El sonido de su llanto era como un maldito taladro perforando mi cabeza una y otra vez. Me estaba volviendo loco. Esto era malo. Muy malo. —¡Por un demonio, Sofía, quiero que te calles! —rugí desde mi habitación, incapaz de soportarlo más—. ¡Ahora, además de ser la niña del exorcista, también quieres quitarle el puesto a la Llorona! El silencio fue inmediato. Ni un solo sollozo, ni un respiro entrecortado. Solo el vacío absoluto. Exhalé con fuerza, creyendo que eso era el final. Pero entonces, unos minutos después, escuché algo más. Movimientos suaves. El sonido de una cremallera cerrándose. Pasos ligeros, casi de puntillas. Fruncí el ceño. Demonios… Me levanté de la cama con una maldición y salí de mi habitación. Y, tal como había supuesto, allí estaba Sofía. Con el bolso maletero

