Peter Inspirando profundamente, me quedé de pie en la puerta de la casa victoriana alquilada de Babs y toqué el timbre. Y esperé. Una pequeña voz interna me advirtió que quizá llevar a Babs a la fiesta de compromiso de Andreina y Rhys no era la idea más brillante, pero otra voz, el diablo sobre mi hombro, me dijo que era un hombre soltero, libre de llevar a la cita que quisiera esa noche. La puerta se abrió y Babs apareció frente a mí con un ajustado vestido rojo y unos tacones tan altos que apenas era unos centímetros más baja que mis unos metros ochenta y ocho. —Vaya, Babs, te ves encantadora —el vestido destacaba sus curvas femeninas y la definición muscular que tanto se esforzaba por mantener—. Muy encantadora. ¿Por qué la vista de esta mujer, objetivamente hermosa, no aceleraba mi

