El auto se detuvo enfrente de la casa de Leo. Miré su hogar detalladamente, se notaba que tenía bastante dinero. La escalera de la entrada parecía estar hecha de mármol, la puerta de entrada era enorme y de madera, su jardín delantero estaba bien cuidado y el BMW que estaba estacionado en su garaje solo me decían lo que ya sabía: estaba forrado en dinero.
Suspiré y froté mis manos en mis piernas. Esta era algo así como mi primera cita oficial, aunque él no lo supiera yo si lo consideraba una cita. Y depende de cómo salgan las cosas hoy, definiría mi futuro: si muestro o no los pechos en la graduación.
- Trata de hacer todo lo que te dije. – dice Eric a mi lado.
Ah, sí. Me había olvidado de este detalle. Eric se encargó de vestirme hoy junto con la ayuda de mis amigas y algunas opiniones de Gregg. No quiero recordar ese momento, yo parecía un jodido conejillo de indias, y odié cada vez que me hicieron cambiar de ropa porque simplemente no les convencía, o porque parecía una monja, o porque parecía una zorra. La relación con Eric no había mejorado mucho, nos seguíamos insultando constantemente y odiando como si no viviéramos para otra cosa, pero ambos estábamos, relativamente, aprendiendo a tolerarnos.
- No te comportes como una idiota – puse los ojos en blanco ante sus palabras –. Trata de ser una chica de esas que sonríen mucho e intenta no tirártele encima. O por lo menos intenta hacerlo disimuladamente.
- Ay, cállate – le dijo Julie y se acercó a los dos asientos delanteros. Otra cosa que olvidé mencionar: todos estaban en el auto conmigo en ese momento –. Tienes que ser tu misma.
- Si es ella misma hará que el pobre chico llame a la policía. – le di un golpe a Eric en la cabeza por su comentario y él no dudó en mostrarme el dedo medio.
- No me gusta ser parte del plan que se trata de que mi hermana se acueste con alguien. – escuché la voz de Matt detrás de mí e inconscientemente sonreí ante sus palabras.
Ese era otro caso: Matthew estaba sumamente raro conmigo absolutamente todo el tiempo. Cuando le gritaba que saliera del baño mientras lo insultaba, él solo lo hacía sin quejarse, me preparó el jodido desayuno unas tres veces en esas semanas, era malditamente generoso y hasta había veces que me hacía escenas de celos. Sabía perfectamente que existía una razón por la cual él estaba así, e iba a averiguarla.
Todos estaban jodidamente raros, maldita sea.
- Tú cállate – le dijo Gregg para luego mirarme y sonreír –. Ve y haz lo tuyo.
- No olvides de actuar como si no supieras tocar el piano. – me recordó Less mientras yo bajaba del auto.
- Suerte, hermosa. – me dijo Lenn justo cuando cerré la puerta, y entonces me quedé observando cómo cada vez el auto se hacía más chiquito en la calle cuando se alejaban.
Me mordí el labio con fuerza y puse los ojos en blanco suspirando mientras empecé a caminar hacia la enorme casa que estaba frente a mí. Antes de tocar la puerta revisé mi atuendo, por lo menos estaba más vestida como la Val normal. Mi jean blanco era ajustado, una camiseta holgada con el número 58 en el medio grabado con letras negras y mis preciadas, hermosas zapatillas de siempre. Viejas pero comodísimas.
Leo me llamó hace dos días para decirme que el jueves estaba libre para darme las clases de piano por la tarde, exactamente a las cinco. Lo primero que hice cuando él colgó la llamada fue decirles a mis amigas, que se encargaron de hacérselo saber a Gregg, quien le dijo a Matthew quien le dijo a Eric quien hasta le dijo a Zach. Y entonces todos aparecieron en mi puerta hoy y empezaron a transformarme y decirme lo que tenía que hacer.
Siendo sincera los ignoré a todos. Me resultaba complemente estúpida cada una de las jodidas palabras que me decían. Así que simplemente me quedaba callada y hacía como si les escuchaba, mientras en realidad por mi mente pasaban miles de imágenes de cualquier cosa en particular, o creaba escenarios que probablemente me tocaría recrear con Leo esa misma tarde.
Pero ya todo eso no importaba, ya estaba allí, frente a su puerta y con mi dedo apretando el timbre de su casa. Joder, ya estaba, ya había tocado la puerta y no podía simplemente salir corriendo. O bueno, si podía, pero seguramente con la suerte que tenía me hubiera caído bajando los escalones de la entrada. Así que la idea de escapar fue completamente descartada. Tenía que armarme de valor.
