NARRADOR. El avión aterrizó suavemente en la pista privada de la propiedad Montero, ubicada en las afueras de Madrid. Aunque era temprano en el día, el cielo ya prometía buen tiempo. Elías fue el primero en bajar y extendió su mano hacia Carolina, ayudándola a bajar por la escalerilla. Ella lucía gafas oscuras, un vestido ajustado de color burdeos y un abrigo n***o que se movía con el viento. Su apariencia era impresionante. Él la miraba con un sentimiento de orgullo: era suya, y el mundo debía notarlo. La mansión fue visible unos minutos después, al final de un camino rodeado de viejos robles y jardines cuidados. No era solo un hogar: parecía un palacio moderno, una fortaleza de mármol blanco con enormes ventanales, balcones de hierro forjado y una fachada digna de la realeza. A ambos

