Cerré la caja con un suspiro y me senté en el borde de la cama, con los ojos clavados en el ramo. No sabía qué hacer con todo eso. La parte de mí que lo amaba —y era grande— se aferraba a ese gesto. A la intención detrás de las flores, al intento torpe de repararlo todo. Pero otra parte, la que había aprendido a sobrevivir a base de silencios y decepciones, me recordaba que un ramo no borra una ausencia. Que un “perdón” no siempre arregla un vacío. Acaricié el anillo aún en mi dedo. Lo observé unos segundos. No lo había quitado todavía. No porque dudara de mi decisión, sino porque… dolía hacerlo. Me levanté con calma. Puse las flores en un florero. Guardé los chocolates en el escritorio. Y me miré en el espejo. —No basta con que me quieras —me dije en voz baja—. Necesito que me elija

