Sabía perfectamente que la actitud de Sofía hacia mí era el resultado de mis propias acciones. Me lo había ganado a pulso. Y, sin embargo, no quería irme. Verla así, tan determinada a mantenerme fuera de su vida, me hizo darme cuenta de algo que hasta ahora había estado negando: la quería. El problema era que no entendía cómo había llegado a esto. Muchas mujeres pasaron por mi vida, y a todas las rechacé sin pensarlo demasiado. Ninguna logró hacerme dudar, ninguna despertó en mí este caos interno que Sofía provocaba con una simple mirada. ¿Qué tenía ella de diferente a las demás? Abrí la boca, impulsado por una necesidad que no terminaba de comprender. —Sofía, tengo algo que decirte. Yo te… —No. —Su voz fue firme, cortante, sin un rastro de vacilación—. Entienda que, si no es un as

