—¡No! ¡Papá, no lo hagas! —grité, desesperado—. ¡Por favor, no! —Lo siento, hijo. Pero esto… Esto es culpa de tu madre. No lo olvides. Mis palabras no sirvieron de nada. En cuestión de segundos, él apretó el gatillo. La detonación retumbó en mis oídos y un instante después su cuerpo cayó frente a mí. Sentí su sangre salpicarme el rostro, y una sensación de frío, casi paralizante, se apoderó de mi cuerpo. —Señor… señor, ¿está bien? La voz de una mujer me arrancó de golpe del recuerdo. Una azafata me observaba con cierta preocupación. Parpadeé varias veces, tratando de ubicarme. Estaba en un avión, rumbo a España, con conexión a Suiza. Aún me costaba asimilarlo: ya no tenía razones para seguir en Inglaterra. No después de perder a Sofía. Pensar que la había dejado ir por mis propios er

