Noche de llanto amargo. Campanas que suenan sin parar con su voz tan nítida como tétrica. Las doce de la noche marcan en una noche de bruma espesa cuando una pareja de amantes contempla, atónita y silenciosa, una fúnebre comitiva pasar con dos ataúdes en el centro. Ambos razón de que las campanas repiquen de una forma tan lúgubre en esa aciaga noche. Y gente llorándoles detrás.
Ellos no entienden nada. No se atreven a preguntar. El periódico local lo dijo en sus titulares en primera plana:
“Enterrados c*******s de amantes del bosque”.
Allí estaban hace no mucho, y ahora están aquí. El periódico local informó algunos días atrás:
“Hallados en el bosque c*******s de amantes devorados por lobos”.
Llega la mañana. Campanas repican llamando a misa de maitines y todo empieza a despertar. Pero hay señales de nada. No hay huellas de comitiva triste. No hay rastros de ningún funeral. No hay pareja de amantes donde ellos solían estar.
Quien si se encuentra es un joven quieto, testigo único de toda la historia. Habitante único del lugar. Sólo él sabe lo que pasó realmente. Sólo él conoce toda la verdad. Pero aunque preguntes sin cesar, no te esfuerces, jamás hablará. No puede. De nacimiento es mudo.