La puerta se abrió y un hombre de unos cincuenta y tantos apareció frente a mí. Estaba vestido con un traje y con pantuflas en los pies. Así es, con traje y pantuflas. Creo que por esa razón le sonreí.
- Hola, ¿Se encuentra Leo? – hablé lo más formal que pude.
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- Sí, sí, pasa. Adelante – dijo el señor apartándose de la puerta. Sonreí y entré a su casa con un poco de vergüenza -. ¡Leonardo, te buscan! – gritó y escuché como unos tacones rebotaban contra el piso de la sala, que por cierto, era malditamente costosa y hermosa.
Una mujer casi de la misma edad que el señor que me atendió apareció en mi vista, vestida con un vestido azul algo ajustado y un delantal blanco encima de este, con su cabello rubio perfectamente peinado y su maquillaje hermoso en su rostro. Al parecer todos en esa casa eran lindos y pulcros, como la casa en sí.
- No puedo creer que por fin una chica venga a casa – dijo la señora con una sonrisa y abrazándome de repente. Me quedé helada ante el contacto pero le devolví el abrazo unos segundos después, algo tensa. Genial, lo único que me faltaba, una familia demasiado cariñosa. La mujer se apartó –. Oh, lo siento, cariño, es que esto es muy emocionante. Yo soy la señora Wolder, pero puedes decirme Elsa. Somos los padres de Leo. – dijo ella sonriendo de oreja a oreja al igual que el señor Wolder.
- Es un placer conocerlos, yo soy Valerie. Pero pueden llamarme Val. – dije pasándole la mano al señor Wolder y luego a su mujer, quienes me la estrecharon muy felices. Ambos tenían en el rostro una jodida mirada esperanzada y extraña que me ponía los pelos de la nuca de punta.
- Y dime, ¿de dónde conoces a nuestro hijo? – preguntó la señora Wolder y cuando abro la boca para hablar ella no me permite si quiera responder -. Eres muy hermosa – dice, sonriente y extasiada –. Es muy hermosa – le dice a su esposo sonriendo y el asiente, igual de emocionado. Yo no comprendía qué estaba sucediendo -. ¿Hace mucho se conocen?
Okey, esto estaba siendo más raro de lo que me imaginé. Abrí nuevamente la boca para hablar pero entonces Leo empezó a bajar las escaleras y todos lo miramos. Estaba vestido con unos jeans negros algo ajustados y una camisa blanca, su cabello estaba desordenado y su sonrisa parecía adormilada. Por suerte me había salvado del puto e incómodo cuestionario.
- Oh, oh – dijo sonriendo cuando llegó a mi lado -, ¿Ya te ha abrazado y preguntado de dónde y hace cuánto nos conocemos? – me preguntó divertido y me dio un pequeño beso en la mejilla en forma de saludo.
- Algo así. – le respondí sonriendo.
- Lo siento por ello entonces – rodeó mis hombros con uno de sus brazos y empezó a empujarme por la sala –. Nosotros tenemos cosas que hacer. Me gustaría que nos dejen tranquilos por unas horas. – le dijo a sus padres mientras empezaba a cerrar la puerta de madera de su enorme sala de estar. Sus padres intentaron decir otra cosa pero Leo no se los permitió.
- ¡Gusto en conocerlos! – grité justo antes de que las puertas se cerrasen.
Reí un poco por lo bajo y él se volvió hacia mí con una sonrisa de disculpa y divertida en los labios. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que sus ojos eran malditamente hermosos y de un color miel que casi parecía amarillo. Por alguna razón me hizo acordar a la película Crepúsculo. Su cabello era marrón café y su sonrisa blanca y perfecta. ¿Desde cuándo hay chicos tan jodidamente sexys en San Francisco? ¿Y desde cuándo yo empecé a fijarme tanto en ellos?
- Lo siento por lo de mi madre – dijo caminando hacia mí –. Sigue esperando a que le presente a una novia. – no pude evitar sonrojarme con esas palabras, sintiéndome algo incómoda al respecto. Me encogí de hombros.
- No me molestó. Es bastante simpática. – sonreí y él lo hizo también.
