Una vez que terminamos lo que habíamos empezado, ella buscó mi abrazo. Lo sentí. Su cuerpo se acercó, buscándome con esa necesidad silenciosa que a veces surge después del deseo satisfecho. Pero yo no respondí. Me levanté de la cama con rapidez, evitando su mirada. —Tenemos que volver a la fiesta. No queremos que los demás empiecen a murmurar —dije mientras comenzaba a vestirme. —Tienes razón —respondió con una voz baja y serena. Pero en sus ojos vi la decepción, fugaz pero clara—. Me voy a vestir. Si quieres, puedes adelantarte. Me abotoné la camisa sin decir nada. Mientras me calzaba, la observé de reojo. Estaba de pie frente al espejo, tratando de acomodarse el vestido con movimientos torpes, como si su cuerpo aún no terminara de volver del todo a tierra firme. —A ver —dije, acerc

