—No sientas pena mi Kay. Solo admiro la poesía hermosa que eres. Si con ropa te ves hermosa, desnuda mucho más… Sentía mis mejillas arder, bajé la mirada, pero él se acercó y tomó mi mentón obligándome a mirarlo. Empezó a dejar pequeños besos desde mi frente, llenando todo mi rostro de besos. Empezó a trazar un camino húmedo de besos por mi cuello descendiendo por el medio de mis pechos dejando un camino húmedo con sus labios. Siguió descendiendo mordisqueando mis caderas provocándome pequeños espasmos de placer. Cada beso, cada caricia me tenían al borde de la locura. Sin duda alguna él sabía como complacer a una mujer. Me tomó de la mano guiándome hasta la ducha. —Bueno enfermera haz tu trabajo —Sonrió—, dame un rico baño. Cerró los ojos y recargó su cuerpo en la losa fría del baño,

