¿Qué me pasa? En cuanto puse un pie fuera de aquella habitación empecé casi a tirarme de los pelos por la frustración. La oscuridad del cielo, de la habitación y de la gente de esta casa me abruma. Es demasiado.
El hecho de que pudiera decir esas cosas, hacer esas cosas. Yo no soy así en absoluto. Tal vez estaba actuando con ira porque en el fondo sé que yo no haría algo así. Algo tan malvado. André era una persona cruel, pero mi padre siempre me ha enseñado a no rebajarme nunca al nivel de nadie. Si estás por encima de ellos, no tendría sentido agacharme y convertirme en su taburete.
Vincet me acompañaba a mi habitación. Literalmente no tenía sentido de la orientación en esta estúpida casa. Lo que apestaba era que siempre me aseguraba de caminar detrás de él, o a su lado debido a sus ojos que siempre encontraban su camino pegados a mi trasero.
Cuando estuvimos frente a la puerta, me apresuré a abrirla, pero su mano se aferró a mi muñeca.
—Siento que esta es la parte en la que me das un beso de despedida.
—N-no—intento decir. Inmediatamente, quise reñirme a mí misma por volver a mis miedos. El derroche de confianza que tenía pareció esfumarse en un instante. Se rió, mostrando un espectáculo que nunca pensé que vería. Sus dientes blancos como perlas eran probablemente lo más sexy que había visto nunca. Al darse la vuelta para entrar en mi habitación, volvió a agarrarme. Sólo que esta vez, su mano me giró por la cintura.
—Espera...—empezó a decirme.
—¿Cómo conseguiste que esa chica hiciera exactamente lo que querías? Es la chica con la que Andre me engañó, ¿verdad? ¿Por qué la trajiste aquí?— Pregunté, finalmente haciendo las preguntas que han estado en mi mente desde que entré en esa habitación.
—Su familia, Arabella. Para responder a tus otras preguntas, sí, porque no quería que uno de tus peores recuerdos fuera el de ella y él juntos. Cuando pienses en ese momento, también pensarás en que fue ella la que le cortó los huevos—, me sonrió. Me mordí el labio pensando que, de una forma extraña y psicópata, sólo intentaba ser amable y cariñoso. Casi me hizo sonreír.
Asentí con la cabeza y volví a darme la vuelta, pero él se acercó más a mí, atrapándome entre su cuerpo y la puerta. Sus ojos se clavaron en los míos antes de bajar hasta mis labios. Empezó a acercarse y yo no podía apartarme. No fue hasta que sentí sus labios en los míos que me di cuenta de lo que estaba pasando.
No voy a mentir, era un gran besador. La forma en que sus labios se movían contra los míos era simplemente encantadora. No fue hasta que sentí su mano agacharse para apretar mi culo que mi boca se abrió para él.
—Devuélveme el beso—respiró contra mis labios. Negué con la cabeza provocando que detuviera todos sus movimientos y se limitara a mirarme.
—¿Permiso para decir una observación, Oral?—preguntó. Arqueé las cejas al oír el nombre que juraría que me había puesto.
—¿Qué acabas de decir?— pregunté para asegurarme. Me miró con la misma expresión, como si fuera idiota.
—¿Permiso para decir una observación, Arabella?—, volvió a preguntar, pero se aseguró de hablar despacio.
Asintiendo con la cabeza, hice como si no hubiera pasado nada.
—Puedo sentir lo mojada que estás a través de los pantalones—afirmó. Me ruboricé al mirar hacia abajo. Su mano bajó para palpar, pero quedó atrapada por mis muslos.
Volvió a reírse antes de abrirme los muslos y levantarme para que pudiera ver. Se pasó la lengua por los labios antes de mirarme.
—Maldita sea, Arabella—, dijo. Le miré mientras abría la puerta y me acompañaba a la cama.
—Acuéstate—, me ordenó.
—Túmbate—, me ordenó. Mirando hacia la cama, mis hormonas ganaron claramente la batalla porque me tumbé sin ningún problema.
Vi cómo me quitaba los pantalones mientras sus ojos se posaban en la enorme parada húmeda de mis bragas. Me agarró por las piernas antes de arrastrarme hasta el borde de la cama haciendo que mi camiseta se levantara. Se agachó para besarme y, esta vez, yo le devolví el beso. El sonido de sus gemidos casi me hizo tener un orgasmo en el acto.
Pasó de mis labios a plantarme un beso en el cuello. Involuntariamente, tiré de él para que continuara su asalto al cuello, porque me sentía muy bien. Me envió una sacudida de placer hasta donde más lo necesitaba.
Me agarró las manos y me las puso por encima de la cabeza mientras seguía explorando mi cuerpo con los labios. Cada vez bajaba más y más. No fue hasta que su boca llegó exactamente donde yo quería que apreté los muslos, atrapando su cabeza.
—Cálmate—, soltó. Me soltó las manos y volvió a separarme los muslos. Vi cómo sus dedos se aferraban al dobladillo de mi ropa interior antes de quitármela.
