NARRA CAROLINA. Esperaba en el camerino, con el corazón latiendo desbocado. No sabía si era ansiedad, miedo o una mezcla venenosa de ambos. Pero lo cierto era que mi presentación había sido un éxito. Podía sentirlo en los aplausos, en las miradas que me desnudaban desde las sombras, en el silencio codicioso que llenó el club cuando bajé del escenario. La puerta se abrió de golpe. El jefe entró con una sonrisa que apenas podía disimular. —Ponte esto —me arrojó un abrigo n***o de seda—. Sígueme. Me lo puse en silencio. Ya había aprendido a no hacer preguntas, a obedecer para evitar castigos. A estas alturas, sabía bien que, en este mundo, la sumisión era una armadura. Subimos por unas escaleras privadas hasta el último piso del club. Nunca había estado allí. La habitación era distinta a

