decisión. No puedo decir que no tenía razón si pensaba que todo eso podría ser una tr