Jadeé cuando sus labios se cerraron en torno a mi clítoris; era un hombre que iba directo al grano. La sorpresa de su súbita concentración y su fuerte succión me llevaron rápidamente al orgasmo, y solté un largo gemido, empujando mis caderas hacia él y sintiendo cómo la humedad brotaba de mí. Su lengua se extendió y se aplastó contra la abertura de mi v****a, saboreando mi semen y lanzándose dentro de mí en busca de más de ese sabor. Levantando la cabeza, deslizó dos dedos dentro de mí, estirándome lo suficiente para hacerme gemir. Su otra mano cubrió mi clítoris, frotándolo suavemente, lubricado con su saliva y mi semen. Empezó a mover los dedos dentro de mí mientras yo movía las caderas para animarle y penetrarle más profundamente. Levanté los ojos y me encontré con los suyos mientras me apoyaba en los codos.
—dios mío—, gemí ante sus manos expertas. Mi clítoris estaba muy sensible debido al rápido orgasmo que acababa de tener. Eso hizo que la estimulación fuera aún más dramática.
—Sembri così bella—, murmuró en italiano. Eso hizo que todo se calentara aún más. Mi cuerpo ardía y sabía que iba a hacer que me corriera de nuevo. (Te ves bella)
—Sembri così bella. — (Te ves bella)
Sentía sus ojos sobre mí, tan reales como el sol sobre mis labios, y su mirada me mojaba aún más, haciendo que los dedos que entraban y salían de mí lo hicieran aún más fuerte. Sus dedos se curvaron y presionaron contra el esponjoso tejido de mi interior mientras me corría de nuevo.
Hambrienta de más, volví a levantarme.
—Quítate los pantalones, por favor—le dije, moviéndome para que sus dedos se deslizaran fuera de mí.
Para mi sorpresa, se metió en la boca los dedos que había tenido dentro y sonrió satisfecho al sentir el sabor de mi placer. Sentía cómo mi coño palpitaba de deseo. Se levantó rápidamente, se quitó los zapatos de una patada y se quitó los pantalones de vestir, los calcetines y los calzoncillos morados.
Se me caía la baba. Su polla era gruesa y muy larga. Parecían abdominales.
—Arabella—gritó una voz. Abrí los ojos y el sol me cegó. Los cerré y decidí volver a intentarlo. Cuando por fin mis párpados se abrieron y pude contemplar lo que me había despertado, mi corazón empezó a latir con más fuerza. Era él.
Llevaba una sonrisa de satisfacción en la cara. Me di cuenta de que estaba sentado en el borde de mi cama. Como no quería estar tan cerca de él, me acerqué un poco. Se dio cuenta, pero no dijo nada.
—¿Qué tal has dormido?— Preguntó, riendo ligeramente. —Quiero decir, tu sueño.
—¿Qué sueño? No. ¿Qué sueño? No soñé, sólo fue grande—, le dije. Enarcó una ceja y me entraron ganas de darme una bofetada por ser tan estúpida.
—No quise decir nada. Lo único que soñé fue absolutamente nada—, murmuré, con un pequeño rubor asomando a mis mejillas. Volvió a sonreírme y asintió lentamente con la cabeza, como si lo entendiera.
—Allora perché stavi gemendo il mio nome?— preguntó. Bajé la mirada, derrotada. Sé un poco de italiano, pero por supuesto nunca se lo diré a ninguno. Sabía que estaba soñando algo travieso. La forma en que me sonrojaba como una colegiala hablando con su enamorado por primera vez tampoco ayudaba a mi caso. (Entonces por qué estabas gimiendo mi nombre)
—Entonces, ¿por qué estabas gimiendo mi nombre?
—Vámonos. Tenemos cosas de las que ocuparnos—, me dijo antes de levantarse. Le miré antes de asentir con la cabeza y quitarme la manta del cuerpo. En ese momento, noté cómo sus ojos se fijaban en una parte concreta de mi cuerpo.
Cuando bajé la vista, me tapé inmediatamente con la manta. La camiseta de tirantes que llevaba dejaba escapar mi pezón. Si antes pensaba que me sonrojaba mucho, ahora mi cara parecía capaz de cocinar una tortita.
—dios mío—, grité antes de darme la vuelta y enterrar la cara en la almohada.
—No pasa nada. No te avergüences—, dijo riendo. Me entraron ganas de llorar. Me daba cuenta de que hoy no iba a ser un buen día. Sólo he estado fuera cinco minutos y me las he arreglado para avergonzarme más de lo que me he avergonzado en toda mi vida.
—Estate lista en una hora—, dijo antes de girar sobre sus talones. Asentí con la cabeza antes de levantar el pulgar con la cabeza aún hundida en la almohada.
Le oí dejar de caminar. Levanté un poco la cabeza para mirarle a los ojos. Llevaba una sonrisa estúpida mientras sus ojos se oscurecían de lujuria.
—Ah, y puede que quieras cambiarte los calzoncillos. He visto una cosita. Probablemente sea de ese gran sueño que tuviste.
—Oh, dios mío—, grité en mi almohada antes de oírlo salir de la habitación. Le odio de verdad.