Se pasó la mano por la cabeza y caminó hacia el otro lado de la sala, en dónde no me había dado cuenta de que había un piano de cola enorme, hermoso y jodidamente brillante. No pude evitar no abrir la boca impresionada al mismo tiempo que Leo se sentaba en el banquito y tocaba una tecla al azar. Era sumamente hermoso, no sé ni cómo describir la manera en la que me hizo sentir ese instrumento con solo verlo.
Mamá tocaba el piano, y lo hacía de una manera tan espectacular que te daban ganas de llorar cada vez que hacía su magia. Desde que fui bebé y la escuché tocar por primera vez supe que quería tocar tan bien como ella. Y lo hacía. Hasta que murió, y las ganas de tocar el piano que era suyo se fueron con ella. Hubieron veces en las que me atreví a tocar la última pieza que escuché que ella tocó, antes de que el cáncer le arrebatara también las energías para mover sus dedos sobre las teclas del instrumento que más amaba en la vida. Luego de eso le pedí a papá que guardara el piano de mamá en el sótano. No soportaba verlo ahí y saber que no volvería a escuchar una de sus melodías favoritas en el, o que no la vería realizarlas tampoco.
- Hay que empezar – la voz de Leo me sacó de mis pensamientos y me acerqué a él asintiendo. Me senté a su lado rápidamente –.Supongo que antes de empezar a tocar te tengo una pregunta.
- ¿Cuál? ¿Si se las escalas musicales? - reí mientras mis ojos no se apartaban de las teclas.
- ¿Por qué me mentiste? – preguntó de la nada y con un tono de voz imposible de descifrar. Mis ojos se encontraron con los suyos y fruncí el ceño.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Eres una de las mejores chicas de toda la clase de música. Hace unos años te presentaste en el concurso de talento y tocaste una de las piezas de Rachmaninoff. Eres jodidamente buena tocando el piano. Así que quiero saber por qué me pediste que te de unas clases cuando los dos sabemos que no las necesitas. – sus ojos no se apartaban de los míos y su tono de voz era algo frío y curioso.
Mierda, mierda, mierda.
No creí que recordara que fui yo la que se presentó en el jodido concurso de talentos, al que fui prácticamente obligada a participar por la profesora. Eso es un maldito desastre, ¿y ahora que mierda le decía? No podía decirle la razón por la cual fui a hablarle, no lo conocía demasiado como para saber que no iría a decirle a nadie, o que no se burlará de mí. Mis manos empezaron a sudar por los nervios de no saber que responderle.
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- La verdad es que... - bajé la mirada y tragué saliva – No toco hace mucho tiempo y estoy algo oxidada. Y dentro de unos meses es el aniversario de la muerte de mi madre y quiero tocar su pieza favorita cuando mi familia esté reunida en casa. Por eso te pedí ayuda, quería saber si podías ayudarme a perfeccionar mi técnica.
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Los ojos de Leo me inspeccionaron de arriba abajo unos segundos y se quedó en silencio observando sus manos sobre las teclas del piano. Juro que si no hablaba en cualquier momento le arrancaría los dedos del pie con una pinza. Me estaba poniendo demasiado nerviosa para mi gusto.
- Okey... te creo – dijo por fin y me miró de reojo. Sonreí satisfecha –. Ahora, ¿Por qué no tocas algo y veo cómo estás con esto?
- No, mejor hazlo tu primero. Tengo que comprobar si mi profesor es lo suficientemente bueno. – y para mi suerte él soltó una carcajada y se pasó una mano por su cabello lacio.
- Okey. ¿Y cuál era la pieza favorita de tu madre? – su pregunta me tomó por sorpresa.
- Vocalise. – la voz me salió rara.
- También es una de mis favoritas. – sonrió sorprendido.
Okey, no sé cuándo me ablandé tanto en toda mi jodida vida, pero definitivamente ese día cuenta como uno.
Cuando Leo empezó a tocar las teclas y la música empezaba a entrar por mis oídos mi corazón dio un vuelco en mi pecho, y me sentí completamente rara. De repente todo era mucho más hermoso en el mundo, todo era de alguna manera un poco mejor, todos los miedos que pudieran habitar en cualquier persona desaparecieron. Me sentí demasiado extraña y estúpida, no sé por qué. Luego el recuerdo de mamá tocando esa misma pieza en los cumpleaños de papá aparecieron como fotografías en mi cerebro, mis ojos empezaron a arder, pero no me permití derramar una lágrima. Prefería concentrarme en la felicidad que me daba volver a escuchar aquello en vez de aferrarme a un pasado que lo único que me generaba era tristeza.
