Capítulo 07

1556 Words
El ambiente en la habitación parecía pesar una tonelada; nadie pronunciaba una sola palabra. Nuestros ojos estaban en una batalla silenciosa, esperando quién cedería primero. ¡Por Dios! Solo quería apartar la mirada, pero algo me lo impedía, estaba petrificada. Esos ojos grises, intensos y cálidos, me atraparon, dejándome sin salida, como si estuvieran sujetándome. ¿Aceptas una bebida? - Preguntó mientras se deshacía de la parte superior de su traje, que probablemente había sido hecho a medida, pues le quedaba perfecto. Sí, por favor. - Fue todo lo que me limité a decir. Lo observé dejar su chaqueta en uno de los sillones y dirigirse a la pequeña bodega. Vi cuando notó el vaso ya usado. Me pregunté si debía decir algo y acabé hablando - Me serví por cuenta propia debido a la demora; espero que no te importe. ¡Dios mío, deja de gesticular con la mano! ¿Me tardé? - Preguntó con una sonrisa juguetona; era algo embarazoso, no sabía cómo reaccionar. Qué sonrisa. Perdón, no quise decir eso, o sea, sí lo quise, pero no de esa manera. - Hablé tan rápido que dudo que haya entendido algo. Mi rostro está en llamas. Relájate, no hay de qué preocuparse. - Su voz era cálida, con ese acento. Oh, definitivamente no es americano. Gracias. - Agradecí cuando me tendió el vaso. Per niente, bella ragazza. - Bien, definitivamente no sé manejar bien los cumplidos, aunque no sé exactamente qué dijo; creo que fue un cumplido. En ese momento me siento como un tomate. Le sonreí en agradecimiento; me pregunto si nota cuánto me incomoda. ¿Será italiano? Me gustaría saber qué te hace sonrojar. - Dijo mientras bebía otro trago de su horrible bebida, lo que me recordó que yo también debía beber algo. ¿Qué quieres escuchar? ¿Que eres extremadamente atractivo e intimidante, o que me dejas sin saber cómo actuar? Perdón, es que no estoy acostumbrada a esto. - Bebí otro sorbo de mi bebida. Todavía estaba de pie, pero él, en cambio, se había sentado en el sillón donde había dejado su chaqueta. Lo siento, siéntate. - No entendí, pero tampoco lo cuestioné. Su presencia era agradable y, por un momento, me olvidé de lo que tendría que hacer. Me relajé y me senté un poco apartada en otro sillón. No apruebo la manera en la que manejan este lugar, pero son uno de mis mejores clientes. - Claro, era demasiado encantador para ser verdad; el dinero, siempre el maldito dinero por encima de todo. Creo que este no es su único cliente; ¿no crees que es una buena causa ayudar a los demás, ya que sabes cómo somos tratadas aquí o, peor aún, cómo nos metieron aquí? - Él esbozó una leve sonrisa, estaba en una broma interna. Imbécil. Ah ragazza, el problema es que este no es el único burdel ilegal en el mundo; estaría comprándome una pelea no solo aquí, sino en varios lugares. - Bueno, un poco menos imbécil. La curiosidad me apremió y hablé sin pensar. ¡Dios mío, contrólate! ¿Y a qué te dedicas en los negocios? - Mi bebida casi se acababa y mis sentidos estaban algo alterados, pero nada de qué preocuparme; quizá no sería tan humillante cuando empezara a entregarle mi cuerpo. Tengo algunos negocios de tabaco y bebidas, nada del otro mundo. - Era obvio que generaba muy buenos ingresos. Los hombres que frecuentan lugares como un burdel no viven sin eso. Me pregunté cuál sería el tamaño de su imperio; para servir a un lugar como este, no debía ser pequeño, eso era un hecho. Entiendo. - El silencio se apoderó del lugar, pero era agradable, nuestras miradas no cedieron en ningún momento, parecíamos gladiadores. Cuéntame cómo llegaste aquí, de dónde vienes. - Se levantó y se sirvió un poco más de bebida. Inclinó la botella para ofrecerme, negué con la cabeza; quizá no aguante otra dosis, ya estoy algo alterada, nada de qué preocuparme, pero no puedo arriesgarme. Me cuestioné si era una buena idea abrir mi intimidad con un extraño; bueno, él sabía lo que pasaba aquí, quizá no habría problema, y eso me daría más tiempo para no consumar lo que él venía a hacer en esta habitación. Soy de Brasil, estaba intentando conseguir una visa por segunda vez cuando apareció Claudia, prometiéndome una entrada ilegal y diciendo que tenía varios contactos con empresarios que preferían contratar inmigrantes ilegales debido a los impuestos y toda la burocracia. - Divagué en mi mente sobre aquel maldito día, sintiendo la ira florecer. Debería haberle arrancado los ojos mientras la estrangulaba. Maldita mentirosa. ¿Y querías venir a trabajar a un país