Me encuentro tendido en el suelo: dos guardias forestales están agachados encima de mí. Recuerdo que uno comenta: «No deberían permitir saltos con paracaídas desde la montaña y muchos menos a los ebrios: fíjate que olor a brandy tiene en la boca». Luego me cargan en un ridículo todoterreno de los años 90 del siglo pasado. Recuerdo que pensé: «¿Es posible que en 2034 la Guardia Forestal tenga todavía estas furgonetas viejas de hace cuarenta años? ¿Lograremos llegar al hospital con cacharro así de viejo?», pero entonces me vuelvo a desmayar y finalmente, después de unas horas, me despierto aquí. Es el tercer día, 26 de junio: —Profesor, el viejo del coma sabe su verdadera edad —informa al jefe médico la jefa de sala—: Antes de que le libráramos de las ataduras de la camilla, la doctora Pit