Entonces cuando Leo terminó de tocar, no sé por qué maldita y jodida razón me acerqué a él y lo besé. Fue como si algo se apoderara de mí. Porque estaba sensible y él lucía muy hermoso concentrado en el piano.
Mis labios chocaron con los suyos con fuerza y pude sentir como su cuerpo se tensaba a mi lado. Eso era jodidamente extraño, y yo lo estaba besando.
Sus manos me tomaron con fuerza por los hombros y me apartaron.
- Wow, ¿Qué haces? – preguntó con los ojos como platos mirándome extrañamente. Fruncí el ceño.
Me sentí como una foca retrasada en ese momento. El chico me había apartado bruscamente en vez de seguirme el beso. Si alguna vez sienten que perdieron la dignidad, por favor, recuerden ese momento de mi vida y se les pasará por completo. Adiós orgullo, adiós dignidad, adiós vida social, me quedaría en mi habitación hasta que cumpla los cuarenta y nadie me recuerde y me crean muerta.
- Lo siento... Yo... No quise hacer eso. – mi lengua se trababa cada vez que quería hablar y me puse de pie rápidamente. Caminé hacia la puerta de la sala. Él me siguió y me detuvo.
- No, Val, no quise ofenderte de ninguna manera. – sus ojos buscaron los míos.
Mierda, como me molestaba que hablara como un viejo de cien años. Joder, que vergonzoso era todo eso.
- ¿Ofenderme? – pregunté apuntándome con un dedo - ¡Pero claro que no me ofendiste, maldita sea, obvio que no! Tú tienes todo el derecho para decidir si quieres o no besarme– dije -. O sea, sé que soy fea y todo eso pero en vez de apartarme como un jodido cavernícola me hubieras dicho: "Lo siento, Val, pero eres una chica rara y bastante fea y no quería malditamente besarte" – hice una mala imitación de su voz –. Pero como todo...
- No, Val, no entiendes. – me interrumpió.
- ¿Qué mierda no entiendo? – pregunté de mala manera.
- Soy gay. – dijo.
Me quedé más helada que un helado en invierno por esas dos malditas palabras. Mi boca estaba por el suelo y él simplemente estaba ahí mirándome con una sonrisa de costado divertida. Sin dudas la vida en general escribía un guíon en el que, por alguna razón, yo siempre pasaba verguenza. Es decir, no me importara que fuera gay, pero no podía evitar pensar: ¿justo con el chico que planeaba perder mi virginidad tiene que sucederme esto? Además era malditamente sexy en todos los malditos sentidos, estaba más bueno que comer una hamburguesa triple, era prácticamente perfecto, pero no. Él chico en el que me fijé estaba interesado en los p***s. Un punto para la desgracia, y cero para Val.
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- Gay. – dije asimilando las palabras.
- Completamente gay. De pies a cabeza. Sin duda. Gay. – su voz sonaba divertida.
- Esto es jodidamente vergonzoso. – dije pasándome una mano por la cara.
- No eres la primera en hacer eso. – rio.
- ¿No? – mi voz sonaba esperanzada. Se acercó a mí y me pasó un brazo por el hombro al mismo tiempo que abría la puerta de la sala.
- Nah. – se encogió de hombros –. Y para que lo sepas, eres la chica más sexy que me ha besado.
- Por alguna razón me ofende que digas chica y no persona.
Soltó una carcajada y abrió la puerta de la cocina, en donde su mamá estaba sacando unas galletas de su enorme horno y cuando nos vio, nos sonrió.
- ¿Quieres quedarte a cenar, Val? – me preguntó ella.
- Oh, no...
- Claro que se quedará. – respondió Leo por mí. Su madre sonrió de oreja a oreja y corrió a avisarle a su esposo.
Miré con el ceño fruncido al chico a mi lado.
- No seas amargada - dijo –. La pobre sueña con el hecho de que algún día las mujeres empiecen a gustarme – rio –. Piensa que es una etapa o algo así. Además, la comida que hace es la mejor que probarás en toda su vida.
- Okey. – respondí, rendida.
Por lo menos la comida fue lo mejor de toda esa noche. Y el hecho de que al parecer tenía un nuevo amigo, que era lo que mejor me salía cuando intentaba conquistar a un chico. Primero Gregg y luego Leo.
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