desconocido, por qué? - Bueno, ¿no es obvio? Contuve las ganas de poner los ojos en blanco. Es difícil cuando no naciste en cuna de oro y necesitas mantener a una madre y una hija. - Pareció sorprendido por un momento, el porqué quedará como incógnita para mí. Sí, definitivamente no apruebo este negocio. - Su expresión pasó de neutra a seria. Tal vez encontraba una oportunidad con él; le pediría ayuda, era evidente su incomodidad con el tema. Bueno, eso me conforta; no pareces alguien que hace cosas ilegales. ¿Por qué no cortas vínculos con estas personas? Sabes, no necesitas... En fin, ¡dios mío, perdón! - Bien, quizá la bebida esté surtiendo más efecto de lo que imaginé; no estoy acostumbrada a beber, y menos algo tan fuerte. Desafortunadamente, son lazos hechos por mi padre; no puedo simplemente cortarlos. Hay otros lugares así, nuestros pensamientos no son tan compatibles. - Entendí, el cretino era su padre, ambicioso. Lo siento, debe ser difícil luchar contra tus principios. Tal vez nacer en cuna de oro tenga sus propios males. - Él esbozó una sonrisa, como si recordara nuevamente una broma interna. Su postura era tan elegante que me pregunté cuál sería mi apariencia sentada en ese sillón. Espero no parecer una jorobada. Discretamente me levanté y fui al minibar, dejando mi vaso sobre la mesa al lado. Me giré para ver si su vaso aún contenía bebida, y para mi sorpresa, estaba dando el último sorbo. ¡Dios, cómo beben los hombres! ¿Quieres otra copa? - Pregunté cordialmente, quizá embriagándolo podría hacer que se quedara dormido. No estaba preparada para acostarme con un desconocido, aunque él no parecía desagradable, y su presencia hasta ahora era agradable. Te lo agradecería. - Levantó el vaso, mostrándolo vacío. Vertí el licor de la botella sin saber hasta dónde llenar. Vamos, no soy camarera, aunque ya lo fui, y la verdad, qué nostalgia. Como el bendito impecable no dijo nada, llené el vaso casi hasta el borde. Antes de devolver la botella, él dio un buen trago, casi devorando todo el contenido. Debe ser alcohólico; realmente, nadie es perfecto. Iba a regresar a mi asiento cuando él dio unas palmadas en su muslo, sorprendiéndome. ¿Te importa? - Respiré hondo, pensando si me importaba. Claro que sí, pero ¿tengo alguna opción? No. Caminé tan despacio como pude y me senté en su muslo, intentando mantener mi postura lo más erguida posible. Su aroma amaderado invadió mis sentidos. Hasta su olor es cálido. Me pregunto cuántas mujeres deben caer a sus pies cada día. Realmente no necesitaría pagar para tener a alguien en su cama. Sentí su mano en mi barbilla, haciendo que mirara esos intensos ojos castaños grisáceos. Eran únicos. Su mano libre se posó en mi muslo, provocando una descarga eléctrica que recorrió todo mi cuerpo, causando un escalofrío. Hoy no vamos a hacer nada más que hablar, pero me gustaría saber más de ti y verte más veces antes de partir. - Me sorprendió y alivió al mismo tiempo. Claro. - Sonreí mientras hablaba; su presencia realmente era agradable y me estaba tranquilizando, al menos por ahora. Nuestra noche se resumió en mí hablando de mi vida: cuánto odiaba la política de mi país, el idiota del padre de mi hija y el mejor futuro que pretendía dar a las personas que amaba. Me contuve para no insultar a los responsables de que yo estuviera en esta situación. Cuando me di cuenta, ya tenía otra copa de whisky en la mano, acompañándolo. Perdimos la noción del tiempo, o al menos yo la perdí, porque estaba hablando más que un loro, pero él era un buen oyente. Nuestra conversación fluía; permanecí en su muslo, y cuando menos lo esperaba, mis brazos ya estaban alrededor de su cuello. Nuestros ojos se conectaron más intensamente; sentí su respiración contra la mía. En un movimiento rápido, unió nuestros labios, pidiendo permiso, y nuestras lenguas se movieron en total sincronía en un beso calmado. No sé si era el alcohol o el calor que recorría cada molécula de mi cuerpo. Paramos cuando ya nos faltaba el aire en los pulmones. No nos alejamos; nuestras miradas seguían conectadas. Me atreví a pasar mis manos por su cabello, suave pero grueso. ¡El hombre era una perdición! Volveré esta misma semana. - Susurró, y en ese momento me di cuenta de que no sabía su nombre. No me atrevería a preguntarlo; era evidente que él no vivía en el país. El deseo de preguntar surgió de nuevo, pero necesitaba recordar cuál era mi posición. Yo era la subordinada.
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